ya está aquí

 

 

 

 

 

 

UNA CABEZA, UN BRAZO Y DOS PIERNAS

 

Era una mierda descomunal, gigantesca y blanda, como si la hubiera cagado un dinosaurio con diarrea. Encima de ella, queriendo cubrirla infructuosamente, un ridículo trozo de papel de periódico en forma de corazón.

Se levantó un poco de viento que agitó el papel sin conseguir despegarlo de su amada mierda. Sin duda se trataba de una mierda muy posesiva, con aquel aspecto soberbio

y aquel hedor amenazante, allí plantada, junto a un  muro de bloques de cemento coronado por una alambrada de espino, amedrentando a las tímidas cagarrutas de los gorriones. Sin duda era la mierda más grande de la ciudad y ella lo sabía. Aquel era su territorio, entre los cascotes de litronas, los burdos grafitis, las jeringuillas y los orines de borracho, nadie osaba pisarla, había sido cagada por el culo más escatológico y pedorro de todos los suburbios.

La vio al bajarse del todoterreno. Se sintió fascinado. Había algo en aquella mierda que le resultaba familiar, no tenía la suficiente capacidad intelectual para precisar qué. Sería porque también él tenía cara de mierda blanda, con aquellos labios abultados y oscilantes, y aquellos ojos de un azul acuoso y sucio como los intestinos de un conejo destripado en medio de una carretera.

Se sentía contento, triunfante. La jueza había archivado la denuncia que le puso su novia por haber violado la orden de alejamiento. Ella salió del juzgado llorando y él riendo. Así es la vida, un curioso contraste entre ganadores y perdedores. Él era de los ganadores, siempre lo había sido. Ya desde niño siempre conseguía lo que quería: bicicletas, juguetes, mascotas…Bastaba con una pataleta o una llantina para salirse con la suya.  No estaba acostumbrado a que lo contrariaran, era algo que no soportaba. Por eso cuando su novia decidió dejarlo, su primera reacción fue de estupor, pero enseguida decidió que aquella zorra le pertenecía, y nadie en el mundo podía arrebatarle sus pertenencias. Primero se puso de rodillas y lloró y suplicó conmovedoramente y sin ningún pudor, incluso hizo ademán de tumbarse en medio de la carretera para que lo atropellara un camión, no sirvió de nada. Entonces se vio obligado a recurrir a la violencia. La cogió de la cabeza y le puso un cuchillo en el cuello amenazándola con degollarla y arrojarla por el balcón.

Al final, a base de tretas y chantajes emocionales, consiguió que le diera otra vez una última oportunidad y volviera con él. No cabía duda de que era buen actor, un ganador nato.  La jueza también había actuado de puta madre. “Creo que le he gustado”, pensó al acabar su declaración. Lo trató muy bien, con comprensión y complicidad, al contrario que a su novia. Era una tía joven, no sería extraño que se hubiera enamorado de él. Todas las tías eran unas guarras. Si aquella golfa pensaba que iba a salirse con la suya lo llevaba claro. “Ahora es cuando te voy a hacer daño de verdad”, la había amenazado al salir de los juzgados, sin importarle el guardia que había a su lado. Realmente era un tío feo aquel guardia, con una oreja más grande que otra, tartamudo, bizco y  raquítico. Tuvo que contener la risa cuando al prestar declaración se encasquillo y empezó a apretar los labios haciendo fuerza como si estuviera estreñido. Qué gente más ridícula había por ahí suelta. Hoy en día cualquiera podía ser guardia civil, él conocía a muchos, del gimnasio, pero no eran como ese tirillas enclenque, eran tíos de verdad, con un par de cojones, como él. Que se jodan todos los enanos gilipollas medio hombres. Recordó aquella pelea contra diez tíos en la discoteca donde había trabajado de relaciones públicas. Se fueron calientes los notas.

Aquella zorra era suya, igual que su madre era la zorra de su padre y su abuela la zorra de su abuelo. Así deben ser las cosas. Je, je, je…¡Qué cara se le pondría a la zorra cuando descubriera que le había robado la cuenta de correo para anunciarla como una puta barata de esas que aparecen de oferta en la sección de relax de los periódicos: “Soy una golfa y me e hechado un nuevo novio que folla que no veas. Mi teléfono es….” Orden de alejamientos a él. ¿Con quién se creía que estaba jugando? La jueza sí que era una tía enrollá, a lo mejor acababa por follársela también. Y si la zorra no volvía al redil, habría que tomar medidas más serias, él era muy peligroso, y si había que cargársela pues a tomar por culo, una puta menos en la calle. Y el caso es que la quiero, ¡joder!, la necesito. Me muero de miedo sin ella, aunque estar con ella también me da mucho miedo. ¡Maldita puta!

Se tanteó los bolsillos. Sacaría una pasta gansa con toda aquella cocaína. Y encima Simona se lo haría por el morro. Son calientes de verdad estas putas rumanas. Simona era menor de edad, pero hacía todo cuanto él quería en la cama. Simona Garganta Profunda versus Paco Pérez Gutiérrez. Y qué tetas tenía la niña, eran perfectas, parecía una muñeca hinchable, una pequeña muñeca que se tragaba unos rabos más grandes que su cuerpo. El semen y la coca eran toda su vida. Era medio gitana, igual que él, una preciosa gitanilla de sangre ardiente. Pero no podía quitarse de la cabeza a la zorra de su novia. Imaginársela en la cama con otro hacía que la sangre le hirviera. Merecía un castigo severo, merecía la muerte. Ya tenía preparado el escondite, una caseta en ruinas bajo el puente de la carretera vieja, cerca de la gasolinera del polígono. Allí la ataría a una viga y haría todo cuanto quisiera con ella, la torturaría y después la mataría. La cortaría en pedazos y arrojaría los desperdicios a un basurero que había cerca. Una cabeza, un brazo, dos piernas…Todo esa puta mierda diseminada por ahí para que se la comieran las ratas. Llevaba pensándolo desde hacía tiempo y había llegado el momento de la venganza. A él nadie lo encerraba en el calabozo sin más. A él nadie lo jodía. Aunque estuvo bien eso del calabozo. Los guardias se enrollaron, trajeron priva y todo, es que hay que tener amigos hasta en el infierno. Debía haberla matado cuando tuvo la oportunidad en Vigo, la siguió hasta allí, entró en el piso derribando la puerta de una patada y poniéndole el cuchillo en la garganta la llevó hasta la terraza de un sexto piso. Si no hubiera llegado toda aquella peña. Y es que con esta furcia no sirven las lágrimas ni las súplicas. Apuñalarla hasta romper la hoja del cuchillo. “Tú sabes, cari, que cuando me pongo soy muy peligroso” A tomar por culo, si el chantaje emocional y las mentiras dejan de surtir efecto, siempre queda el recurso infalible de la violencia. Y un número más para las estadísticas.

