la mosca muerta

LA MOSCA MUERTA

Era una hora muerta, como todas en el fondo.

Estaba quitando una mosca del plato

cuando de repente la vi.

Se paró bajo el sol en medio de la plaza,

con aquella pose suya que me trajo tantos recuerdos.

Pareció mirar hacia donde yo estaba

y, medroso como un caracol, me escondí en las sombras.

Después siguió su camino, lejos de mí para siempre.

Me sentí como una mosca ahogada en un plato de sopa.

frutos amargos

FRUTOS AMARGOS

El mendigo extendió la mano. Jirones de tela colgaban de la manga de su abrigo. Estaba sentado en el suelo a las puertas de un cine, derrotado, agotado, resignado. Pasó una joven muy guapa con el pelo largo y la raya en el lado izquierdo. El mendigo la miró neutralmente, como un perro tumbado al sol que ve pasar la gente con indiferencia. Tanta gente y al mismo tiempo tanta soledad. Las calles eran duras, extrañas, crueles, pero, en compensación, viviendo en ellas podía sentirse anónimo. Recordó que hacía tiempo, cuando todavía  luchaba,  alguien le vaticinó una vez: “Acabarás pidiendo a las puertas del metro”. Su vida había sido como esas bolas de pin-ball, que tomen el camino que tomen, y aunque a veces, al ser impulsadas,  asciendan vertiginosamente, siempre acaban cayendo por el plano inclinado. Esfuerzos baldíos, decisiones equivocadas, malas mujeres, falsos amigos, en fin, las mismas cosas de siempre.

“La gente es perezosa- le dijo una vez una mujer con la cara muy roja y una sonrisa grotesca- cuando ven a alguien caído huyen porque no quieren poner nada de su parte”

Alguien puso en su mano una moneda. Era una moza vieja, con síndrome de daum, que tenía un ojo bizco y el otro en blanco. Otro ser marginal, otro boleto sin premio, otro fruto amargo.

Momento solemne

¿Qué va a ser de mí?

Preguntas abriendo los ojos como si regresaras de un largo sueño.

¿Y qué va a ser del perro cuando muera su dueño?

¿Y qué va a ser de mí cuando salga mañana a la calle?

¿Y qué va a ser de los hijos cuando crezcan si es que llegan a crecer?

¿Y qué va a ser del amor cuando pase el tiempo?

Todo es imperfecto, degradable, incierto,

triste como una tarde de domingo.

Y aún no comprendo el sentido de caminar por los días

como si atravesara un desierto.

No tengo respuestas. Nunca las tuve.

Sólo sé que el dolor no es bueno y que las cosas y la gente

no merecen la mitad del esfuerzo que empleamos en ellas.

Pero todavía es de noche: cierra los ojos

y sigue soñando.

Era un momento solemne.

En la habitación de al lado las voces de las visitas

se diluían en un eco de indiferencia.

Los estertores de agonía atravesaban la oscura atmósfera

con una nitidez contundente.

Aquellos sonidos inefables eran profundas verdades metafísicas.

Después, cerca del amanecer, silencio,

un silencio definitivo, frío e intemporal.

Y el dolor evaporándose por los resquicios de las ventanas.

Había desaparecido la expresión en la cara del muerto.

Entre los vivos se reprodujo un medroso gesto interrogante

de niños huérfanos.

Entró la enfermera y, con lentitud eucarística, apuntó algo en un papel.

Tal vez algo relacionado con la trasmigración de las almas

o la resurrección de la carne.

Aunque más bien creo que era el número de la cama

que se quedaba libre.

Nunca

Nunca tuve nada.

Con los ojos vendados iba dando tumbos

aferrándome a dogmas de frágil cristal.

Otros tenían a Dios, certezas políticas u otras mentiras motoras,

o simplemente seguridad en sí mismos.

Pero yo no tenía nada, ni siquiera un equipo de fútbol.

Rodaba por la pendiente de la vida

arrastrando e hiriendo a los que tenía más cerca.

Payaso, por momentos, es lo más que llegué a ser.

