las cosas perfectas
LAS COSAS PERFECTAS
Cuando se acerca la primavera, llena el aire un inquietante aroma de savia vivificante y las calles se pueblan de sensuales muchachas en flor. Son animales perfectos. Viéndolas tan hermosas, tan jóvenes, tan voluptuosas, ostentando su poderosa feminidad tras prendas livianas de vivos colores, oliendo a polen, con sus sonrisas de luz, con sus brillantes cabellos al viento, con sus ojos mágicos, con su ropa ajustada y sus escotes abiertos, con sus gestos cadenciosos y suaves como una lluvia henchida de pétalos generosos, con sus formas plenas, redondeadas y semidesnudas irrumpiendo juguetonas y prometedoras en la tierra fértil de la lujuria, tengo la certeza de que la continuidad de la especie está asegurada al infinito. Son otra raza superior, otra cosa mejor, se harán viejas ¿quién piensa ahora en eso?, avinagradas, pero antes de que eso ocurra ya estará preparado otro reemplazo de bellezas en forma de brotes duros, blancos, incipientes seducciones, tiernos encantos menores de edad, peligrosas tentaciones.
Copular, aunque sea por última vez, con una de esas preciosas ninfas es un milagro, lo es todo, lo digo por experiencia. Lo demás es sólo la triste ausencia de ellas. Son las únicas cosas perfectas, lo único en el mundo que no huele a muerte.
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