desnuda
TU CARA DESNUDA
Había pasado horas y horas mirándola. Imposible. Imposible retratar aquella carita desnuda, aquella voluptuosidad de virgen. ¿Cómo lo conseguían los pintores renacentistas? Quizás no se implicaban tanto. Latía algo mágico e indefinible bajo aquella expresión aparentemente neutra.
Podría haber pintado aquellos rasgos fotográficamente, pero aquel hervor erótico, aquella rosada sensualidad, le resultaba imposible plasmarla en un lienzo muerto.
Era una muchacha muy guapa y tal vez se estaba enamorando de ella.
Aunque en la foto sólo se veía una cara hermosa y resplandeciente de una jovencita de veintipocos años, él sabía que aquella niña pudorosa estaba completamente desnuda cuando se hizo la foto. También le pareció que estaba excitada de una forma lenta, abandonada, su inocencia mancillada. Aquella imagen le resultaba tan compleja como sencilla, no la entendía, no la comprendía, pero se sentía irresistiblemente atraído por ella. Recordó cuando hizo allá en Sidi Ifni, antes de la derrota. Alguien dijo en el cuartel: “Hay en la ciudad una radio en la que se ve al hombre que está hablando”. Nadie podía creer algo así. Sin embargo todos corrieron con sus monos de faena para presenciar aquel milagro. Miles de soldados se agolpaban boquiabiertos ante una pequeña pantalla en blanco y negro donde el Madrid y el Bilbao disputaban una final de copa.
Ahora tenía una sensación parecida, alucinante, vertiginosa, como deben tener los animales ante el milagro del fuego, miedo y atracción.
Parecía imposible tanta belleza hormigueando por un rostro de rasgos infantiles y un poco voluptuosos, los labios carnosos en forma de beso, la nariz pequeña, los ojos grandes, oscuros, limpios, el pelo largo, moreno, cayendo desordenado sobre un hombro redondeado y blanco de cuadro renacentista. Pero había algo más, como si por dentro ardiera, como si prendiera el aire, como si presintiera que alguien la miraba obscenamente, su intimidad vulnerada, la puerta entreabierta, el placer fluyendo casi dolorosamente por sus poros, por sus lágrimas, por su saliva, por su olor.
¿Por dónde empezar? No se sentía digno, era demasiada belleza para él. Era mucho más que un fotograma. Podía hasta olerla, ese olor íntimo y suave, cálido y fresco, como un largo trago de coñac.
Bebió para darse valor, pero era inútil, allí seguía toda aquella belleza natural, sencilla y amenazante, y a su lado el lienzo en blanco, sin poder atrapar aquella carita que llamaba la atención porque no había nada en ella que llamara la atención, no había aristas, ni nada artificial, de mujer fatal, era solamente una niña que se asombraba al descubrir sus formas voluptuosas de mujer, una niña que de repente era atrapada en mitad de un juego infantil para descubrir que su sensibilidad le exigía ser tomada, conquistada, sembrada, inundada.
Le pareció que entreabría los labios. No podía explicárselo. Hasta ese momento, después de días y días contemplándola minuciosamente, no se había dado cuenta de que tenía los labios un poco entreabiertos, como si fuera a susurrar algo, a emitir un leve suspiro, un tenue jadeo.
¿Qué podía hacer? Le hubiera resultado mucho más fácil retratar una quimera, una estampida de escorzo, una batalla naval, un insecto, un dios…
No podía mover la mano. Era la primera vez que le ocurría algo así en su larga vida de artista. De repente aparecía una sencilla belleza incólume que no había forma de atraparla. Era más fácil retratar un gesto obsceno, una mirada seductora, algo preciso y radical. Pero esta niña era una insinuación, parecía no tener huesos, demasiado suave, su cara carecía de estructura ósea, era carne sonrosada, desnuda, caliente, blanca, húmeda y luminosa. Belleza viva.
Ni siquiera sabía qué colores usar. ¿Qué color tiene la vida? Imposible retratarla. Siguió contemplándola ajeno al tiempo, fracasado, imperfecto, tal vez enamorado.
El arte, pensó dejando el pincel, es cosa de muertos.
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