Ahora, que me estoy muriendo, sigo sin tener nada,

y siento que la vida es un cuento

de aquellos que en las tardes de tormenta

nos contaban los maestros del Régimen.

Un papel roto en mil pedazos que el viento dispersa.

Nunca tuve nada, sólo un montón de miedo.

las cosas imperfectas

                                     LAS COSAS IMPERFECTAS                                         

PEQUÑOS ATAÚDES

Reivindico las cosas imperfectas,

las causas perdidas, los intentos fallidos.

El delantero que falla el penalti,

el corredor que imprevisiblemente tropieza cerca de la meta,

el boleto sin premio, el amante traicionado.

La perfección es un sueño voluptuoso que nunca alcanzaremos.

Se nos helará la sonrisa, se nos caerá alguna lágrima.

Pero la esencia de la vida está aquí, en las cosas imperfectas.

Es como la corriente de un río que choca, se curva, se despeña,

pero siempre sigue adelante

hasta que el mar la detiene.

Tu cara desnuda

TU CARA DESNUDA

Había pasado horas y horas mirándola. Imposible. Imposible retratar aquella carita desnuda, aquella voluptuosidad de virgen. ¿Cómo lo conseguían los pintores renacentistas? Quizás no se implicaban tanto. Latía algo mágico e indefinible bajo aquella expresión aparentemente neutra.

Podría haber pintado aquellos rasgos fotográficamente, pero aquel hervor erótico, aquella rosada sensualidad, le resultaba imposible plasmarla en un lienzo muerto.

Era una muchacha muy guapa y tal vez se estaba enamorando de ella.

Aunque en la foto sólo se veía una cara hermosa y resplandeciente de una jovencita de veintipocos años, él sabía que aquella niña pudorosa estaba completamente desnuda cuando se hizo la foto. También le pareció que estaba excitada de una forma lenta, abandonada, su inocencia mancillada. Aquella imagen le resultaba tan compleja como sencilla, no la entendía, no la comprendía, pero se sentía irresistiblemente atraído por ella. Recordó cuando hizo allá en Sidi Ifni, antes de la derrota. Alguien dijo en el cuartel: “Hay en la ciudad una radio en la que se ve al hombre que está hablando”. Nadie podía creer algo así. Sin embargo todos corrieron con sus monos de faena para presenciar aquel milagro. Miles de soldados se agolpaban boquiabiertos ante una pequeña pantalla en blanco y negro donde el Madrid y el Bilbao disputaban una final de copa.

Ahora tenía una sensación parecida, alucinante, vertiginosa, como deben tener los animales ante el milagro del fuego, miedo y atracción.

Parecía imposible tanta belleza hormigueando por un rostro de rasgos infantiles y un poco voluptuosos, los labios carnosos en forma de beso, la nariz pequeña, los ojos grandes, oscuros, limpios, el pelo largo, moreno, cayendo desordenado sobre un hombro redondeado y blanco de cuadro renacentista. Pero había algo más, como si por dentro ardiera, como si prendiera el aire, como si presintiera que alguien la miraba obscenamente, su intimidad vulnerada, la puerta entreabierta, el placer fluyendo casi dolorosamente por sus poros, por sus lágrimas, por su saliva, por su olor.

¿Por dónde empezar? No se sentía digno, era demasiada belleza para él. Era mucho más que un fotograma. Podía hasta olerla, ese olor íntimo y suave, cálido y fresco, como un largo trago de coñac.

Bebió para darse valor, pero era inútil, allí seguía toda aquella belleza natural, sencilla y amenazante, y a su lado el lienzo en blanco, sin poder atrapar aquella carita que llamaba la atención porque no había nada en ella que llamara la atención, no había aristas, ni nada artificial, de mujer fatal, era solamente una niña que se asombraba al descubrir sus formas voluptuosas de mujer, una niña que de repente era atrapada en mitad de un juego infantil para descubrir que su sensibilidad le exigía ser tomada, conquistada, sembrada, inundada.