De repente vio aparecer el coche de su suegro. Menuda mierda coche tenía, tal pa cual. Lo vio apearse con la cara muy pálida. Vino hacia él. ¿Qué coño querrá este gilipollas? A lo mejor tenía que pegarle también dos ostias al vejestorio ese, menudo subnormal, con ese aire de intelectual muerto de hambre, quién se creía que era porque leyera libros, ¿un profesor de la Sobona esa o qué? un mierda sin cojones, no tenía ni media ostia, el mierda, je, je, je, menuda familia de don nadies, y ¿eso era un hombre? Con este no hacía falta fingir. Con su novia estaba acostumbrado a fingir, a veces fingía tanto que acababa creyéndoselo él mismo. Je, je, je, se le caía hasta el moco cuando lloraba con lágrimas de cocodrilo, de cocodrilo con dientes afilados. ¿Pero qué hace ahora el tonto los cojones este?…

Todo sucedió de manera vertiginosa y definitiva. De repente el viejo se dio la vuelta y se introdujo de nuevo en el coche. Al cabo de unos segundos, volvió a apearse, palido y con los labios cubiertos por una especie de espuma seca. Traía en la mano una escopeta de caza. A unos dos metros de su víctima apretó el gatillo. El cuerpo cayó hacia atrás como un pelele de Semana Santa. Se formó en el suelo un charco de sangre sobre el empezó a removerse con espasmos de muerte.

Al viejo dejaron de temblarle las piernas. Se sintió vivo otra vez, seguro y decidido. Fue como si de su cabeza desapareciera súbitamente la fiebre del resentimiento y la impotencia. Se acercó con calma al cuerpo abatido y apoyando los cañones de la paralela en la cabeza, aquella cabeza con blandura de mierda, efectuó un segundo disparo. Los escasos sexos se desparramaron por el suelo como carne picada de cerdo.

“No volverás a pegarle a mi hija, hijoputa. Hay que arrancar la mala hierba.” Balbuceó el viejo lapidariamente.

Se puso a llover. Las gotas de lluvia, en las hojas de los árboles, generaban un resplandor iridiscente bajo la luz de las farolas.

La vida continuaba, en alguna otra parte.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ya está aquí. Una densa presencia que paraliza el aire.

Un manto de calma, un misterio cósmico e ingrávido.

Se oyen sólo los estertores de agonía

al fondo de un silencio oscuro e inexorable.

Las luces de emergencia arden en el pasillo

como cirios alrededor de un féretro.

La vida se va derritiendo como un trozo de hielo en un vaso de agua.

Ya es muy pequeña, apenas caben en su matriz

unos cuantos recuerdos no evocados:

el dolor de la ausencia, los rostros de los nietos

como pálidos fantasmas que se desvanecen al amanecer,

y ese viejo radiocaset, mudo y trasnochado,

sobre la encimera polvorienta de la cocina del pueblo.

Es hora de morir.

La carne se va encogiendo como un papel en el fuego.

Los ojos permanecen cerrados, apagados,

quizás ya nunca más volverán a abrirse.

Huele a antiséptico. La bata, arrugada sobre la silla,

tiene una mancha verdosa y reseca de puré insípido de hospital.

Pero eso tampoco importa ahora.

Fuera, en el mundo, continúan los besos, las cuchilladas, los desengaños.

Moscardones de dolor zumban tras los cristales.

Son las cuatro de la madrugada.

Una gorda enfermera entra en la habitación con un rumor de cotidianidad.

Ya no se puede hacer nada. Es la hora solemne,

la de la última clarividencia que anuncia, por fin, la paz.

 

 

una cabeza

UNA CABEZA, UN BRAZO Y DOS PIERNAS

 

Era una mierda descomunal, gigantesca y blanda, como si la hubiera cagado un dinosaurio con diarrea. Encima de ella, queriendo cubrirla infructuosamente, un ridículo trozo de papel de periódico en forma de corazón.

Se levantó un poco de viento que agitó el papel sin conseguir despegarlo de su amada mierda. Sin duda se trataba de una mierda muy posesiva, con aquel aspecto soberbio

y aquel hedor amenazante, allí plantada, junto a un  muro de bloques de cemento coronado por una alambrada de espino, amedrentando a las tímidas cagarrutas de los gorriones. Sin duda era la mierda más grande y ella lo sabía. Aquel era su territorio, entre los cascotes de litronas, los burdos grafitis, las jeringuillas y los orines de borracho, nadie osaba pisarla, había sido cagada por el culo más escatológico y pedorro de los suburbios.

La vio al bajarse del todoterreno. Se sintió fascinado. Había algo en aquella mierda que le resultaba familiar, no tenía la suficiente capacidad intelectual para precisar qué. Sería porque también él tenía cara de mierda blanda, con aquellos labios abultados y oscilantes, y aquellos ojos de un azul acuoso y sucio como los intestinos de un conejo destripado en medio de una carretera.

