la vida que te inunda

 

 

En esta larga guerra a muerte y sin cuartel que nos declaramos,

tú has vencido en todas las batallas.

Me derribas de mi orgullo con una sola lanzada de tus ojos,

me haces morder el polvo, me destrozas en mil trozos

que vuelvo a recomponer para seguir asediándote.

Y cuando creo que por fin voy a conquistarte,

cuando estoy a punto de coronar tus altas almenas,

vuelvo a caer abatido por un leve gesto de tu joven belleza.

Sé que a este paso pronto estaré muerto,

pero no por eso habré encontrado la paz.

Me levantaré de la tumba con mi mortaja hecha jirones

y perdiendo trozos de carne pútrida por el camino,

iré dando tumbos hasta tu ventana

para contemplar cómo te desnudas,

tratando inútilmente de desentrañar en la luz de tu cuerpo,

el oscuro secreto de la vida que te inunda.

yo maltratador

 

 

 

YO MALTRATADOR

 

Permanecía secuestrada en su asiento, asustada, encogida como un papel en el fuego, menguada casi hasta la nada infinitesimal, anulada, herida, violada. Aquella grotesca escena le parecía una pesadilla irreal. No podía ser que aquel energúmeno babeante que daba puñetazos en el techo del coche y con gritos dementes le ordenaba que dejara de llorar, fuese el mismo que hacía siete años le regalaba flores y poemas. Se sentía estafada, estúpida, ridiculizada.

Cuando su energúmeno alcanzó el momento álgido, gritando y gesticulando hasta el paroxismo, con los ojos torcidos y las comisuras de los labios cubiertas de espuma, ella estuvo a punto de abrir la puerta y tirarse del coche en marcha.

-¡¡¡Baja!!!- Le ordenó él escupiéndole su ira, cuando llegaron por fin a la calle donde ella vivía.

- Bueno,… pues entonces… perdona- Sollozó ella con voz casi inaudible y con un sentido timbre de dolor y desesperación.

¿Perdonar qué? ¿Qué había hecho ella de malo para recibir tan brutal castigo por parte de aquel dios miope y justiciero que decidía sobre su alegría y su tristeza, sobre su vida y su muerte?

Con gran esfuerzo se bajó del coche. Las piernas apenas la sostenían. Sentía mareos y ganas de vomitar.

Él arrancó chirriando en el asfalto, y cuando alcanzaba la cumbre de la calle en cuesta, la miró por el retrovisor: con las bolsas del ajuar en la mano, con aquella forma de andar tan familiar, aquel pelo largo, aquel olor tierno, aquella expresión tan suya. Sintió de repente todo el peso de la culpa, como si de golpe le cayera encima una montaña, como si descargaran sobre él un camión de basura.

A ambos márgenes de la avenida, cerca de un colegio y un parque de bomberos, las grúas construían casas adosadas para jóvenes parejas con poco dinero y mucha esperanza. La quería. La odiaba. Le pediría perdón otra última vez más. Al besarlas, mancharía con sus lágrimas aquellas manos blancas, casi traslúcidas. Después vendría la calma, y luego otra vez la tempestad. Se sintió como un ente sin voluntad, como una marioneta en las manos del destino caprichoso. La imagen de ella desapareció en la distancia, en medio de la bruma láctea que el calor levantaba del asfalto. Una muerte más, unos quilates menos de amor.

En una cuneta había una rata muerta con le vientre hinchado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

fin

 

 

Fue una muerte dolorosa para los dos,

como no podía ser menos.

La metástasis se había metido en la sangre

y hasta en el fondo de los huesos.

Te miré por el retrovisor subiendo la calle hacia tu nueva vida,

con aquellos andares tan familiares que ahora tendría que empezar a olvidar.

Sin ninguna certeza en esta vida,

seguí mi camino hacia la soledad del páramo,

desgarrado por un miedo absoluto que me impedía llorar.

En nuestro caso, la tostada cayó siempre del lado de la mantequilla.

Los dos sabíamos que, tarde o temprano, llegaría este final.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

thanatos

 

 

 

Reivindico el sentimiento trágico de la vida.

