música maestro

 

 

 

¡MÚSICA MAESTRO!

 

El autobús se detuvo frente al ayuntamiento. La plaza se adornaba con banderitas multicolores. En un extremo de la plaza había un olmo milenario, junto a un palacio derruido como un cadáver insepulto. El pueblo era muy viejo, con fachadas carcomidas y barrizales, pero estaba en fiestas y olía a pólvora y a una mareante miscelánea de perfumes y sudor.

La reina de las fiestas era una muchacha morena de grandes ojos marrones y una sonrisa perfecta en un rostro virginal. Por lo menos tenían buen gusto aquellos cetrinos paletos.

El autobús había llegado antes de la hora, pero ya estaba allí esperando un señor impecablemente trajeado, de aspecto serio y decidido, con un grueso bigote que disimulaba una boca leporina con dos grandes dientes en medio.

-         Buenos días, soy el presidente de festejos,- se presentó correcta y elegantemente  al director de la banda, extendiéndole una mano que ostentaba un solitario de oro  con una piedra granate-  vamos a hacer un pasacalles para animar la fiesta-  añadió sin más preámbulos, mientras los músicos descargaban del maletero sus brillantes instrumentos.

La banda formó y a una señal de la batuta se pusieron a interpretar un pasacalles llamado “Todo pasó”, al tiempo que comenzaban a desfilar siguiendo el camino que les marcaba con paso marcial el presidente de los festejos.

Recorrieron calles viejas pero dignamente diseñadas con trazos rectilíneos. Al oír la música se asomaban a los balcones mujerucas desgreñadas con aspecto de locas recién levantadas.

El presidente de festejos, según dijo, era un ingeniero de puentes y caminos que había construido la mayoría de las infraestructuras del pueblo. El colector, el depósito de agua, las fuentes… Iba señalando con el dedo sus obras más destacadas, hablando en unos términos latiniparlos que cohibían un poco al director de la banda: “La subjetividad de la metafísica relacionada con la objetividad de la ingeniería, implica por ende…”

El cortejo, abanderado por un músico de andares patizambos al que le quedaba muy grande la gorra de plato, llegó a las puertas del cementerio. Entonces el director ordenó parar la música.

-         ¡No, no, sigan, sigan, por favor…!- Pidió el presidente de festejos, moviendo el brazo como si él fuera el director. La banda volvió a tocar, aunque resultaba un poco absurdo porque se habían adentrado en pleno campo por un camino solitario. ¿Para qué tocar si no nos oyen ni los muertos? ¿Y a donde vamos por estos caminos polvorientos? Se preguntaban mentalmente los músicos cruzándose miradas suspicaces y desconcertados encogimientos de hombros. Pero aquel presidente de festejos tenía un aspecto tan serio y respetable… Parecía un ministro con su traje impecable y su brillante alfiler de corbata.

Al cabo de una hora de dar vueltas por los contornos, los cuarenta y un músicos llegaron cerca del río, que en aquellos tiempos venía henchido de agua. Entonces el carismático presidente dijo de repente señalando a un viejo puente romano de muchos ojos:

-         Ese puente lo inauguré la semana pasada, mi trabajo me costó acabarlo-

Tras un tenso impás, un músico apodado Cachichi, que tocaba el bajo sudando e hinchando los carrillos, dirigiéndose con mirada asesina al presunto presidente de festejos, le preguntó rechinando los dientes bajo sus largos mostachos de tártaro:

-         ¿A ti te pagan por hacer el tonto?-

Los cuarenta y un músicos se dieron la vuelta, rojos de ira y rubor, de regreso a la plaza, mientras el ingeniero, con sonrisa triunfal, los veía alejarse.

En la plaza  esperaba impaciente el verdadero presidente de festejos, que, cuando los vio llegar, comenzó a hacer aspavientos señalando el reloj de su muñeca. Junto a él esperaban también la reina y las hermosas damas de honor.

Los músicos no comentarían jamás, ni siquiera entre ellos, ni siquiera a sus mujeres en la intimidad del lecho, el frustrante incidente del ingeniero loco, el cual, al día siguiente, con unas bermudas de flores y un rabo de cohete en la mano, iba detrás de la música dando saltos al compás del pasacalles.

Un solo tonto había engañado a cuarenta y un listos. Yo era el músico más joven, apenas tenía nueve años, pero ya entonces, sin poder explicarlo, aquel acontecimiento me pareció una irónica metáfora de la estafa que en el fondo es esta perra vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  

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