la moza vieja
Es una mujer.
Por más que su tímida naturaleza quiera esconderse
tras una larga y virginal adolescencia.
Su cuerpo, voluptuoso y deseable, la delata en espontáneas posturas
de hembra henchida de savia.
Le silban los hombres por la calle
cuando la contemplan por delante o por detrás.
Y en la intimidad de la cama,
cuando de repente sus sueños se tornan mundanos,
poluciona ronroneando suave y doliente como una gata en celo.
A veces, al apoyarse en algún mostrador,
mientras come chucherías o ríe cálidamente por cualquier leve causa,
su cuerpo pleno parece a punto de estallar de sensualidad y libido.
El mundo a su alrededor se va haciendo más y más viejo,
mientras esta niña, esta extraña criatura de carne e inocencia,
ya es una hermosa mujer
que se niega a creerlo.
LA MOZA VIEJA
Acudió a un programa de televisión para buscar novio. Tal vez era su última oportunidad. De cuarenta a cincuenta y cinco años, sincero, cariñoso, comprensivo, con sentido del humor. ¿Pero existe un hombre así? Le preguntó con tono de sorna la meliflua presentadora. Sólo en los libros que lee por las noches en la soledad de su cama bajo la excluyente luz del flexo.
Se puso todo lo guapa que pudo, aunque, por falta de costumbre, se le olvidó depilarse las asilas, y las uñas tampoco las llevaba demasiado limpias que digamos.
En marzo cumplirá los cuarenta, y siente que su vida es un barbecho cuarteado tras una larga y continua sequía.
Se mira en el espejo y, la verdad, no es tan fea. ¿Entonces por qué los hombres la rehuyen como a un animal deforme y deleznable?
Sólo hubo un chico, en la remota adolescencia, que un día le regaló una chapita de oro con sus iniciales, ella aún la conserva como un tesoro en un joyero musical con una bailarina coja.
Sus padres, demasiado padrazos, todo hay que decirlo, murieron hace tiempo. Y la gente a su alrededor pasa velozmente como presencias insensibles y fantasmagóricas.
¿Para qué había nacido?
A las doce en punto apaga la luz, como cada noche, sin encontrar respuesta. En el silencio sólo se escucha la lluvia en los cristales y algún coche que se aleja de camino hacia alguna parte.
Aquellos sueños que eran como niños jugando y floreciendo en el patio del colegio, son ahora cansados y resecos cadáveres en la fosa común de la desesperanza.
Mientras tanto, su corazón sigue latiendo y esperando dejar de latir.
Por cierto, con la emoción de lo de la tele, olvidó tomarse su vaso de leche con galletas.
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