Me enorgullezco de mis tragedias, de mis fracasos, de mis heridas.

Me hacen sentir vivo, me hacen sentir heroico,

y a veces, cuando en tardes de lluvia como esta, me abandona el miedo

y creo alcanzar por fin el cenit entre tus brazos,

siento que el Universo es una pequeña pelota en mi mano.

Reivindico la lucha desigual y sangrienta,

el amor imposible, la vergüenza del vencido,

para, sin dar tregua a la autocompasión,

seguir intentando crear de las cenizas del mundo

un mundo interior.

 

 

 

 

THANATOS

-         Un cuatro sesenta no es un cuatro, nos dijeron un cuatro, no sé por qué ahora tiene que ser un cuatro sesenta-

Se quejaba una pareja joven al director del banco, que era un señor impecablemente trajeado, con la tez muy oscura y con una nariz que parecía el pico de un buitre.

-         Pero eso fue hace un mes, en un mes el euribor ha subido-

Es estanquero apagó el cigarrillo en el cenicero que había junto a la puerta de entrada, y con un bolso negro en la mano se acercó a la ventanilla de caja.

-         ¡Hombre Jacinto,- lo saludó irónicamente el cajero, que tenía los ojos saltones y, bajo un bigote hirsuto, mostraba dos filas de dientes amarillentos de nicotina- qué le pasó ayer a tu Atleti-

-         Na, que les pagan mucho dinero y no quieren correr detrás de un balón- Contestó el estanquero en tono resignado, extrayendo del bolso la recaudación del día anterior.

-         El martes tengo hora con el dentista- Hablaba por teléfono la interventora, que era una muchacha de aspecto frágil y enfermizo y mirada asustada, como si alguien la persiguiera con un cuchillo por denegarle un préstamo.

El estanquero salió del banco. El sol de junio comenzaba a arder en la cresta de los tejados. En la parada del autobús esperaba la gente con expresión anodina o sombría. Un coche patrulla pasó despacio, con dos policías que miraban hieráticos tras sus gafas de sol. Era un día cualquiera en Parla.

El estanquero se dirigió como siempre al bar de la esquina para desayunar.

-         ¡Hombre Jacinto, vaya un Atleti que tenemos!- Lo saludó alegremente el camarero, que tenía el pelo mustio y un ojo más bajo que el otro, como esas figuras que los niños pequeños hacen con plastilina.

Le sirvió un café con leche tibia y dos porras, y después una copa de anís.

El estanquero, como habitualmente hacía, se apoyó en un rincón de la barra y encendió otro cigarrillo, mientras el camarero seguía hablándole de fútbol y mujeres.

-         Las mujeres son toas mu malas, Jacinto, empezando por la mía-

El estanquero miró su reloj. Las nueve menos cuarto. Todavía le quedaban cosas por hacer antes de abrir. Se dirigió a su estanco. Subió el cierre, entró y volvió a bajarlo. Al hacerlo se manchó las manos con meados de perro. Se las limpió en la pernera del pantalón.

Ya en el interior, se puso a rellenar de cartones de tabaco los huecos de los anaqueles. Limpió el mostrador meticulosamente, ordenó por marcas las cajetillas. Apuntó la fecha en el libro de caja y debajo hizo una suma, las cantidades sumadas en azul, el resultado en rojo. Había que hacer las cosas bien. Había que dejar todo ordenado.

Nueve menos cinco de la mañana. Entró en la trastienda.

Descubrió un cajón de ducados sobre la pila de los cajones de fortuna. Con una mueca de disgusto puso el cajón de ducados en su sitio. A continuación entró al servicio.

Mientras se lavaba las manos, que le olían a orina de perro, se miró en el espejo:

Cincuenta años. Pelo canoso, con algunas entradas. De pequeño quiso ser ciclista y estaba enamorado de Marujilla. Separado. Cuatro hijos a los que, por culpa de la madre, ya apenas veía. La Peña Atlética. Pocas alegrías. Mucha soledad. Ninguna salida. Un gran cansancio. Ningún aliado con el que intentar reconquistar la vida.

