prólogo

 

 

 

Han pasado muchos años.

Ahora es un edificio abandonado

con las persianas bajadas y el jardín cubierto de abrojos.

Es como si hubiera ocurrido en otra vida.

Apenas recuerdo su cara.

Recuerdo que sus manos eran pequeñas

y sus besos largos y entregados.

Pero ya no hay dolor ni ternura en esos jirones de recuerdo.

Son como fósiles de una civilización lejana y muerta.

Así transcurre la vida:

amores amontonados, muertes superpuestas.

Pensiones junto a la estación, bares a punto de cerrar,

tragedias en el aire, asilos esperando,

y mientras tanto todavía el tacto de una piel hermosa y fresca.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PRÓLOGO

 

Pidió el cura las llaves, a la sobrina, del aposento donde estaban los libros causantes del daño. La sobrina, que era una doncella hermosísima de amplia sonrisa y grandes ojos brillantes, se las dio de muy buena gana.

El primer libro que cayó en las inquisidoras manos del cura fue “Cumbre y Derrumbe”.

-         Este libro tiene más de derrumbe que de cumbre, pero como fue el primero que el autor, que es un antiguo amigo mío más versado en desdichas que en versos, escribió durante su exilio en Rusia, conserva una sensibilidad casi pura y barrunta algo sin concluir nada. Tenedlo vos, bella sobrina, en vuestra casa, mas no lo dejéis leer a ninguno-

Abrióse otro libro y vieron que tenía por título: “La Postrera Sombra”.

-         Este libro cuenta la vida de un cadáver y el libro en sí es un cadáver, embrollado, pedante, megalómano, malogra un argumento que tendría muchas posibilidades de haber sido tratado con menos pretenciosidad, una gran materia prima que degenera en una mala novela, al fuego con él, sobrina, pues no hallo entre sus cientos de páginas cosa que merezca venia-

-         Este que viene es “La Venus Penitente”, al fuego con él sin más comentarios, por disparatado e impúdico-

Abriendo otro vio que era: “Las Sirenas”.

-         En este libro su autor encuentra una senda que abandonará por desgracia en obras posteriores. Es un libro vivo, sincero, pesimista y con un gran sentido del humor, guardadle vos, sobrina, porque en verdad no merece el castigo de las llamas-

-         ¿Qué haremos con toda esta caterva pequeños libros que quedan?- Preguntó la sobrina con su dulce voz de doncella.

-         A lo que veo, no deben ser de caballería, sino de poesía, que es peor, a este, titulado “Flor de Fuego”podemos perdonarlo porque su autor estaba enamorado cuando lo escribió y puede alegar enajenación mental transitoria, en cuanto a los demás, “Peón de Reina”, “Piedras Vivas”, “Los Placeres y las Noches”, “Cunnus”, “Desnuda”, “Erótica”…, sean de inmediato condenados al fuego, aun a riesgo de cometer alguna injusticia, y vamos acabando, sobrina, pues se va haciendo tarde-

La sobrina abrió con sus blancas manos otro libro que se titulaba: “El amor y otros cuentos”.

-         Me hubiera pesado arrojar este libro al fuego, pues está lleno de interesantes historias y contiene además una novela corta en la que su autor, que es más poeta que narrador,  alcanza la madurez, guardadlo, sobrina, junto a “Las Sirenas” y veamos cuales son esos otros del montón-

-         “Vapor de Sangre” y “Segunda Inocencia”-

-         Recluyamos temporalmente esos dos libros en el purgatorio, pues aunque en principio parecen buenos, hemos de esperar a tener perspectiva y esa sólo la da el tiempo, los demás sean arrojados al fuego sin contemplaciones, sobrina, que es hora de cenar y no me apetece escrutar más títulos-

-         Que me place-

Y así lo hizo presto la sobrina, pues no se le pedía a tonta ni a sorda. Y dicen que entre otros libros que perecieron en las llamas, se hallaba uno titulado “Nada de Nada” y que a buen seguro que si el cura lo hubiese visto, lo habría salvado muy a gusto de las penas del infierno.