Le pareció que entreabría los labios. No podía explicárselo. Hasta ese momento, después de días y días contemplándola minuciosamente, no se había dado cuenta de que tenía los labios un poco entreabiertos, como si fuera a susurrar algo, a emitir un leve suspiro, un tenue jadeo.

¿Qué podía hacer? Le hubiera resultado mucho más fácil retratar una quimera, una estampida de escorzo, una batalla naval, un insecto, un dios…

No podía mover la mano. Era la primera vez que le ocurría algo así en su larga vida de artista. De repente aparecía una sencilla belleza incólume que no había forma de atraparla. Era más fácil retratar un gesto obsceno, una mirada seductora, algo preciso y radical. Pero esta niña era una insinuación, parecía no tener huesos, demasiado suave, su cara carecía de estructura ósea, era carne sonrosada, desnuda, caliente, blanca, húmeda y luminosa. Belleza viva.

Ni siquiera sabía qué colores usar. ¿Qué color tiene la vida? Imposible retratarla. Siguió contemplándola ajeno al tiempo, fracasado, imperfecto, tal vez enamorado.

El arte, pensó dejando el pincel, es cosa de muertos.

UNA CLASE DE BOXEO

El boxeo será tu amigo más fiel. Se fiel tú a él. Te exigirá mucho, todo. Tendrás que entregarle tu cuerpo y tu mente hasta la extenuación. Cuando sientas que te falta el aliento, que te fallan las piernas, que no puedes más, tendrás que encontrar fuerzas como sea para seguir en pie, con la guardia levantada, sacando directos, buscando el hueco por donde meter tus golpes, avanzando, retrocediendo, procurando sujetar las riendas de tu miedo y de tu odio. Te conocerás a ti mismo, descubrirás que nada es fácil, que hay mil posibilidades de ser vencido, pero si eso ocurre, no pienses que no ha servido de nada tanto esfuerzo, crecerás, te transformarás por dentro.

Respeta siempre al enemigo, no lo pierdas de vista jamás, no le des la espalda, no cierres los ojos, no hagas caso del dolor ni del cansancio, no te abalances detrás de tus golpes, esquiva, no dejes de moverte, no tengas esperanza, no desesperes, olvídate del tiempo, no llores, no implores, no hagas caso de la sangre, sigue adelante, gira el cuerpo, suelta el brazo. Si eres vencido que sea como boxeador, no pierdas la compostura, sé boxeador siempre, olvida el orgullo, la vergüenza de la derrota, la fatal presunción de la victoria. Sé humilde, entrena mucho, procura aprender de los que más saben.

Y cuando bajes del ring sigue siendo boxeador, cuando salgas a la calle, cuando te enfrentes con peligros innobles y traicioneros. Tus puños son como el puñal del legionario, son armas que llevas pegadas a tu cuerpo, son tus armas. Sé frío, sé astuto, sé vengativo. La hiena es mejor boxeador que el león. Sé como la hiena, inteligente, fuerte, pero sobre todo constante.

Pero, no lo olvides nunca, si tienes alguna posibilidad de huir, corre, no te dé vergüenza, no se trata de valor. Evita siempre el combate, no lo busques, cámbiate de acera, pero si al final tienes que pelear, en cualquier aspecto de la vida: ¡Sobrevive!

Una mujer, desnuda, rodeada de oscuridad.

Como una vela ardiendo al fondo de una cripta.

Es la vela que ilumina mi vida.

Mientras ella arde, veo.

Si ella se apaga, muero.

Un óvalo de apenas un centímetro que guarda todo el misterio de la Creación.

Alrededor de su luz giran, suspendidos, absurdos, inconexos, los objetos cotidianos:

relojes, tumbas, recuerdos non gratos…

Ella es el centro de gravedad ingrávido.

Todo lo importante sucede en el calidoscopio de su carne:

el deseo, la voluntad de vida, la libertad, la belleza, el arte…

Hay quien opina que no es real, tal vez sea cierto, porque la realidad perece,

y ella esa eternidad siempreviva que buscaba un tal Parménides.