Cogió el potro que usaba para acceder a los estantes más altos y lo llevó al centro de la trastienda.

De detrás de unas cajas de puros Don Julián, sacó una cuerda recia que tenía escondida, con un nudo corredizo en un extremo.

Después de haberlo planeado durante años, por fin había llegado el momento.

Se subió al potro menos nervioso de lo que había pensado en un principio. No sin dificultad, ató la cuerda a una viga de hierro que atravesaba el techo. Tiró con fuerza para comprobar que resistiría. La cuerda era áspera, por lo que de un bolsillo extrajo un guante de cuero que traía para la ocasión, y lo ajustó entre la soga y el cuello. Tenía la impresión de que aquel cuello ya no era suyo, ya no le pertenecía. Sin embargo, al apretar el nudo corredizo, experimentó una sensación extraña e impactante, como si se sumergiera en agua helada.

Finalmente, tratando de no pensar y actuando de manera rápida y decidida, de una patada derribó el potro, quedando suspendido en el aire.

El cuello se le partió en medio de convulsiones grotescas. Se le salió un zapato, dejando ver un calcetín con un tomate en el dedo gordo. La muerte, pese a todo, fue más o menos dulce, por lo menos no tan amarga que la vida. Por los orificios de la nariz comenzó a manar sangre mezclada con agüilla y café con leche.

La sombra del ahorcado bailó en la pared, mientras en la radio sonaba la canción del verano, y en la calle reverberaban las voces dantescas de una discusión de tráfico.

 

Fin

 

 

mortadelo

 

 

EL PUÑAL DE MATBECH

 

“Enséñame el camino, que tu hoja guíe mi mano”

 

 

“Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz, te deseamos Davicitoooo cumpleaños feeeliiiiiz”

Alguien llamó a la puerta. El padre, que era quien más cerca estaba, fue a abrir. Por la ventana se veía el camino de la ermita con árboles incipientes a los márgenes. El padre miró por la mirilla. Era uno disfrazado con una máscara de Mortadelo. ¡Qué sorpresa! Abrió la puerta riendo con su risa autosuficiente de chulo de pueblo.

El hacha se incrustó en medio de la cabeza con un sonido caliginoso. Los sesos parecían vómitos sobre el pelo. El pesado cuerpo se desplomó en el recibidor derribando un mueble.

Mortadelo avanzó por el pasillo. Abrió la puerta del salón y allí estaba el resto de la familia. Todos se parecían, tenían la misma expresión amoral y bobalicona. Parecían una familia de cerdos. Todos tenían la geta prominente propia de los gorrinos. Mortadelo hundió el hacha en la cabeza de la madre, que permanecía paralizada con los ojos muy abiertos. Entonces el hijo mayor se abalanzó sobre Mortadelo con el cuchillo de cortar la tarta en la mano. Mortadelo sacó una pistola y efectuó varios disparos sobre el hijo mayor. Dos balas le perforaron el pecho y una tercera le explotó un ojo. El hijo menor trató de huir con andares de palmípedo. Era alto y encorvado y tenía la criminalidad escrita con mayúsculas en su rostro blandengue como el puré. Mortadelo le disparó por la espalda. Vació su cargador en aquel cuerpo torpón y pesado. El menor de los puercos, al caer, destrozó una mesa de cristal. El niño lloraba encerrado en su parque. Mortadelo lo cogió por una pata y le destrozó el cráneo contra la pared, los sesos formaron un colage arabesco. El cochinillo dejó de llorar.

Ya estaba hecho. Se sentó en el sofá y se puso a mirar la tele, donde una joven bellísima sonreía iluminando la pantalla. Entonces el hijo menor se removió en el suelo, con un repugnante gorgoteo en sus labios mujeriles. Mortadelo cogió el hacha que había dejado sobre la mesa y lo decapitó de un golpe. La cabeza rodó hasta debajo del sofá y el tronco se convulsionó asquerosamente con un último vivor póstumo, como una gallina que sigue corriendo sin cabeza.

