ya está aquí
UNA CABEZA, UN BRAZO Y DOS PIERNAS
Era una mierda descomunal, gigantesca y blanda, como si la hubiera cagado un dinosaurio con diarrea. Encima de ella, queriendo cubrirla infructuosamente, un ridículo trozo de papel de periódico en forma de corazón.
Se levantó un poco de viento que agitó el papel sin conseguir despegarlo de su amada mierda. Sin duda se trataba de una mierda muy posesiva, con aquel aspecto soberbio
y aquel hedor amenazante, allí plantada, junto a un muro de bloques de cemento coronado por una alambrada de espino, amedrentando a las tímidas cagarrutas de los gorriones. Sin duda era la mierda más grande de la ciudad y ella lo sabía. Aquel era su territorio, entre los cascotes de litronas, los burdos grafitis, las jeringuillas y los orines de borracho, nadie osaba pisarla, había sido cagada por el culo más escatológico y pedorro de todos los suburbios.
La vio al bajarse del todoterreno. Se sintió fascinado. Había algo en aquella mierda que le resultaba familiar, no tenía la suficiente capacidad intelectual para precisar qué. Sería porque también él tenía cara de mierda blanda, con aquellos labios abultados y oscilantes, y aquellos ojos de un azul acuoso y sucio como los intestinos de un conejo destripado en medio de una carretera.
Se sentía contento, triunfante. La jueza había archivado la denuncia que le puso su novia por haber violado la orden de alejamiento. Ella salió del juzgado llorando y él riendo. Así es la vida, un curioso contraste entre ganadores y perdedores. Él era de los ganadores, siempre lo había sido. Ya desde niño siempre conseguía lo que quería: bicicletas, juguetes, mascotas…Bastaba con una pataleta o una llantina para salirse con la suya. No estaba acostumbrado a que lo contrariaran, era algo que no soportaba. Por eso cuando su novia decidió dejarlo, su primera reacción fue de estupor, pero enseguida decidió que aquella zorra le pertenecía, y nadie en el mundo podía arrebatarle sus pertenencias. Primero se puso de rodillas y lloró y suplicó conmovedoramente y sin ningún pudor, incluso hizo ademán de tumbarse en medio de la carretera para que lo atropellara un camión, no sirvió de nada. Entonces se vio obligado a recurrir a la violencia. La cogió de la cabeza y le puso un cuchillo en el cuello amenazándola con degollarla y arrojarla por el balcón.
Al final, a base de tretas y chantajes emocionales, consiguió que le diera otra vez una última oportunidad y volviera con él. No cabía duda de que era buen actor, un ganador nato. La jueza también había actuado de puta madre. “Creo que le he gustado”, pensó al acabar su declaración. Lo trató muy bien, con comprensión y complicidad, al contrario que a su novia. Era una tía joven, no sería extraño que se hubiera enamorado de él. Todas las tías eran unas guarras. Si aquella golfa pensaba que iba a salirse con la suya lo llevaba claro. “Ahora es cuando te voy a hacer daño de verdad”, la había amenazado al salir de los juzgados, sin importarle el guardia que había a su lado. Realmente era un tío feo aquel guardia, con una oreja más grande que otra, tartamudo, bizco y raquítico. Tuvo que contener la risa cuando al prestar declaración se encasquillo y empezó a apretar los labios haciendo fuerza como si estuviera estreñido. Qué gente más ridícula había por ahí suelta. Hoy en día cualquiera podía ser guardia civil, él conocía a muchos, del gimnasio, pero no eran como ese tirillas enclenque, eran tíos de verdad, con un par de cojones, como él. Que se jodan todos los enanos gilipollas medio hombres. Recordó aquella pelea contra diez tíos en la discoteca donde había trabajado de relaciones públicas. Se fueron calientes los notas.
Aquella zorra era suya, igual que su madre era la zorra de su padre y su abuela la zorra de su abuelo. Así deben ser las cosas. Je, je, je…¡Qué cara se le pondría a la zorra cuando descubriera que le había robado la cuenta de correo para anunciarla como una puta barata de esas que aparecen de oferta en la sección de relax de los periódicos: “Soy una golfa y me e hechado un nuevo novio que folla que no veas. Mi teléfono es….” Orden de alejamientos a él. ¿Con quién se creía que estaba jugando? La jueza sí que era una tía enrollá, a lo mejor acababa por follársela también. Y si la zorra no volvía al redil, habría que tomar medidas más serias, él era muy peligroso, y si había que cargársela pues a tomar por culo, una puta menos en la calle. Y el caso es que la quiero, ¡joder!, la necesito. Me muero de miedo sin ella, aunque estar con ella también me da mucho miedo. ¡Maldita puta!