 

 

 

 

 

amontonando

 

 

Han pasado muchos años.

Ahora es un edificio abandonado

con las persianas bajadas y el jardín cubierto de abrojos.

Apenas recuerdo su cara.

Recuerdo que sus manos eran pequeñas

y sus besos largos y entregados.

Pero ya no hay dolor ni ternura en esos jirones de recuerdo.

Son como fósiles de una civilización lejana y muerta.

Y la vida sigue transcurriendo:

amores amontonados, muertes superpuestas.

Pensiones junto a la estación, bares a punto de cerrar,

tragedias en el aire, asilos esperando,

y mientras tanto todavía el tacto de una piel hermosa y fresca.

 

 

 

frágil

 

 

Frágil como un vaso de cristal.

Asustado. Tonto. Extenuado. Sin respuestas.

Así me siento la mayoría de las veces.

Y mientras tanto esta vida implacable

sigue amontonando problemas que no se resuelven.

Todas las batallas acaban en derrota.

Pero así es la vida,

una guerra perdida,

un amor imposible.

Y ningún dios nos protege.

 

 

 

 

 

tocan a muerto

 

 

 

 

  Tocan a muerto.

Otro muerto más que se tragará el olvido.

¿Ha servido de algo todo este largo cansancio?

¡Cuántas palabras perdidas y cuántas que quedaron por decir!

Lego mi corazón dividido en tres pedazos,

o, más que dividido, multiplicado.

Ya presiento la nada, dentro de poco,

nada de nada.

 

 

 

 

 

 

 

 

música maestro

 

 

 

¡MÚSICA MAESTRO!

 

El autobús se detuvo frente al ayuntamiento. La plaza se adornaba con banderitas multicolores. En un extremo de la plaza había un olmo milenario, junto a un palacio derruido como un cadáver insepulto. El pueblo era muy viejo, con fachadas carcomidas y barrizales, pero estaba en fiestas y olía a pólvora y a una mareante miscelánea de perfumes y sudor.

La reina de las fiestas era una muchacha morena de grandes ojos marrones y una sonrisa perfecta en un rostro virginal. Por lo menos tenían buen gusto aquellos cetrinos paletos.

El autobús había llegado antes de la hora, pero ya estaba allí esperando un señor impecablemente trajeado, de aspecto serio y decidido, con un grueso bigote que disimulaba una boca leporina con dos grandes dientes en medio.

-         Buenos días, soy el presidente de festejos,- se presentó correcta y elegantemente  al director de la banda, extendiéndole una mano que ostentaba un solitario de oro  con una piedra granate-  vamos a hacer un pasacalles para animar la fiesta-  añadió sin más preámbulos, mientras los músicos descargaban del maletero sus brillantes instrumentos.

La banda formó y a una señal de la batuta se pusieron a interpretar un pasacalles llamado “Todo pasó”, al tiempo que comenzaban a desfilar siguiendo el camino que les marcaba con paso marcial el presidente de los festejos.

Recorrieron calles viejas pero dignamente diseñadas con trazos rectilíneos. Al oír la música se asomaban a los balcones mujerucas desgreñadas con aspecto de locas recién levantadas.

El presidente de festejos, según dijo, era un ingeniero de puentes y caminos que había construido la mayoría de las infraestructuras del pueblo. El colector, el depósito de agua, las fuentes… Iba señalando con el dedo sus obras más destacadas, hablando en unos términos latiniparlos que cohibían un poco al director de la banda: “La subjetividad de la metafísica relacionada con la objetividad de la ingeniería, implica por ende…”

El cortejo, abanderado por un músico de andares patizambos al que le quedaba muy grande la gorra de plato, llegó a las puertas del cementerio. Entonces el director ordenó parar la música.