En la casa olía a comida agria, a perro muerto y a mierda de niño.

Ya era de noche. Mortadelo condujo hasta las puertas del cementerio, que estaban cerradas. Saltó la tapia y adentrándose por el paseo central buscó una tumba conocida. Suspirando cansado, se sentó en el borde y contempló sus manos ensangrentadas bajo la luz de la luna. Era sangre de cerdo, sangre culpable. No se atrevía a mirar la inscripción de la lápida. Contempló el ancho firmamento. Después, obedeciendo a su destino, sin quitarse la máscara, se metió el cañón en la boca.

 

 

 

 

 

 

 

fiebre libidinal

 

 

FIEBRE LIBIDINAL

 

La muchacha entró en la tienda y se puso a mirar los animales que se apilaban en jaulas y urnas. Llevaba una camiseta fucsia muy ajustada y unos vaqueros ceñidos. Tenía un cuerpo henchido, voluptuoso, de formas plenas y turgentes. Su pose era de niña, con un pie muy abierto y el largo cabello cayéndole sugerente sobre sus grandes pechos. Era muy blanca, con muchas curvas, y tenía carita de virgen, manos menudas y acariciadoras, ojos grandes y sensuales, y dos rosas de lozanía ardiendo en sus redondas mejillas. Era muy hermosa, olía a fertilidad, a ovulación, un tenue aroma que sin embargo eclipsaba los agrios hedores de los animales que dormitaban aburridos en sus cubiles.

Crisanto abrió las aletas de la nariz para oler a aquella muchacha tan excitante. Era distinta a las demás, desprendía un pigmento sexual que levantaba subterráneas mareas. Poseía una especie de culpable inocencia que despertó en Crisanto los instintos más bajos y  pasionales. La muchacha sonrió a un bicho muy feo que parecía una rata mojada. La sonrisa de la muchacha era como un destello de luz, como un relámpago en mitad de la noche, su pecho subía y bajaba acompasando la respiración un tanto agitada. Como llovía en el exterior, gotas de lluvia adornaban su cara como el rocío adorna las flores en las mañanas de abril. Era insoportablemente hermosa.

Crisanto permanecía encorvado hacia delante dándole de comer ratones vivos a una gran serpiente atigrada. Comenzó a dolerle la cabeza, tenía un sabor a hierro en la boca, las manos le temblaban como si fueran a darle convulsiones. Vio su propia cara en un espejo, tenía cara de estúpido, con ese característico aire melancólico, pálido y demacrado, con grandes ojeras debido a un perpetuo insomnio y al vicio envilecedor de la masturbación, profundos círculos lívidos rodeando unos ojos extraviados de animal furioso. ¿Estaba loco o enfermo? Sintió que deseaba vitalmente a aquella muchacha, tenía la necesidad imperiosa de poseerla. Pero ¿cómo si era tan tímido que nunca se atrevía a hablar  a una mujer? Además era muy guapa, demasiado guapa para él. Sería de otro. La amante de otro, la puta de otro. ¿Y si cerraba la puerta y la violaba? La idea lo excitó. Se sintió arder. La muchacha se puso una blanca mano sobre sus grandes pechos y recorrió con sus bellos ojos los nichos de animales. Al moverse levemente levantó a su alrededor una brisa de voluptuosidad. Crisanto no podía más. Sentía que no era dueño de sí mismo, que de un momento a otro, inexorablemente, iba a cometer un crimen atroz, que desde el pozo profundo de su angustia, estaba trepando un monstruo feroz. De repente la muchacha lo miró, Crisanto sintió vahídos.

-         Hasta luego- dijo con una voz dulce y espesa que parecía estar hecha de flujo vaginal.

La muchacha se dio la vuelta y se dirigió hacia la puerta. ¡Era preciosa! Una hembra tierna que iba dejando un rastro de sensualidad, como la baba que deja un caracol.

Crisanto no podía reaccionar, necesitaba retenerla, violarla, matarla….