Se tanteó los bolsillos. Sacaría una pasta gansa con toda aquella cocaína. Y encima Simona se lo haría por el morro. Son calientes de verdad estas putas rumanas. Simona era menor de edad, pero hacía todo cuanto él quería en la cama. Simona Garganta Profunda versus Paco Pérez Gutiérrez. Y qué tetas tenía la niña, eran perfectas, parecía una muñeca hinchable, una pequeña muñeca que se tragaba unos rabos más grandes que su cuerpo. El semen y la coca eran toda su vida. Era medio gitana, igual que él, una preciosa gitanilla de sangre ardiente. Pero no podía quitarse de la cabeza a la zorra de su novia. Imaginársela en la cama con otro hacía que la sangre le hirviera. Merecía un castigo severo, merecía la muerte. Ya tenía preparado el escondite, una caseta en ruinas bajo el puente de la carretera vieja, cerca de la gasolinera del polígono. Allí la ataría a una viga y haría todo cuanto quisiera con ella, la torturaría y después la mataría. La cortaría en pedazos y arrojaría los desperdicios a un basurero que había cerca. Una cabeza, un brazo, dos piernas…Todo esa puta mierda diseminada por ahí para que se la comieran las ratas. Llevaba pensándolo desde hacía tiempo y había llegado el momento de la venganza. A él nadie lo encerraba en el calabozo sin más. A él nadie lo jodía. Aunque estuvo bien eso del calabozo. Los guardias se enrollaron, trajeron priva y todo, es que hay que tener amigos hasta en el infierno. Debía haberla matado cuando tuvo la oportunidad en Vigo, la siguió hasta allí, entró en el piso derribando la puerta de una patada y poniéndole el cuchillo en la garganta la llevó hasta la terraza de un sexto piso. Si no hubiera llegado toda aquella peña. Y es que con esta furcia no sirven las lágrimas ni las súplicas. Apuñalarla hasta romper la hoja del cuchillo. “Tú sabes, cari, que cuando me pongo soy muy peligroso” A tomar por culo, si el chantaje emocional y las mentiras dejan de surtir efecto, siempre queda el recurso infalible de la violencia. Y un número más para las estadísticas.
De repente vio aparecer el coche de su suegro. Menuda mierda coche tenía, tal pa cual. Lo vio apearse con la cara muy pálida. Vino hacia él. ¿Qué coño querrá este gilipollas? A lo mejor tenía que pegarle también dos ostias al vejestorio ese, menudo subnormal, con ese aire de intelectual muerto de hambre, quién se creía que era porque leyera libros, ¿un profesor de la Sobona esa o qué? un mierda sin cojones, no tenía ni media ostia, el mierda, je, je, je, menuda familia de don nadies, y ¿eso era un hombre? Con este no hacía falta fingir. Con su novia estaba acostumbrado a fingir, a veces fingía tanto que acababa creyéndoselo él mismo. Je, je, je, se le caía hasta el moco cuando lloraba con lágrimas de cocodrilo, de cocodrilo con dientes afilados. ¿Pero qué hace ahora el tonto los cojones este?…
Todo sucedió de manera vertiginosa y definitiva. De repente el viejo se dio la vuelta y se introdujo de nuevo en el coche. Al cabo de unos segundos, volvió a apearse, palido y con los labios cubiertos por una especie de espuma seca. Traía en la mano una escopeta de caza. A unos dos metros de su víctima apretó el gatillo. El cuerpo cayó hacia atrás como un pelele de Semana Santa. Se formó en el suelo un charco de sangre sobre el empezó a removerse con espasmos de muerte.
Al viejo dejaron de temblarle las piernas. Se sintió vivo otra vez, seguro y decidido. Fue como si de su cabeza desapareciera súbitamente la fiebre del resentimiento y la impotencia. Se acercó con calma al cuerpo abatido y apoyando los cañones de la paralela en la cabeza, aquella cabeza con blandura de mierda, efectuó un segundo disparo. Los escasos sexos se desparramaron por el suelo como carne picada de cerdo.
“No volverás a pegarle a mi hija, hijoputa. Hay que arrancar la mala hierba.” Balbuceó el viejo lapidariamente.
Se puso a llover. Las gotas de lluvia, en las hojas de los árboles, generaban un resplandor iridiscente bajo la luz de las farolas.
La vida continuaba, en alguna otra parte.
Ya está aquí. Una densa presencia que paraliza el aire.
Un manto de calma, un misterio cósmico e ingrávido.
Se oyen sólo los estertores de agonía
al fondo de un silencio oscuro e inexorable.
Las luces de emergencia arden en el pasillo
como cirios alrededor de un féretro.
La vida se va derritiendo como un trozo de hielo en un vaso de agua.
Ya es muy pequeña, apenas caben en su matriz
unos cuantos recuerdos no evocados:
el dolor de la ausencia, los rostros de los nietos
como pálidos fantasmas que se desvanecen al amanecer,
y ese viejo radiocaset, mudo y trasnochado,
sobre la encimera polvorienta de la cocina del pueblo.
Es hora de morir.
La carne se va encogiendo como un papel en el fuego.
Los ojos permanecen cerrados, apagados,
quizás ya nunca más volverán a abrirse.
Huele a antiséptico. La bata, arrugada sobre la silla,
tiene una mancha verdosa y reseca de puré insípido de hospital.
Pero eso tampoco importa ahora.
Fuera, en el mundo, continúan los besos, las cuchilladas, los desengaños.
Moscardones de dolor zumban tras los cristales.
Son las cuatro de la madrugada.
Una gorda enfermera entra en la habitación con un rumor de cotidianidad.
Ya no se puede hacer nada. Es la hora solemne,
la de la última clarividencia que anuncia, por fin, la paz.
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