Se sentía contento, triunfante. La jueza había archivado la denuncia de su novia por haber violado la orden de alejamiento. Ella salió del juzgado llorando y él riendo. Así es la vida, un curioso contraste entre ganadores y perdedores. Él era de los ganadores, siempre lo había sido. Ya desde niño siempre conseguía lo que quería: bicicletas, juguetes, mascotas…Bastaba con una pataleta o una llantina para salirse con la suya.  No estaba acostumbrado a que lo contrariaran, era algo que no soportaba. Por eso cuando su novia decidió dejarlo, su primera reacción fue de estupor, pero enseguida decidió que aquella zorra le pertenecía, y nadie en el mundo podía arrebatarle sus pertenencias. Primero se puso de rodillas y lloró conmovedoramente, incluso hizo ademán de arrojarse en medio de la carretera para que lo atropellara un camión, no sirvió de nada. Entonces se vio obligado a recurrir a la violencia. La cogió de la cabeza y le puso un cuchillo en el cuello amenazándola con degollarla y arrojarla por el balcón.

Al final, a base de tretas y chantajes emocionales, consiguió que volviera con él. No cabía duda de que era buen actor.  La jueza también había actuado de puta madre. “Creo que le he gustado”, pensó al acabar su declaración. Lo trató muy bien, con comprensión y complicidad. Era una tía joven, no sería extraño que se hubiera enamorado de él. Todas las tías eran unas guarras. Si aquella golfa pensaba que iba a salirse con la suya lo llevaba claro. “Ahora es cuando te voy a hacer daño de verdad”, la había amenazado al salir de los juzgados, sin importarle el guardia que había a su lado. Realmente era un tío feo aquel guardia, con una oreja más grande que otra, tartamudo, bizco y  raquítico. Tuvo que contener la risa cuando al prestar declaración se encasquillo y empezó a apretar los labios haciendo fuerza como si estuviera estreñido. Qué gente más ridícula había por ahí suelta. Hoy en día cualquiera podía ser guardia civil, él conocía a muchos, del gimnasio, pero no eran como ese tirillas enclenque, eran tíos de verdad, con un par de cojones, como él. Que se jodan todos los enanos gilipollas medio hombres. Recordó aquella pelea contra diez tíos en la discoteca donde había trabajado de relaciones públicas. Se fueron calientes los notas.

Aquella zorra era suya, igual que su madre era la zorra de su padre y su abuela la zorra de su abuelo. Así deben ser las cosas. Je, je, je…¡Qué cara se le pondría a la zorra cuando descubriera que le había robado la cuenta de correo para anunciarla como una puta barata de esas que aparecen de oferta en la sección de relax de los periódicos: “Soy una golfa y me e hechado un nuevo novio que folla que no veas. Mi teléfono es….” Orden de alejamientos a él. ¿Con quién se creía que estaba jugando? La jueza sí que era una tía enrollá, a lo mejor acababa por follársela también. Y si la zorra no volvía al redil, habría que tomar medidas más serias, él era muy peligroso, y si había que cargársela pues a tomar por culo, una puta menos en la calle.

Se tanteó los bolsillos. Sacaría una pasta con toda aquella cocaína. Y encima Simona se lo haría por el morro. Son calientes de verdad estas putas rumanas. Simona era menor de edad, pero hacía todo cuanto él quería en la cama. Simona Garganta Profunda versus Paco Pérez Gutiérrez. Y qué tetas tenía la niña, eran perfectas, parecía una muñeca hinchable, una pequeña muñeca que se tragaba unos rabos más grandes que su cuerpo. El semen y la coca eran toda su vida. Era medio gitana, igual que él, una preciosa gitanilla de sangre ardiente. Pero no podía quitarse de la cabeza a la zorra de su novia. Imaginársela en la cama con otro hacía que la sangre le hirviera. Merecía un castigo severo, merecía la muerte. Ya tenía preparado el escondite, una caseta en ruinas bajo el puente de la carretera vieja, cerca de la gasolinera del polígono. Allí la ataría a una viga y haría todo cuanto quisiera con ella, la torturaría y después la mataría. La cortaría en pedazos y arrojaría los desperdicios a un basurero que había cerca. Una cabeza, un brazo, dos piernas…Todo esa puta mierda diseminada por ahí para que se la comieran las ratas. Llevaba pensándolo desde hacía tiempo y había llegado el momento de la venganza. A él nadie lo encerraba en el calabozo sin más. Aunque estuvo bien eso del calabozo. Los guardias se enrollaron, trajeron priva y todo, es que hay que tener amigos hasta en el infierno. Debía haberla matado cuando tuvo la oportunidad en Vigo, la siguió hasta allí, entró en el piso derribando la puerta de una patada y poniéndole el cuchillo en la garganta la llevó hasta la terraza de un sexto piso. Si no hubiera llegado toda aquella peña. Y es que con esta furcia no sirven las lágrimas ni las súplicas. Apuñalarla hasta romper la hoja del cuchillo. “Tú sabes, cari, que cuando me pongo soy muy peligroso” A tomar por culo, si el chantaje emocional deja de surtir efecto, siempre queda el recurso de la violencia.

De repente vio aparecer el coche de su suegro. Menuda mierda coche, tal pa cual. Lo vio apearse con la cara muy pálida. Vino hacia él. ¿Qué coño pretendía? A lo mejor tenía que pegarle también dos ostias al vejestorio ese, menudo subnormal, con ese aire de intelectual muerto de hambre, quién se creía que era porque leyera libros, un mierda sin cojones, no tenía ni media ostia, el mierda, je, je, je, menuda familia de don nadies, y ¿eso era un hombre?.

De repente el suegro se dio la vuelta y volvió al coche. Menudo cobarde, je, je, je, vuelve aquí hijoputa, que vas a llevar más ostias que la puta de tu hija.

Todo sucedió de manera vertiginosa y definitiva.

Inesperadamente el viejo volvió a apearse, palido y con los labios cubiertos por una especie de espuma seca. Traía en la mano una escopeta de caza. A unos dos metros de su víctima apretó el gatillo. El cuerpo cayó hacia atrás como un pelele. Se removió en el suelo con espasmos de muerte en medio de un charco de sangre.

Al viejo dejaron de temblarle las piernas. Se sintió vivo otra vez, seguro y decidido. Se acercó con calma al cuerpo abatido y apoyando los cañones de la paralela en la cabeza, aquella cabeza con blandura de mierda, efectuó un segundo disparo. Los escasos sexos se desparramaron por el suelo.

“No volverás a pegarle a mi hija, hijoputa. Hay que arrancar la mala hierba.” Balbuceó lapidariamente.

