amontonando

 

 

Han pasado muchos años.

Ahora es un edificio abandonado

con las persianas bajadas y el jardín cubierto de abrojos.

Apenas recuerdo su cara.

Recuerdo que sus manos eran pequeñas

y sus besos largos y entregados.

Pero ya no hay dolor ni ternura en esos jirones de recuerdo.

Son como fósiles de una civilización lejana y muerta.

Y la vida sigue transcurriendo:

amores amontonados, muertes superpuestas.

Pensiones junto a la estación, bares a punto de cerrar,

tragedias en el aire, asilos esperando,

y mientras tanto todavía el tacto de una piel hermosa y fresca.

 

 

 

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