humano demasiado poco humano

 

 

 

HUMANO DEMASIADO POCO HUMANO

 

Había sido un mal día, como todos. Era como si la vida se presentara cada mañana con un camión de basura para descargar montones de mierda frente a la puerta de su casa.

Ya muy temprano, de camino al banco,  se vio en peligro de muerte en el transcurso de una discusión de tráfico. Aquel energúmeno se abalanzó sobre él con intenciones homicidas. Se trataba de un trozo de humanidad desproporcionadamente grande. Tenía una cabeza gigante, y los rasgos de la cara parecían los de un niño envejecido. Aquella deforme caricatura gritaba y gritaba gesticulando amenazante, mientras avanzaba hacia él con andares paquidermos y una llave inglesa en la mano.

Pudo huir a tiempo. Se miró en el espejo retrovisor. Estaba pálido, muy asustado y tenía la boca seca. Se subió las gafas de aumento con un dedo tembloroso. No le importaba tanto el hecho de ser un cobarde como el de haber intimado de alguna manera con aquella montaña de mierda.

Y es que la cercanía de la humanidad le producía náuseas: el olor a sudor en el metro, todas aquellas manos obscenas garabateando impresos en la ventanilla de caja, los retales de conversación obtusa como un ruido de cacerolas contaminando el aire, la sequía de la inteligencia, las emponzoñadas intenciones…

Cuando aquella tarde la vio de nuevo tuvo la sensación de que al menos ella no era humana. Su cara de niña irradiaba una especie de luz mágica, de pureza, y a su lado todo era íntimo y fácil. Andaba de otra forma, reía de otra forma, olía de otra forma, su piel suave y joven desprendía un pigmento balsámico, cálido y dulce.

Estaban en la plaza y el sol del atardecer doraba las robustas piedras de la iglesia. Era un momento tranquilo.

-         ¡Mira, ven, ven!- Lo reclamó ella con un seductor movimiento de su mano.

Una luna gigante se asomaba al final de una calle larga y recta. Se besaron, sintiendo una complicidad inexpugnable con aquella luna carirredonda y bonachona.

Entonces de repente, ocurrió algo que parecía absurdo e irreal. La primera piedra zumbó como una abeja asesina junto a sus cabezas. Empezaron a salir de todas partes, como ratas al caer la noche. Iracundos, peligrosos, una manada de pigmeos que con chillonas vocecitas de niña  expresaban su indignación por aquel beso escandaloso. Apenas tendrían ocho o nueve años, pero ya apuntaban las maneras inquisidoras de sus padres maltratadores.

Tuvieron que refugiarse en la iglesia. Se miraron en silencio con expresión alucinada e incrédula. Había algo medieval en la reacción indignada de aquellos chiquillos, que sin embargo no se escandalizaban con el rosario de perversiones que formaban sus vidas cotidianas, desde la tele hasta la pedofilia, pasando por la decapitación de insectos.

En la iglesia se encontraban a salvo. El silencio y la oscuridad los protegían. Se respiraba un aire denso, antiguo, familiar, olía a viejos recuerdos.

Entonces, de repente, mientras una monja contrahecha limpiaba el interior de un confesionario, se produjo la trascendental metamorfosis.

Tras un largo dolor de millones de años, sintió que se desprendía de su condición humana, que dejaba de pertenecer a la especie humana. Cierto que todavía hablaba su lenguaje y seguía teniendo apariencia de hombre, pero por dentro ya no lo era. Se había convertido en otra cosa, una especie de gato escaldado o perro apaleado. Inexplicablemente había ascendido en la escala evolutiva. Era el primer peldaño de una nueva escala de la evolución. Lo humano ya no le concernía, ni su moral hipócrita, ni su indigesta filantropía, ni su carcomida jerarquía de valores, ni sus emociones decadentes.

La miró largamente. Era hermosísima. La seguía amando, la seguía deseando, pero de una forma nueva, animal, salvaje. Y aquella noche, durante el eclipse de luna, le hizo el amor como nunca jamás antes se lo había hecho. De aquella unión debía nacer algo nuevo, algo todavía impreciso, indefinido, el principio de una nueva especie que dejara atrás todo lo feo, lo enfermo, en definitiva lo humano.

Del mismo modo que había quien se cambiaba de sexo, él había decidido cambiarse de especie. ¿Quiénes eran esos brutos balbucientes y soberbios, con rostros mugrientos y miradas torvas, que lo observaban recelosos desde la derruida atalaya de sus empobrecidas vidas?         

Siempre había querido vengarse de ellos. Mientras contaba su apestoso dinero tras la ventanilla del banco, rezaba para que un cataclismo borrara de la faz de la tierra a la perniciosa y deleznable especie humana, de la que él ya no formaba parte, ni tenía que rendirles cuentas, ni alcanzar sus absurdas metas, ni demostrarles nada de nada. Ahora le resultaban indiferentes. Renegar de ellos había sido su más cruel venganza.

De entre tantos miles de millones de corrompida carne humana, sólo tres personas le seguían importando en ese mundo que, afortunadamente,  ya no era el suyo.

No más miedos, ni obsesiones, ni violencia. No más camiones de mierda a la puerta de su casa. Pensó componiendo un gesto decidido mientras mojaba una galleta en el café con leche. Pero…¿No será todo esto una tontería más?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Publica un comentario

Tienes que estar conectado para publicar un comentario.