-         ¡No, no, sigan, sigan, por favor…!- Pidió el presidente de festejos, moviendo el brazo como si él fuera el director. La banda volvió a tocar, aunque resultaba un poco absurdo porque se habían adentrado en pleno campo por un camino solitario. ¿Para qué tocar si no nos oyen ni los muertos? ¿Y a donde vamos por estos caminos polvorientos? Se preguntaban mentalmente los músicos cruzándose miradas suspicaces y desconcertados encogimientos de hombros. Pero aquel presidente de festejos tenía un aspecto tan serio y respetable… Parecía un ministro con su traje impecable y su brillante alfiler de corbata.

Al cabo de una hora de dar vueltas por los contornos, los cuarenta y un músicos llegaron cerca del río, que en aquellos tiempos venía henchido de agua. Entonces el carismático presidente dijo de repente señalando a un viejo puente romano de muchos ojos:

-         Ese puente lo inauguré la semana pasada, mi trabajo me costó acabarlo-

Tras un tenso impás, un músico apodado Cachichi, que tocaba el bajo sudando e hinchando los carrillos, dirigiéndose con mirada asesina al presunto presidente de festejos, le preguntó rechinando los dientes bajo sus largos mostachos de tártaro:

-         ¿A ti te pagan por hacer el tonto?-

Los cuarenta y un músicos se dieron la vuelta, rojos de ira y rubor, de regreso a la plaza, mientras el ingeniero, con sonrisa triunfal, los veía alejarse.

En la plaza  esperaba impaciente el verdadero presidente de festejos, que, cuando los vio llegar, comenzó a hacer aspavientos señalando el reloj de su muñeca. Junto a él esperaban también la reina y las hermosas damas de honor.

Los músicos no comentarían jamás, ni siquiera entre ellos, ni siquiera a sus mujeres en la intimidad del lecho, el frustrante incidente del ingeniero loco, el cual, al día siguiente, con unas bermudas de flores y un rabo de cohete en la mano, iba detrás de la música dando saltos al compás del pasacalles.

Un solo tonto había engañado a cuarenta y un listos. Yo era el músico más joven, apenas tenía nueve años, pero ya entonces, sin poder explicarlo, aquel acontecimiento me pareció una irónica metáfora de la estafa que en el fondo es esta perra vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  

la moza vieja

 

Es una mujer.

Por más que su tímida naturaleza quiera esconderse

tras una larga y virginal adolescencia.

Su cuerpo, voluptuoso y deseable, la delata en espontáneas posturas

de hembra henchida de savia.

Le silban los hombres por la calle

cuando la contemplan por delante o por detrás.

Y en la intimidad de la cama,

cuando de repente sus sueños se tornan mundanos,

poluciona ronroneando suave y doliente como una gata en celo.

A veces, al apoyarse en algún mostrador,

mientras come chucherías o ríe cálidamente por cualquier leve causa, 

su cuerpo pleno parece a punto de estallar de sensualidad y libido.

El mundo a su alrededor se va haciendo más y más viejo,

mientras esta niña, esta extraña criatura de carne e inocencia,

ya es una hermosa mujer

que se niega a creerlo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA MOZA VIEJA

 

Acudió a un programa de televisión para buscar novio. Tal vez era su última oportunidad. De cuarenta a cincuenta y cinco años, sincero, cariñoso, comprensivo, con sentido del humor. ¿Pero existe un hombre así? Le preguntó con tono de sorna la meliflua presentadora. Sólo en los libros que lee por las noches en la soledad de su cama bajo la excluyente luz del flexo.

Se puso todo lo guapa que pudo, aunque, por falta de costumbre, se le olvidó depilarse las asilas, y las uñas tampoco las llevaba demasiado limpias que digamos.

En marzo cumplirá los cuarenta, y siente que su vida es un barbecho cuarteado tras una larga y continua sequía.

Se mira en el espejo y, la verdad, no es tan fea. ¿Entonces por qué los hombres la rehuyen como a un animal deforme y deleznable?

Sólo hubo un chico, en la remota adolescencia, que un día le regaló una chapita de oro con sus iniciales, ella aún la conserva como un tesoro en un joyero musical con una bailarina coja.

Sus padres, demasiado padrazos, todo hay que decirlo, murieron hace tiempo. Y la gente a su alrededor pasa velozmente como presencias insensibles y fantasmagóricas.