Se puso a llover. Las gotas de lluvia, en las hojas de los árboles, generaban un resplandor iridiscente bajo la luz de las farolas.

La vida continuaba, en alguna otra parte.

 

 

 

 

 

 

 

matarás

 

MATARÁS

A mi amiga Lady Macbech.

 

Ya veo la sangre goteando por tu refulgente hoja.

Es sangre sucia, culpable, sangre de almorrana,

sangre con los días contados.

Suave acero toledano, muéstrame el camino,

que la negra noche nos ampare,

que no queden huellas ni testigos,

que la destrucción de esa vida indigna

sea mi único pensamiento en adelante.

Nadie nos oye, estamos solos tú y yo,

ella ya se ha marchado

dejando su dulce calor de hembra en las sábanas.

Preparemos en calma la venganza

asegurando los detalles con precisión milimétrica.

Y si nuestro fúnebre edificio se derrumba,

levantaremos otro con mayor tenacidad

y la misma voluntad de odio y muerte.

Mientras tanto silencio,

y que todas las fuerzas del mal nos protejan y den suerte.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

UNA CABEZA, UN BRAZO Y DOS PIERNAS

 

Era una mierda descomunal, gigantesca y blanda, como si la hubiera cagado un dinosaurio con diarrea. Encima de ella, queriendo cubrirla infructuosamente, un ridículo trozo de papel de periódico en forma de corazón.

Se levantó un poco de viento que agitó el papel sin conseguir despegarlo de su amada mierda. Sin duda se trataba de una mierda muy posesiva, con aquel aspecto soberbio y

y aquel hedor amenazante, allí plantada en un sombrío callejón, amedrentando a las tímidas cagarrutas de los gorriones. Sin duda era la mierda más grande y ella lo sabía. Aquel era su territorio, nadie osaba pisarla, había sido cagada por el culo más escatológico y pedorro de toda la ciudad.

La vio al bajarse del coche. Se sintió fascinado. Había algo en aquella mierda que le resultaba familiar, no tenía la suficiente capacidad intelectual para precisar qué. Sería porque también él tenía cara de mierda blanda, con aquellos labios abultados y oscilantes, y aquellos ojos de un azul acuoso y sucio como los intestinos de un conejo destripado en medio de una carretera.

 

 

 

 

 

 

nunca nadie

 

 

 

Hace años que no he vuelto por allí.

Frías cenizas se amontonarán en la chimenea,

y los libros, viejos y polvorientos,

permanecerán cerrados en un extraño e inútil silencio.

Sobre la repisa, llaves olvidadas y fotos de amores muertos.

Algún juguete abandonado en el pasillo,

y una cama desangelada, sin calor de cuerpos,

sin amaneceres tras la ventana, sin latidos, sin sueños.

Un balón desinflado en el tejado

y en el jardín hojas secas que arrastrará el viento.

Ya nunca nadie volverá a abrirme aquella puerta

cuando el sol dore el camino de regreso.

 

 

 

de repente

 

 

De repente ocurrió.

Tú ojeabas, concentrada, la carta.

La luz fluorescente te daba de lleno en la cara.

Parecías un ángel.

Un ángel que se aparecía en mi vida llena de miserias y hastíos.

Corrieron hormigas por mi piel.

No pude escuchar lo que dijo la camarera, sonaba en otro idioma.

Era como si la pesadilla del mundo se desvaneciera alrededor de tu belleza,

como si hubiera encontrado algo que perdí hace tiempo entre las palabras.

Tuve una fugaz sensación de eternidad.

Después de aquel instante,

semejante a esos otros instantes inefables que tú y yo sabemos,

ya no importaba nada seguir muriendo.

 

 

 

cinco mil putas

 

 

 

 

CINCO MIL PUTAS

Recuerdo mi juventud de putero.

Recolectando putas con avaricia más que con lujuria,

como si el mundo se fuera a acabar de repente.

¡Cien, mil, cinco mil putas! ¡Duplex, tríos, cuartetos, orquestas enteras!

Buscando en ellas el sentido que no encontraba en Aristóteles ni en Marx.

Esperando de ellas el milagro del fin de mis miedos,

de mi locura, de mi maligna soledad.

Han pasado los años y, aunque creo que cada día soy más tonto,

tengo la sospecha de que la vida es un fraude,

de que pensar en ella es perder el tiempo.

Y sigo sin entender qué significa perderlo todo:

el vigor, la memoria, el yo, los sentidos, el amor propio…

Definitivamente, no entiendo nada.

 

 

 

Nada de nada, escritos de Eugenio López García

Feos, de mirada delincuente, con cara de culpables,

forman una gran familia de chillones primates

codo con codo en la barra del bar, comiendo las uvas,

travestidos en los carnavales, tirando petardos,

contaminando las playas, votando en las urnas, asesinos al volante.

Buenos reclutas que dieron en malos amantes,

avispados, despreciables, muertos vivaces, de pensamiento lento y risa fácil,

con una gran vida exterior, envidiosos, murmuradores, justicieros, brutales,

mayoría absoluta de mediocridad mancomunada,

infectando las calles, infectando los campos, infectando el aire,

multitudes de monóxido de carbono con forma contranatura y bípeda,

frenético fluir de alcantarilla hacia ninguna parte.

¿Y habrá más vida en otros planetas?

¿Será al menos vida inteligente?

¿Y aún me preguntas, niña, por qué cierro las ventanas?

Sabes mejor que la muerte más dulce.

Eres mejor que el suicidio, que la nada.

Eres vida después de la vida.

Eres cuerpo, fuego y alma.

Hueles mejor que el monóxido de carbono,

eres hermosa como un cadáver recién embalsamado,

cálida como el regazo de una tumba,

eterna como el polvo enamorado.

Eres mi experiencia de ultratumba, mi más allá,

la resurrección de la carne, eterna juventud, lujuria,

convulsiones de placer y de pecado.

                                                         

 

                                NADA DE NADA

                      

 

A ellas.

El amor es una cuestión entre mi corazón y yo.

 

“Nada. Nada de nada. Menos que nada. Castillos de arena que el mar se traga.”

