mortadelo
EL PUÑAL DE MATBECH
“Enséñame el camino, que tu hoja guíe mi mano”
“Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz, te deseamos Davicitoooo cumpleaños feeeliiiiiz”
Alguien llamó a la puerta. El padre, que era quien más cerca estaba, fue a abrir. Por la ventana se veía el camino de la ermita con árboles incipientes a los márgenes. El padre miró por la mirilla. Era uno disfrazado con una máscara de Mortadelo. ¡Qué sorpresa! Abrió la puerta riendo con su risa autosuficiente de chulo de pueblo.
El hacha se incrustó en medio de la cabeza con un sonido caliginoso. Los sesos parecían vómitos sobre el pelo. El pesado cuerpo se desplomó en el recibidor derribando un mueble.
Mortadelo avanzó por el pasillo. Abrió la puerta del salón y allí estaba el resto de la familia. Todos se parecían, tenían la misma expresión amoral y bobalicona. Parecían una familia de cerdos. Todos tenían la geta prominente propia de los gorrinos. Mortadelo hundió el hacha en la cabeza de la madre, que permanecía paralizada con los ojos muy abiertos. Entonces el hijo mayor se abalanzó sobre Mortadelo con el cuchillo de cortar la tarta en la mano. Mortadelo sacó una pistola y efectuó varios disparos sobre el hijo mayor. Dos balas le perforaron el pecho y una tercera le explotó un ojo. El hijo menor trató de huir con andares de palmípedo. Era alto y encorvado y tenía la criminalidad escrita con mayúsculas en su rostro blandengue como el puré. Mortadelo le disparó por la espalda. Vació su cargador en aquel cuerpo torpón y pesado. El menor de los puercos, al caer, destrozó una mesa de cristal. El niño lloraba encerrado en su parque. Mortadelo lo cogió por una pata y le destrozó el cráneo contra la pared, los sesos formaron un colage arabesco. El cochinillo dejó de llorar.
Ya estaba hecho. Se sentó en el sofá y se puso a mirar la tele, donde una joven bellísima sonreía iluminando la pantalla. Entonces el hijo menor se removió en el suelo, con un repugnante gorgoteo en sus labios mujeriles. Mortadelo cogió el hacha que había dejado sobre la mesa y lo decapitó de un golpe. La cabeza rodó hasta debajo del sofá y el tronco se convulsionó asquerosamente con un último vivor póstumo, como una gallina que sigue corriendo sin cabeza.
En la casa olía a comida agria, a perro muerto y a mierda de niño.
Ya era de noche. Mortadelo condujo hasta las puertas del cementerio, que estaban cerradas. Saltó la tapia y adentrándose por el paseo central buscó una tumba conocida. Suspirando cansado, se sentó en el borde y contempló sus manos ensangrentadas bajo la luz de la luna. Era sangre de cerdo, sangre culpable. No se atrevía a mirar la inscripción de la lápida. Contempló el ancho firmamento. Después, obedeciendo a su destino, sin quitarse la máscara, se metió el cañón en la boca.
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