matarás
MATARÁS
A mi amiga Lady Macbech.
Ya veo la sangre goteando por tu refulgente hoja.
Es sangre sucia, culpable, sangre de almorrana,
sangre con los días contados.
Suave acero toledano, muéstrame el camino,
que la negra noche nos ampare,
que no queden huellas ni testigos,
que la destrucción de esa vida indigna
sea mi único pensamiento en adelante.
Nadie nos oye, estamos solos tú y yo,
ella ya se ha marchado
dejando su dulce calor de hembra en las sábanas.
Preparemos en calma la venganza
asegurando los detalles con precisión milimétrica.
Y si nuestro fúnebre edificio se derrumba,
levantaremos otro con mayor tenacidad
y la misma voluntad de odio y muerte.
Mientras tanto silencio,
y que todas las fuerzas del mal nos protejan y den suerte.
UNA CABEZA, UN BRAZO Y DOS PIERNAS
Era una mierda descomunal, gigantesca y blanda, como si la hubiera cagado un dinosaurio con diarrea. Encima de ella, queriendo cubrirla infructuosamente, un ridículo trozo de papel de periódico en forma de corazón.
Se levantó un poco de viento que agitó el papel sin conseguir despegarlo de su amada mierda. Sin duda se trataba de una mierda muy posesiva, con aquel aspecto soberbio y
y aquel hedor amenazante, allí plantada en un sombrío callejón, amedrentando a las tímidas cagarrutas de los gorriones. Sin duda era la mierda más grande y ella lo sabía. Aquel era su territorio, nadie osaba pisarla, había sido cagada por el culo más escatológico y pedorro de toda la ciudad.
La vio al bajarse del coche. Se sintió fascinado. Había algo en aquella mierda que le resultaba familiar, no tenía la suficiente capacidad intelectual para precisar qué. Sería porque también él tenía cara de mierda blanda, con aquellos labios abultados y oscilantes, y aquellos ojos de un azul acuoso y sucio como los intestinos de un conejo destripado en medio de una carretera.
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