 

 

                               

EL DÍA MENOS PENSADO

                                     

 

 

 

NAUSICA

Te enamoraste de un náufrago que trajo el mar y el mar se lo llevó.

Tú, la más bella de las muchachas.

Se te heló la alegría en tu nívea cara

y ya no cantas cuando lavas tus vestidos en el río.

Rechazaste a los jóvenes más ricos

por un viejo desnudo que te hechizó con palabras.

¿Qué harás ahora con el ajuar que desde niña bordabas?

Moviendo las manos como si fuesen retoños de palmera,

haces girar el huso

mientras la negra noche va cayendo tras la ventana.

 

 

 

 

 

Tu sangre me excita, me vivifica, me rejuvenece.

Eternamente estoy sediento de tu sangre.

A media noche abandono mi tumba

y escondido en los soportales acecho tu ventana.

Cuando te quedas dormida,

cuando la luna baña tu voluptuosa figura

y tu pelo cubre tu cuello desnudo y tu preciosa cara,

penetro en tu habitación en forma de bruma siniestra

para chuparte la sangre con lujuria.

Tengo cientos de frascos llenos de tu sangre brillante y viva,

tu sangre fresca y cálida que mana de tu joven corazón.

Estás pálida, con profundas ojeras,

y sientes que ya no eres dueña de tu voluntad.

Y a este extraño caso de vampirismo,

tú lo sigues llamando amor.

 

 

 

 

 

ADOLESCENCIA

 

La niña estaba en el recreo comiendo un bocadillo de mortadela. Le habían quedado cuatro asignaturas. Su cabeza bullía: el chico que le gustaba, su móvil nuevo, su sensibilidad a flor de piel, amigas hasta la muerte… Ya no era aquella niña despreocupada que jugaba en el parque bajo la sombra protectora de sus padres. Aunque creía saberlo todo, en realidad no entendía nada: las cosas ocurrían tan de repente… La vida se abría ante ella como la chistera de un mago: todo eran explosiones de color y promesas transcendentes.

En un edificio en construcción, unos obreros iban y venían transportando carretillas de masa. Para ellos la vida era un reloj obtuso y gris que avanzaba perezosamente.

Sonó la sirena y la niña volvió a clase. No le importaba nada la fórmula del antimonio o la obra literaria de un tal Quevedo. Así cómo iba a aprobar, le regañaba su tutor tras sus gafas de aumento.

Por el cielo se aproximaban premonitorias nubes negras. Y por encima del cielo tal vez hubiera un Dios que explicara el significado de todas las cosas, o, quién sabe, tal vez sea verdad lo que piensan esos nuevos sofistas, y no haya nada de nada.

 

 

 

 

 

 

Piedras amontonadas de la Alcarria.

Las mismas piedras rancias y mohosas de mi juventud.

Recuerdo aquella tarde lejana al abrigo de estos viejos muros.

Han pasado treinta años y en el fondo todo sigue siendo lo mismo:

las mismas tumbas inmutables,

el mismo frío gris,

la misma mordiente lujuria,

la misma herida,

la misma lucha desigual y estéril.

Mientras soñaba con tus besos rotundos, carnosos y cálidos,

el tren entraba en la estación con su olor a domingo y tristeza.

Y con una estela de hollín que el viento iba borrando,

se alejaba por caminos sinuosos y polvorientos,

dejando atrás las piedras,

dejando atrás las tumbas,

dejando atrás los sueños,

dejando atrás los años.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ENCARNACIÓN

 

Ven, desnúdate y da vida a mis palabras.

Llevas en tu vientre tantos versos míos.

Que tus desmayados orgasmos se impriman en papel cuché.

Que la cuatricomía de tu mirada acompañe voluptuosamente al título.

Que tu hermosa carne, que tu piel joven y cálida recubran la médula de cada letra.

Que tu sexo tierno rezume exclamaciones y verbos prohibidos.

Que tu olor de hembra íntima se despierte al pasar las páginas.

Que tu inocencia insinuante multiplique por mil mis cinco sentidos.

Que tus pechos llenos amamanten mis ideas famélicas.

Que tu enamorada entrega convierta en mayúsculas los tímidos puntos suspensivos.

Que una palabra que por tu belleza nace valga más que mil imágenes.

Que tus labios rojos enciendan de lujuria cada punto y seguido.

Que tu sonrosada lascivia ilustre mi metafísica estupidez.

Que en tu nombre se condensen los secretos transgresores que no te escribo.

 

 

 

 

 

                                                   ENTRE MUJERES

 

-Mira, esa es la fea,- comentó la puta de la barra a un individuo pelirrojo lleno de tic que le tocaba el culo.

La fea retó a la puta con mirada asesina cuando pasó a su lado de camino al escenario.

-         No comprendo como pueden hacer eso dos mujeres, – continuó la puta de la barra, que tenía unos grandes ojos verdes, dirigiéndose al pelirrojo- es morboso, mira se me ponen los pelos de punta, necesito mirar como lo hacen, es verdad, no puedo evitarlo, pero me da un asco…-

Delante de la fea caminaba, frágil y femenina, una guapa jovencita de largo cabello oscuro u brillante, cara de niña y un cuerpazo voluptuoso de piel muy blanca.

Ya en el escenario, la guapa, que iba disfrazada de puta de los años veinte, se apoyó en una farola de cartón piedra, mientras la fea se le acercaba por detrás disfrazada de ganster, con sombrero y metralleta. De repente se abrió la gabardina para descubrir un gran pene de goma que llevaba atado a la cintura. Cogiendo con brusquedad a la guapa de la cara, la obligó a arrodillarse para, sin preámbulos, proceder a una felación salvaje.

La guapa, con sus labios rojos y carnosos, se dejaba penetrar hasta la garganta, bajo la mirada sádica de la fea, que la insultaba sobándole las tetas y arrancándole la ropa hasta dejarla sólo con los ligueros y las medias negras.

La guapa tenía una mirada tierna, los ojos muy grandes y la nariz muy pequeña. Se puso a cuatro patas y se deslizó por el escenario con movimientos felinos, mostrando un culo soberbio por el que asomaba un coño rasurado y entreabierto. Sus tetas poseían la firmeza de la juventud. Entonces la fea la tomó por detrás, y azotándola sonoramente en las nalgas, la penetró animalmente mientras la guapa se dejaba hacer rendida, componiendo un gesto de dolor en su carita virginal.

