Reivindico el sentimiento trágico de la vida.
Me enorgullezco de mis tragedias, de mis fracasos, de mis heridas.
Me hacen sentir vivo, me hacen sentir heroico,
y a veces, cuando en tardes de lluvia como esta, me abandona el miedo
y creo alcanzar por fin el cenit entre tus brazos,
siento que el Universo es una pequeña pelota en mi mano.
Reivindico la lucha desigual y sangrienta,
el amor imposible, la vergüenza del vencido,
para, sin dar tregua a la autocompasión,
seguir intentando crear de las cenizas del mundo
un mundo interior.
THANATOS
- Un cuatro sesenta no es un cuatro, nos dijeron un cuatro, no sé por qué ahora tiene que ser un cuatro sesenta-
Se quejaba una pareja joven al director del banco, que era un señor impecablemente trajeado, con la tez muy oscura y con una nariz que parecía el pico de un buitre.
- Pero eso fue hace un mes, en un mes el euribor ha subido-
Es estanquero apagó el cigarrillo en el cenicero que había junto a la puerta de entrada, y con un bolso negro en la mano se acercó a la ventanilla de caja.
- ¡Hombre Jacinto,- lo saludó irónicamente el cajero, que tenía los ojos saltones y, bajo un bigote hirsuto, mostraba dos filas de dientes amarillentos de nicotina- qué le pasó ayer a tu Atleti-
- Na, que les pagan mucho dinero y no quieren correr detrás de un balón- Contestó el estanquero en tono resignado, extrayendo del bolso la recaudación del día anterior.
- El martes tengo hora con el dentista- Hablaba por teléfono la interventora, que era una muchacha de aspecto frágil y enfermizo y mirada asustada, como si alguien la persiguiera con un cuchillo por denegarle un préstamo.
El estanquero salió del banco. El sol de junio comenzaba a arder en la cresta de los tejados. En la parada del autobús esperaba la gente con expresión anodina o sombría. Un coche patrulla pasó despacio, con dos policías que miraban hieráticos tras sus gafas de sol. Era un día cualquiera en Parla.
El estanquero se dirigió como siempre al bar de la esquina para desayunar.
- ¡Hombre Jacinto, vaya un Atleti que tenemos!- Lo saludó alegremente el camarero, que tenía el pelo mustio y un ojo más bajo que el otro, como esas figuras que los niños pequeños hacen con plastilina.
Le sirvió un café con leche tibia y dos porras, y después una copa de anís.
El estanquero, como habitualmente hacía, se apoyó en un rincón de la barra y encendió otro cigarrillo, mientras el camarero seguía hablándole de fútbol y mujeres.
- Las mujeres son toas mu malas, Jacinto, empezando por la mía-
El estanquero miró su reloj. Las nueve menos cuarto. Todavía le quedaban cosas por hacer antes de abrir. Se dirigió a su estanco. Subió el cierre, entró y volvió a bajarlo. Al hacerlo se manchó las manos con meados de perro. Se las limpió en la pernera del pantalón.
Ya en el interior, se puso a rellenar de cartones de tabaco los huecos de los anaqueles. Limpió el mostrador meticulosamente, ordenó por marcas las cajetillas. Apuntó la fecha en el libro de caja y debajo hizo una suma, las cantidades sumadas en azul, el resultado en rojo. Había que hacer las cosas bien. Había que dejar todo ordenado.
Nueve menos cinco de la mañana. Entró en la trastienda.
Descubrió un cajón de ducados sobre la pila de los cajones de fortuna. Con una mueca de disgusto puso el cajón de ducados en su sitio. A continuación entró al servicio.
Mientras se lavaba las manos, que le olían a orina de perro, se miró en el espejo:
Cincuenta años. Pelo canoso, con algunas entradas. De pequeño quiso ser ciclista y estaba enamorado de Marujilla. Separado. Cuatro hijos a los que, por culpa de la madre, ya apenas veía. La Peña Atlética. Pocas alegrías. Mucha soledad. Ninguna salida. Un gran cansancio. Ningún aliado con el que intentar reconquistar la vida.
Cogió el potro que usaba para acceder a los estantes más altos y lo llevó al centro de la trastienda.
De detrás de unas cajas de puros Don Julián, sacó una cuerda recia que tenía escondida, con un nudo corredizo en un extremo.
Después de haberlo planeado durante años, por fin había llegado el momento.
Se subió al potro menos nervioso de lo que había pensado en un principio. No sin dificultad, ató la cuerda a una viga de hierro que atravesaba el techo. Tiró con fuerza para comprobar que resistiría. La cuerda era áspera, por lo que de un bolsillo extrajo un guante de cuero que traía para la ocasión, y lo ajustó entre la soga y el cuello. Tenía la impresión de que aquel cuello ya no era suyo, ya no le pertenecía. Sin embargo, al apretar el nudo corredizo, experimentó una sensación extraña e impactante, como si se sumergiera en agua helada.
Finalmente, tratando de no pensar y actuando de manera rápida y decidida, de una patada derribó el potro, quedando suspendido en el aire.
El cuello se le partió en medio de convulsiones grotescas. Se le salió un zapato, dejando ver un calcetín con un tomate en el dedo gordo. La muerte, pese a todo, fue más o menos dulce, por lo menos no tan amarga que la vida. Por los orificios de la nariz comenzó a manar sangre mezclada con agüilla y café con leche.
La sombra del ahorcado bailó en la pared, mientras en la radio sonaba la canción del verano, y en la calle reverberaban las voces dantescas de una discusión de tráfico.
Fin