El umbral de la puerta quedó desierto. Aún olía a sexo, ese olor íntimo y penetrante de las venas ovulares.

Crisanto se volvió loco. No aceptaba aquel vacío definitivo y frustrante, aquel terror cósmico que siempre le producía la ausencia de su objeto de deseo. Cogió un taburete de color azul y lo arrojó contra las vitrinas de las paredes, haciendo añicos una urna habitada por un viejo lagarto que, aterrorizado, huyó en dirección a la puerta. Ya en la calle, el lagarto volvió la cabeza hacia Crisanto, sacándole la lengua y guiñándole un ojo. A continuación giró hacia la izquierda, por donde se había ido la muchacha.

 

 

 

 

 

 

 

EL PUÑAL DE MATBECH

 

“Enséñame el camino, que tu hoja guíe mi mano”

 

 

“Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz, te deseamos Davicitoooo cumpleaños feeeliiiiiz”

Alguien llamó a la puerta. El padre, que era quien más cerca estaba, fue a abrir. Por la ventana se veía el camino de la ermita con árboles incipientes a los márgenes. El padre miró por la mirilla. Era un Mortadelo. ¡Qué sorpresa! Abrió la puerta riendo con su risa autosuficiente de chulo de pueblo.

El hacha se incrustó en medio de la cabeza con un sonido caliginoso. Los sesos parecían vómitos sobre el pelo. El pesado cuerpo se desplomó en el recibidor derribando un mueble.

Mortadelo avanzó por el pasillo. Abrió la puerta del salón y allí estaba el resto de la familia. Todos se parecían, tenían la misma expresión amoral y bobalicona. Parecían una familia de cerdos. Todos tenían la geta prominente propia de los gorrinos. Mortadelo hundió el hacha en la cabeza de la madre, que permanecía paralizada con los ojos muy abiertos. Entonces el hijo mayor se abalanzó sobre Mortadelo con el cuchillo de cortar la tarta en la mano. Mortadela sacó una pistola y efectuó varios disparos sobre el hijo mayor. Dos balas le perforaron el pecho y una tercera le explotó un ojo. El hijo menor trató de huir con andares de palmípedo. Era alto y encorvado y tenía la criminalidad escrita con mayúsculas en su rostro blandengue como el puré. Mortadelo le disparó por la espalda. Vació su cargador en aquel cuerpo torpón y pesado. El menor de los gorrinos, al caer, destrozó una mesa de cristal. El niño lloraba encerrado en su parque. Mortadelo lo cogió por una pata y le destrozó el cráneo contra la pared, los sesos formaron un colage arabesco. El cochinillo dejó de llorar.

Ya estaba hecho. Se sentó en el sofá y se puso a mirar la tele, donde una joven bellísima sonreía iluminando la pantalla. Entonces el puerco menor se removió en el suelo, con un repugnante gorgoteo en sus labios mujeriles. Mortadelo cogió el hacha que había dejado sobre la mesa y lo decapitó de un golpe. La cabeza rodó hasta debajo del sofá y el tronco se convulsionó con un último vivor póstumo, como una gallina que sigue corriendo sin cabeza.

En la casa olía a comida agria, a perro muerto y a mierda de niño.

Ya era de noche. Mortadelo condujo hasta las puertas del cementerio, que estaban cerradas. Saltó la tapia y adentrándose por el paseo central buscó una tumba conocida. Suspirando cansado, se sentó en el borde y contempló sus manos ensangrentadas bajo la luz de la luna. Era sangre de cerdo, sangre culpable. No se atrevía a mirar la inscripción de la lápida.

 

 

 

 

 

 

mis huríes

MIS HURÍES

 

Es mi hurí, mis cinco mil huríes.

Realiza todas mis fantasías.

Cuando todo se marchita, ella continúa fresca, henchida de savia,

de tímidos jadeos, de besos voraces, de promesas arriesgadas, de húmedas heridas.

Como es una niña,

casi no se da cuenta en lo que la he convertido.