Entre volutas de humo y destellos de neón, se adivinaban las calvas de los espectadores que, con sus bebidas garrafonas en la mano dándoles una aparente seguridad, contemplaban el espectáculo con reprimida excitación, mientras las putas aprovechaban el momento para asaltarlos desprevenidos ofreciéndoles sus servicios.

-         ¿Vamos a follar?-

El individuo de los tics parecía estar sacudido por descargas eléctricas, viendo cómo la fea sodomizaba a la guapa, que echaba el pelo hacia atrás con un gesto inefable de absoluta voluptuosidad.

Cuando acabó el espectáculo, se oyeron algunos tímidos aplausos y el murmullo de bar recuperó su volumen estridente. Las artistas abandonaron el escenario, recogiendo de paso las prendas desparramadas por el suelo.

Entre bastidores se pudo ver todavía un trozo del culo trémulo y orondo de la guapa, que andaba buscando sus zapatillas.

El escenario quedó vacío, era el vacío que sigue al sexo como su sombra, aunque en el aire permaneció una electrizante estela de lujuria y tristeza.

La puta de la barra bebió de su copa de agua con una pajita.

Era un martes de diciembre de 1999.

La noche continuó, como siempre, como la vida, hacia ninguna parte. El sexo seguía siendo un juego, a veces peligroso, y el amor un misterio desentrañable.

-         ¿Me invitas a una copita?-

 

 

 

 

 

Arraigado en tu cuerpo.

Como un árbol alto y fuerte.

Hundiendo mis raíces en tu carne fértil,

bebiendo de tu médula,

mamando de la luna de tus pechos.

Arraigado en tu carne abierta y entregada,

profundamente arada, sembrada,

en tu hermosa juventud,

en tu amor ilógico,

en tu humedad vivificante.

Enterrado hasta la cintura en tu carne jadeante,

frutal, mundana, desmayada,

en tu herida iluminada,

en un amor intemporal.

Arraigado, enterrado hasta el futuro

en tu carne llena de alma,

en tu lascivia enamorada,

en tu cópula virginal.

Arraigado para siempre en el hervor de tu sangre,

la eternidad en cada instante

que estoy dentro de tu amor.

 

 

 

 

 

 

 

 

LA SIRENA

Algunas veces, cuando entras por la puerta

como un golpe de belleza sobre la ruina del mundo,

no sé si eres la vida o la muerte,

no sé si abrazarte o salir corriendo,

es como si todos los colores se apagaran bajo tu luz,

como si en las cuatro dimensiones del universo sólo existieras tú.

Han pasado ya seis años y,

aunque en cientos de posturas has sido mía,

cerca de ti siento el mismo miedo que el primer día.

¡Eres tan absolutamente hermosa!

Hay en tus ojos un secreto canto de sirena

que quiere matarme de vida.

 

 

 

                  LOS VENCIDOS

Traicionados, melancólicos, silenciosos,

aferrados durante años al último suspiro,

permanecen alineados en la antesala de la muerte.

Arruinados los cuerpos, heridas las mentes.

Solos, indefensos, olvidados, despojos insepultos y dolientes.

Una guapa jovencita con un voluptuoso trasero

atraviesa la sala repartiendo pastillas

como un rayo de sol que atraviesa una cripta.

“Con lo que yo he sido…”

Piensa una vieja con los pelos de punta y los ojos caídos,

mientras su mano trémula derrama el puré sobre su barbilla.

Tras la ventana otra desolada navidad brilla.

¿Por qué tenéis tanto miedo a la muerte, penosas sombras de difuntos,

si es mucho más cruel la vida?.

 

 

 

 

 

 

LA BESTIA

 

“La gente tiene diferentes olores corporales, fuman, llevan colonia, visten ropas estridentes, comen mal, son maleducados, antipáticos e indisciplinados.”

 

-         Son tres luminarias dentro de una rejilla- explicó el electricista, garabateando con mano trémula un papel sobre el mostrador- que consumen muy poco y dan mucha luz, esta luz que hay ahora está muerta, sirve para decoración, para una parte muy concreta de la tienda, pero el resto lo deja en penumbra-

El tendero compuso un rictus pensativo y, tras un impás, dijo:

-         Bueno, Aniceto, hazme un presupuesto a ver por cuanto me saldría la broma, pero si puede ser que sea sin iva-

El electricista pareció sentirse incómodo:

-         Es que mi empresa sólo trabaja con iva, usted lo sabe, siempre hay que hacer factura-

-         Bueno, pues aunque sea la mitad sin iva y la mitad con iva-

-         Yo hablaré con mi jefe, pero no sé, señor Leandro- Accedió el electricista con voz tímida, acariciándose una insinuación de barba sobre su piel enfermiza.

Era viernes. Anochecía. Su jornada laboral había acabado. Le gustaba esa hora al final del día cuando regresaba cansado y los faros del coche iban mordiendo el asfalto de vuelta al hogar. Aunque siempre se lo amargaba algún animal que se pegaba por detrás, deslumbrándolo con potentes luces tuneadas.

Tenía un trabajo duro, frío, alienante, que no arrojaba luz sobre su vida solitaria, bueno, no el tipo de luz que él necesitaba, porque es cierto que muchas noches soñaba con lámparas alucinantes que alumbraban largos puentes sobre ríos de luciérnagas. ¿Qué significaban aquellos sueños? Aunque era un hombre normal, de mediana edad, de clase media, a veces pensaba que tenía algún gen recóndito de locura, heredado de su madre, tal vez.

