Momento solemne
¿Qué va a ser de mí?
Preguntas abriendo los ojos como si regresaras de un largo sueño.
¿Y qué va a ser del perro cuando muera su dueño?
¿Y qué va a ser de mí cuando salga mañana a la calle?
¿Y qué va a ser de los hijos cuando crezcan si es que llegan a crecer?
¿Y qué va a ser del amor cuando pase el tiempo?
Todo es imperfecto, degradable, incierto,
triste como una tarde de domingo.
Y aún no comprendo el sentido de caminar por los días
como si atravesara un desierto.
No tengo respuestas. Nunca las tuve.
Sólo sé que el dolor no es bueno y que las cosas y la gente
no merecen la mitad del esfuerzo que empleamos en ellas.
Pero todavía es de noche: cierra los ojos
y sigue soñando.
Era un momento solemne.
En la habitación de al lado las voces de las visitas
se diluían en un eco de indiferencia.
Los estertores de agonía atravesaban la oscura atmósfera
con una nitidez contundente.
Aquellos sonidos inefables eran profundas verdades metafísicas.
Después, cerca del amanecer, silencio,
un silencio definitivo, frío e intemporal.
Y el dolor evaporándose por los resquicios de las ventanas.
Había desaparecido la expresión en la cara del muerto.
Entre los vivos se reprodujo un medroso gesto interrogante
de niños huérfanos.
Entró la enfermera y, con lentitud eucarística, apuntó algo en un papel.
Tal vez algo relacionado con la trasmigración de las almas
o la resurrección de la carne.
Aunque más bien creo que era el número de la cama
que se quedaba libre.
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