¿Para qué había nacido?

A las doce en punto apaga la luz, como cada noche, sin encontrar respuesta. En el silencio sólo se escucha la lluvia en los cristales y algún coche que se aleja de camino hacia alguna parte.

Aquellos sueños que eran como niños jugando y floreciendo en el patio del colegio, son ahora cansados y resecos cadáveres en la fosa común de la desesperanza.

Mientras tanto, su corazón sigue latiendo y esperando dejar de latir.

Por cierto, con la emoción de lo de la tele, olvidó tomarse su vaso de leche con galletas.

 

 

 

 

 

extraña criatura

 

 

Es una mujer.

Por más que su tímida idiosincrasia quiera esconderse

tras una larga y virginal adolescencia.

Su cuerpo, voluptuoso y deseable, la delata en espontáneas posturas

de hembra henchida de savia.

Le silban los hombres por la calle

cuando la contemplan de frente o de espaldas.

Y en la intimidad de la cama,

cuando de repente sus sueños se tornan mundanos,

poluciona ronroneando suave y doliente como una gata en celo.

A veces, al apoyarse en algún mostrador,

mientras come chucherías o ríe cálidamente por cualquier leve causa, 

su cuerpo pleno parece a punto de estallar de sensualidad y libido.

El mundo a su alrededor se va haciendo más y más viejo,

mientras esta niña, esta extraña criatura de carne e inocencia,

ya es una hermosa mujer

que se niega a creerlo.

 

 

 

redimido

 

 

 

Ellos aman los símbolos manidos,

las frases acarameladas de ralo ingenio,

los juramentos babosos, los corazones partidos,

las fechas señaladas por otros.

Lo nuestro, por el contrario, forma parte del derecho natural,

del “creo porque es absurdo”, del silencio contemplativo.

Todo lo que en este sentido puedo decirte, ya lo sabes tú,

aunque sé que de vez en cuando te gusta oírlo.

Te quiero a pesar de todos los sanvalentines,

de todas las campanadas de año nuevo,

de todos los aniversarios cantados a coro con voz de falsete.

A este lado de la orilla estoy a solas contigo,

demasiado inocente todavía para no ser un misántropo,

un misántropo y un necrófilo, por tus ojos redimido.

 

 

 

 

el final

 

EL FINAL

 

Algo sombrío, inexorable y siniestro viene rondándonos.

Un rumor de alas de buitre, un chillido de guadaña,

una sorda percusión de ataúd.

Me aferro con desesperación a tu dulzura virginal,

a tu excitante lencería, a tu vivificante juventud.

Pero cuando estamos juntos

ya no se iluminan los rincones oscuros de la vida,

ni se encienden las farolas cuando pasamos,

y cuando te cojo de la mano

ya no palpita en tus yemas tu corazón entregado.

Fue tan grande nuestro amor

que todavía nos empuja su inercia.

Pero al final de este viaje temerario

presiento un paisaje calcinado,

un precipicio vertiginoso,

un árbol seco y desarraigado.

Si algún científico loco

consiguiera invertir la dirección del tiempo,

te juro, mi vida, que yo volvería para quedarme eternamente

en el día sagrado en que te conocí.

 

 

 

LOS ZAPATOS DEL MUERTO

 

 

hace tiempo…

 

 

Hace tiempo que no sé nada de ti.

¿Dónde estás? ¿Acaso te has muerto?

Me gusta tenerte cerca, saber que estás ahí,

tener alguien con quien hablar,

saber que tú me acogerás

cuando todo el mundo me de la espalda.

Descubro tu huella en los pergaminos polvorientos,

en los epitafios cubiertos de musgo,

en la morfina de los hospitales,

en las largas noches sin mañana.

Desde tus ojivales ventanas no se ve la gente,

ni los gritos de dolor de la memoria,

ni la comezón del odio y la locura,

ni las calles convertidas en campos de batalla.

Vuelve, que cada día tengo más miedo a la soledad de la vida.

Conozco a tantos muertos, que ya empiezo a hablar su silencio.