Había entrado en Electrolux hacía ya veinte años por contentar a su madre, pero nunca le había gustado su trabajo, aunque era un empleado modélico. Todo el día cableando, firmando dictámenes, instalando alógenos… A él lo que más le gustaba en la vida era resetear televisores, esa era su verdadera vocación, no en vano había estudiado esa rama de formación profesional, con vistas a ser un gran técnico en el futuro. El futuro…¿Dónde estaba ahora su futuro?. Tenía la sensación de que su futuro ya había pasado. Pero bueno, él era una persona normal, pacífica, amable, un poco tacaña, extraña tal vez,  filosóficamente prudente, insatisfecha, con sus pequeñas debilidades…

 

 

 

 

Llegó a su casa en las afueras del pueblo, donde no llegaban las estridentes luces de la maldita navidad. Con el mando a distancia abrió la puerta del garaje e introdujo el coche. Una vez dentro cambió la alarma a la posición de noche y, desconfiado, observó por la ventana los alrededores. Los perros ladraban fuera.

Se quitó los zapatos y se puso las zapatillas. Entró en el salón y encendió la chimenea. Sobre la repisa había un gran cuadro de su madre con una expresión triste, un poco fingida.

Junto a los fuelles y el atizador, había un hierro similar a los que usan en las ganaderías para marcar las reses. El hierro acababa en una especie de A toscamente labrada a mano. Puso el hierro al fuego y volvió al garaje.

Descendió por unas angostas escaleras hasta un oscuro sótano, al fondo del cual, accionando un mecanismo oculto en una falsa pared, accedió a un pasillo que acababa en una puerta blindada como las de las cámaras acorazadas de los bancos. Bajo la luz mortecina de una lámpara de emergencia,  con mano temblorosa introdujo los números de la clave secreta en el panel electrónico y a continuación abrió la pesada puerta.

-         ¿Has rezado hoy?-

La muchacha, que, sentada en su escritorio de cara a la pared, estaba leyendo un libro titulado “La quinta mujer”, se giró cuando su secuestrador le habló. Tenía un rostro precioso de facciones aniñadas que emanaban una sonrosada voluptuosidad.

-         Estas navidades tampoco me has llevado a ver la nieve, - se quejó con pucheros infantiles- me lo prometiste, nunca cumples tus promesas, eres malo, sólo me quieres para hacerme guarrerías sádicas, casi nunca duermes ya conmigo, ya ni siquiera celebramos la nochevieja juntos, dijiste que me presentarías a tus amigos y a tu madre -

El secuestrador la contempló con arrobamiento.

-         Te has convertido en una chica muy guapa- Dijo con voz espesa.

Hacía ya ocho años que la había secuestrado. Era una niña de diez años que se dirigía al colegio, cuando una furgoneta blanca se detuvo a su lado y una mano que era como una garra la introdujo dentro violentamente. No sabía la niña que estaba siendo acechada desde hacía mucho tiempo, que tarde o temprano caería en las garras de su obsesivo verdugo, nada en el mundo podría haberlo evitado.

Al carcelero le había costado mucho domesticarla. Desde el principio le inculcó una severa disciplina obligándola a llamarlo mi amo y señor. Se sucedían los castigos corporales y los abusos sexuales, hasta que la niña aprendió a base de palos y sangre, y fue acostumbrándose al infierno de su cautiverio y, para sobrevivir, acabó sometiéndose mansamente, incluso a veces salía de ella pedirle relaciones, mientras en su imaginación llena de odio lo decapitaba con un hacha cuando lo tenía encima mancillándola brutalmente.

Con el tiempo empezó a tratarla mejor, aunque los golpes, las violaciones y los moratones no cesaron. A veces la llevaba en volandas, colmándola de regalos y atenciones, y otras veces la pisoteaba como a una sucia cucaracha. Así se sentía ella, sin ninguna autoestima. Era la puta de su amo. No había conocido más infancia ni adolescencia. A él le gustaba grabarla en video doméstico cuando la poseía en las posturas más obscenas que le inspiraban las obras del marqués de Sade, su autor favorito junto a santa Teresa. Después guardaba las cintas en la caja de seguridad de un banco. Tenía cientos de cintas, tal vez miles.

Ella al principio rezaba voluntariamente, pero como veía que el malvado también rezaba, tal vez para apaciguar su mala conciencia, decidió que aquello no podía ser y dejó de rezar. En cuanto al sexo, la niña fue objeto de abusos sexuales voluntarios.

-         Me perteneces para siempre, Justine (la llamaba como a la protagonista de Los Infortunios de la Virtud), tu educación ha acabado y ha llegado la hora de marcarte para que nunca olvides de quien eres-

Ella sabía a lo que se refería. Se lo había augurado muchas veces. La marcaría con la inicial de su nombre como a una res, para que, si se le ocurría escapar, todo el mundo supiera a quien pertenecía. Aunque ella nunca se había atrevido a escapar. No podía arriesgarse.  La amenazaba con que mataría a todo aquel que la ayudara a huir, a todo aquel que se le ocurriera entrar en contacto con ella. Para ella no existía más realidad que aquel zulo claustrofóbico donde se sucedían las escenas libertinas y los largos viajes de su imaginación. Aquel zulo sin ventanas era su habitación, su mundo. Él le decía una y otra vez que fuera, en la vida real, únicamente había maldad y peligros, así que ella tenía miedo a salir a un mundo que desconocía por completo.

El secuestrador se le acercó y le quitó el libro de las manos.

-         ¡Desnúdate!-

Esa noche estaba especialmente excitado y violento.

Ella, obediente, se sentó en el borde de la cama y comenzó a quitarse la ropa. Su cuerpo era pleno, rotundo, firme, de mujer voluptuosa. Él la acarició lujuriosamente,  contemplándola acomplejado. Dos lágrimas temblaban en los grandes ojos de la niña.

-         Enseguida vuelvo- Dijo el torturador con voz enigmática.

Pero entonces cometió un grave error que podía costarle la vida: Se dejó abierta la puerta de la celda. En ocho años era la primera vez que tenía un descuido así, tarde o temprano tenía que pasar.