Sólo pide ser amada,

y a cambio de una caricia, de un beso en el cuello en el momento preciso,

me entrega su cuerpo precioso incondicionalmente,

traicionando sus creencias, arroja, alienada y desnuda, su cielo a mi infierno.

Y cuando la poseo, siento que violo su alma, que devoro su carita de virgen,

que traspaso sus vísceras, que la rompo, que preño su carne voluptuosa,

que la licuo de lujuria.

Colecciono miles de imágenes de su belleza incendiando mi paz,

matándome de vida.

Para que todo sea perfecto, no sé,

sólo me resta compartir tanta dicha.

 

seiscientas treinta y seis veces

 

 

 

 

SEISCIENTAS TREINTA Y SEIS VECES

 

Recuerdo, no sé porqué, aquella noche hace ya muchos años,

al abrigo de San Juan de los Reyes.

Paseábamos cogidos de la mano.

La calle desierta, tu cara bajo las farolas, el aire helado.

Era tu mano en mi mano mucho más que una mano,

era mi corazón, mis piernas, mi vida entera.

Tú lo eras todo y yo sólo era miedo.

El mundo, a nuestro alrededor, estaba encuadernado

en pliegos de treinta y dos besos.

Fue hace ya muchos años, demasiados,

antes de que el tiempo empezara a amarillear

las seiscientas treinta y seis veces que te hice el amor.

 

 

 

carta a una mierda

 

CARTA A UNA MIERDA

 

Pedazo de mierda:

Con lo grande que es el mundo, con todos los sitios que tienes para cagar, con tantos estercoleros, con tantos parques donde se cagan los perros, con tantos puntos limpios llenos de montañas de mierda como tú, ¿por qué vienes a cagarte a mi puerta? Cágate en la puerta de un banco, de un juzgado, de una iglesia, o sigue cagándote en los burdeles que frecuentas, pero no turbes la paz de mi olfato con tu fétido e insoportable hedor. Cágate a chorrillo por tu casa, plántate en forma de poderoso zurullo en tu jardín, que te picoteen las gallinas en tu corral, atormenta las narices de los tuyos, atasca sus desagües, rebosa por su taza, pero no vuelvas a cagarte en mi puerta porque tendré que limpiarte a tiros o hacer un hoyo y enterrarte a golpes con una pala.

Tienes cara de mierda blandengue, de mierda con esputo, mocosas narices de mierda, andares de mierda pisada, ojos acuosos de mierda turbia, geta de mierda con salmonera, y en el brazo llevas tatuada una mierda seca. 

Coge tu coche de color mierda espurriada y lárgate cagando mierda a salpicar a los de tu ínfima calaña: chorizos y mierdas.

Tu sitio está en el fondo de las alcantarillas, entre los excrementos asquerosos, entre las ratas inmundas, y cuando te mueras o te mate yo, el mundo será noventa kilos más limpio.

Montón de mierda que no sirves ni para abonar la tierra, cuando pases por mi puerta contente en tu culo y vete a cagarte lo más lejos posible. O pínchate en un palo y que te trague la puta madre que te cagó.

 

 

el reencuentro

 

EL REENCUENTRO

 

“¿Te acuerdas de mí?, ha pasado mucho tiempo,

te esperé aquella noche para despedirme pero no volviste, tienes el pelo más corto…”

Ella, sin embargo, me pareció más guapa, más esbelta y más joven que entonces.

Sus ojos brillaban con redonda sensualidad

y su voz tintineaba con el alegre campanilleo de la juventud.

Ni siquiera nos besamos, como si el tiempo

hubiera levantado un muro de hormigón entre nuestros cuerpos.

Ahora éramos dos desconocidos.

Sin nada que decirnos, se marchó a no sé donde,

y todos aquellos versos que le había escrito

me parecieron ahora un ridículo e infundado romanticismo.

¡Cuántos mundos paralelos, cuántos planetas muertos que siguen orbitando!

La vejez es un pozo profundo en el que te vas hundiendo y desbravando

y del que ya jamás podrás salir.

Regresaba en mi coche pensando estas cosas

cuando, en un cruce de carreteras, me paró la maldita guardia civil.