todo pasó
TODO PASÓ
- ¡Señorita! ¡Señorita! – reverberaba la voz de la vieja a lo largo del pasillo- ¡Azucena!-
- ¡Cállate ya, so vieja, o te ahogo con la almohada!- La amenazaba con voz cavernosa su compañera de habitación.
- Ya me callo, ya me callo, perdona, ¿qué hora es?, te quiero, cielo, quiero que nos llevemos bien las dos- se disculpó la vieja con voz sumisa y zalamera, para acto seguido continuar llamando a voces a la celadora - ¡Señorita! ¡Señoritaaa! –
La vieja estaba atada a la cama. Una venda mugrienta le cubría un ojo y parte de la ajada mejilla. Tenía cáncer. La metástasis la estaba devorando como un depredador implacable y silencioso.
Fuera, tras la ventana, todavía era de día. El sol doraba los árboles con una promesa vivificante. Era primavera. La vida volvía a florecer. Excepto en aquellas habitaciones en penumbra. Todas las viejas estaban ya acostadas, pero no dormían. Pensaban en sus hijos y en sus nietos. Evocaban el pasado…
Hacía ya tantos años, ¿había ocurrido alguna vez?, una jovencita abierta de piernas con toda la fuerza de la lujuria mordiendo y ardiendo en su fértil epicentro. ¿Qué había pasado desde entonces? El primer embarazo, la esperanza, los dolores del parto que ya no cesarían nunca, los sueños a largo plazo, la felicidad que nunca llega. Y de repente un buen día, ahí estaba ya, mirándola desde el espejo: la vejez inexorable, la carne moribunda, el corazón apagándose irreversiblemente. Eso era todo, nada, una breve aventura intrascendente. ¡Qué vida tan extraña!, tan disipada, un hueco cacareo que acaba en el corredor del geriátrico. ¿Y aquellos sueños románticos?, ¿y los planes de futuro? Por cierto, tengo que desempeñar las joyas del monte de piedad. ¡Ay Señor!, se me ha acabado el tiempo y apenas he hecho nada.
- ¡Señorita! ¡Señorita! ¡Azucena!-
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