fiebre libidinal
FIEBRE LIBIDINAL
La muchacha entró en la tienda y se puso a mirar los animales que se apilaban en jaulas y urnas. Llevaba una camiseta fucsia muy ajustada y unos vaqueros ceñidos. Tenía un cuerpo henchido, voluptuoso, de formas plenas y turgentes. Su pose era de niña, con un pie muy abierto y el largo cabello cayéndole sugerente sobre sus grandes pechos. Era muy blanca, con muchas curvas, y tenía carita de virgen, manos menudas y acariciadoras, ojos grandes y sensuales, y dos rosas de lozanía ardiendo en sus redondas mejillas. Era muy hermosa, olía a fertilidad, a ovulación, un tenue aroma que sin embargo eclipsaba los agrios hedores de los animales que dormitaban aburridos en sus cubiles.
Crisanto abrió las aletas de la nariz para oler a aquella muchacha tan excitante. Era distinta a las demás, desprendía un pigmento sexual que levantaba subterráneas mareas. Poseía una especie de culpable inocencia que despertó en Crisanto los instintos más bajos y pasionales. La muchacha sonrió a un bicho muy feo que parecía una rata mojada. La sonrisa de la muchacha era como un destello de luz, como un relámpago en mitad de la noche, su pecho subía y bajaba acompasando la respiración un tanto agitada. Como llovía en el exterior, gotas de lluvia adornaban su cara como el rocío adorna las flores en las mañanas de abril. Era insoportablemente hermosa.
Crisanto permanecía encorvado hacia delante dándole de comer ratones vivos a una gran serpiente atigrada. Comenzó a dolerle la cabeza, tenía un sabor a hierro en la boca, las manos le temblaban como si fueran a darle convulsiones. Vio su propia cara en un espejo, tenía cara de estúpido, con ese característico aire melancólico, pálido y demacrado, con grandes ojeras debido a un perpetuo insomnio y al vicio envilecedor de la masturbación, profundos círculos lívidos rodeando unos ojos extraviados de animal furioso. ¿Estaba loco o enfermo? Sintió que deseaba vitalmente a aquella muchacha, tenía la necesidad imperiosa de poseerla. Pero ¿cómo si era tan tímido que nunca se atrevía a hablar a una mujer? Además era muy guapa, demasiado guapa para él. Sería de otro. La amante de otro, la puta de otro. ¿Y si cerraba la puerta y la violaba? La idea lo excitó. Se sintió arder. La muchacha se puso una blanca mano sobre sus grandes pechos y recorrió con sus bellos ojos los nichos de animales. Al moverse levemente levantó a su alrededor una brisa de voluptuosidad. Crisanto no podía más. Sentía que no era dueño de sí mismo, que de un momento a otro, inexorablemente, iba a cometer un crimen atroz, que desde el pozo profundo de su angustia, estaba trepando un monstruo feroz. De repente la muchacha lo miró, Crisanto sintió vahídos.
- Hasta luego- dijo con una voz dulce y espesa que parecía estar hecha de flujo vaginal.
La muchacha se dio la vuelta y se dirigió hacia la puerta. ¡Era preciosa! Una hembra tierna que iba dejando un rastro de sensualidad, como la baba que deja un caracol.
Crisanto no podía reaccionar, necesitaba retenerla, violarla, matarla….
El umbral de la puerta quedó desierto. Aún olía a sexo, ese olor íntimo y penetrante de las venas ovulares.
Crisanto se volvió loco. No aceptaba aquel vacío definitivo y frustrante, aquel terror cósmico que siempre le producía la ausencia de su objeto de deseo. Cogió un taburete de color azul y lo arrojó contra las vitrinas de las paredes, haciendo añicos una urna habitada por un viejo lagarto que, aterrorizado, huyó en dirección a la puerta. Ya en la calle, el lagarto volvió la cabeza hacia Crisanto, sacándole la lengua y guiñándole un ojo. A continuación giró hacia la izquierda, por donde se había ido la muchacha.
EL PUÑAL DE MATBECH
“Enséñame el camino, que tu hoja guíe mi mano”
“Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz, te deseamos Davicitoooo cumpleaños feeeliiiiiz”
Alguien llamó a la puerta. El padre, que era quien más cerca estaba, fue a abrir. Por la ventana se veía el camino de la ermita con árboles incipientes a los márgenes. El padre miró por la mirilla. Era un Mortadelo. ¡Qué sorpresa! Abrió la puerta riendo con su risa autosuficiente de chulo de pueblo.
El hacha se incrustó en medio de la cabeza con un sonido caliginoso. Los sesos parecían vómitos sobre el pelo. El pesado cuerpo se desplomó en el recibidor derribando un mueble.
Mortadelo avanzó por el pasillo. Abrió la puerta del salón y allí estaba el resto de la familia. Todos se parecían, tenían la misma expresión amoral y bobalicona. Parecían una familia de cerdos. Todos tenían la geta prominente propia de los gorrinos. Mortadelo hundió el hacha en la cabeza de la madre, que permanecía paralizada con los ojos muy abiertos. Entonces el hijo mayor se abalanzó sobre Mortadelo con el cuchillo de cortar la tarta en la mano. Mortadela sacó una pistola y efectuó varios disparos sobre el hijo mayor. Dos balas le perforaron el pecho y una tercera le explotó un ojo. El hijo menor trató de huir con andares de palmípedo. Era alto y encorvado y tenía la criminalidad escrita con mayúsculas en su rostro blandengue como el puré. Mortadelo le disparó por la espalda. Vació su cargador en aquel cuerpo torpón y pesado. El menor de los gorrinos, al caer, destrozó una mesa de cristal. El niño lloraba encerrado en su parque. Mortadelo lo cogió por una pata y le destrozó el cráneo contra la pared, los sesos formaron un colage arabesco. El cochinillo dejó de llorar.
Ya estaba hecho. Se sentó en el sofá y se puso a mirar la tele, donde una joven bellísima sonreía iluminando la pantalla. Entonces el puerco menor se removió en el suelo, con un repugnante gorgoteo en sus labios mujeriles. Mortadelo cogió el hacha que había dejado sobre la mesa y lo decapitó de un golpe. La cabeza rodó hasta debajo del sofá y el tronco se convulsionó con un último vivor póstumo, como una gallina que sigue corriendo sin cabeza.
En la casa olía a comida agria, a perro muerto y a mierda de niño.
Ya era de noche. Mortadelo condujo hasta las puertas del cementerio, que estaban cerradas. Saltó la tapia y adentrándose por el paseo central buscó una tumba conocida. Suspirando cansado, se sentó en el borde y contempló sus manos ensangrentadas bajo la luz de la luna. Era sangre de cerdo, sangre culpable. No se atrevía a mirar la inscripción de la lápida.
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