frutos amargos
FRUTOS AMARGOS
El mendigo extendió la mano. Jirones de tela colgaban de la manga de su abrigo. Estaba sentado en el suelo a las puertas de un cine, derrotado, agotado, resignado. Pasó una joven muy guapa con el pelo largo y la raya en el lado izquierdo. El mendigo la miró neutralmente, como un perro tumbado al sol que ve pasar la gente con indiferencia. Tanta gente y al mismo tiempo tanta soledad. Las calles eran duras, extrañas, crueles, pero, en compensación, viviendo en ellas podía sentirse anónimo. Recordó que hacía tiempo, cuando todavía luchaba, alguien le vaticinó una vez: “Acabarás pidiendo a las puertas del metro”. Su vida había sido como esas bolas de pin-ball, que tomen el camino que tomen, y aunque a veces, al ser impulsadas, asciendan vertiginosamente, siempre acaban cayendo por el plano inclinado. Esfuerzos baldíos, decisiones equivocadas, malas mujeres, falsos amigos, en fin, las mismas cosas de siempre.
“La gente es perezosa- le dijo una vez una mujer con la cara muy roja y una sonrisa grotesca- cuando ven a alguien caído huyen porque no quieren poner nada de su parte”
Alguien puso en su mano una moneda. Era una moza vieja, con síndrome de daum, que tenía un ojo bizco y el otro en blanco. Otro ser marginal, otro boleto sin premio, otro fruto amargo.
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