La chica sintió pánico, pánico ante la oportunidad que se le presentaba, pánico a la libertad. Se sentía como un pájaro que no puede volar fuera de su jaula, como una gallina ponedora que sólo puede sobrevivir poniendo huevos en su rincón. Las piernas le temblaban y no le respondían. Estaba paralizada. Escuchaba cómo su maltratador se alejaba subiendo las escaleras que llevaban al garaje. Pronto regresaría para marcarla como a una esclava, tenía que reaccionar, el tiempo se le acababa. En lo más íntimo de su condición de mujer humillada, encontró por fin una pequeña fuerza que accionó sus nervios para que se moviera rápidamente. Volvió a ponerse precipitadamente su falda de tablas y su blusa blanca sin abotonar, y corrió hacia su libertad con una húmeda angustia en el epicentro de sus entrañas, la angustia del peligro, del miedo a que la sorprendiera y la matara por intentar escapar.

No sabía a donde conducían aquellas escaleras. Ya en el garaje, tropezó fatídicamente con una caja de herramientas que había en el suelo, y entonces oyó los pasos de la bestia que se acercaron  corriendo al oír el ruido. Estaba perdida. Todo había acabado. Pero en medio de su desesperación vio aquel pequeño ventanuco que daba a una noche estrellada, y subiéndose en el capó del coche logró abrir el pasador y deslizarse fuera, justo cuando la mano de su secuestrador llegaba ya a rozarle las nalgas. Las alarmas de la casa comenzaron a sonar estrepitosamente.

Corrió y corrió saltando vallas y esquivando arbustos. Vio unas luces en una casa próxima y se dirigió hacia allí. Cuando iba a llamar, oyó el rugido frenético de un coche que empezó a dar vueltas por la manzana, chirriando los neumáticos contra el asfalto y subiéndose a los bordillos. Era él que la buscaba para matarla. Instintivamente se agachó en postura fetal, escondiéndose tras un cubo de basura.

Aquellos minutos le parecieron eternos, hasta que al fin el rugido del coche se alejó calle abajo. Estaba salvada. Comenzó a llorar convulsivamente. De la casa salió una mujer y, con pasos temerosos, se acercó hacia donde ella estaba escondida, asustada como un perro apaleado.

-         Por favor, llame a la policía- Suplicó la niña con voz entrecortada y balbuciente.

 

 

 

 

 

El tímido electricista se había metamorfoseado en una bestia. Con rostro desencajado escrutaba desde el coche en esquinas y callejones buscando su presa. Era suya, le pertenecía, no podía concebir que nadie más en este sucio mundo tocara a aquella criatura limpia y virginal que él había creado, educado y moldeado. Le pertenecía su cuerpo, su alma, su vida, su muerte, su olor, su forma de dejarse amar, de dejarse torturar, azotar en el culo, su dulzura, sus enfados infantiles, sus barbis, su libido de mujer, sus manos, sus pechos, su sexo tierno, su boca, sus ojos…, hacer todo juntos: cocinar, ver la televisión, limpiar, leer…¡No podía soportarlo! ¿Quién era el cautivo de quién? ¡Putas mujeres! La mataría y después se mataría él. Y en el mundo de los muertos seguiría siendo suya como lo había sido en el de los vivos. ¡¡¡Noooooooooo…!!!

¿Pero dónde se había metido la perra? Las calles del vecindario estaban desiertas, con las luces de navidad colgando absurdamente de los árboles. Dentro de sus casas, la gente corriente reiría viendo una película cómica, ajenos a la tragedia que él estaba sufriendo en aquel instante. Era una pesadilla horrible. Se sentía amputado, como si le hubieran arrancado un miembro de cuajo, sentía la boca seca y el pecho le ardía. De repente vio las luces de la policía y supo que estaba perdido.

-         No me van a pillar nunca vivo, me mataré antes-

De repente se tranquilizó, asumiendo su destino.

Aparcó el coche en un centro comercial cerca de la estación y con pasos de autómata se dirigió hacia las vías del tren

Se acercaba un tren de cercanías. Se quitó el reloj y apoyó la cabeza en un raíl. Estaba muy frío. Su Justine, su niña…, la quería, la amaba con locura, fue su último pensamiento, su único pensamiento, ni siquiera su madre, recluida en aquel lúgubre asilo, le importaba ya. Justine…

 

 

 

 

Cuando, en la comisaría,  la niña se enteró de que su carcelero había muerto, lloró con mucho sentimiento, al fin y al cabo, para bien o para mal él había sido toda su vida. Sus padres eran ya sólo un recuerdo lejano, vacío de realidad.

-         No había necesidad, yo lo quería- Llegó a confesar a un policía que disimuladamente se hurgaba la nariz.

 Pero después de llorar, sólo quedó el odio.

 

“Siempre le decía que no me hacía caso, cuando estaba enferma no se preocupaba por mí…Echo de menos mi habitación… La gente me asusta…Siento que no hay ninguna luz sobre mi vida…Me gustaría ser actriz”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

MIEDO nuestro que estás en el miedo.

Santificado sea tu miedo.

Venga a nuestro miedo más miedo

y hágase tu miedo

así en el miedo como en el miedo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 ELLOS

 

Estaban nerviosos. Conducían más deprisa que de costumbre e iban de un lado a otro sin ningún propósito concreto como si el mundo se les fuera a acabar.

Se habían pasado horas y horas guardando cola para comprar los petardos, las uvas, el cordero, la lombarda, los mariscos…

Ya faltaba poco. Después de haber esperado tanto, las manecillas del reloj se movían en los últimos instantes con sádica lentitud.

En la televisión, una presentadora con un escotado vestido rojo y un presentador con ademanes afeminados, hablaban con docta erudición de los mecanismos del reloj para discernir las horas de los cuartos.

¡Y por fin sucedió el milagro! Solemnes campanadas que parecían reverberar en la bóveda de la noche fría y estrellada. Una, dos, tres…¡doce! De repente estallaron miles de ruidosos cohetes y rosetones pirotécnicos invadieron el cielo. Se prodigaron los abrazos, los besos, los brindis, los cánticos, las felicitaciones, las carcajadas intempestivas. Era como si todo el año se consagrara en aquel trascendental momento. Estaban todos juntos, cordialmente unidos, nada ni nadie podía amargarles aquella fiesta durante tanto tiempo esperada. Las multitudes llenaban la plaza. No había lugar para nosotros los agrios de espíritu, los resentidos, los misántropos.

Cerca de allí, donde acababan las alegres luces navideñas, se levantaba un decimonónico edificio sobre cuya fachada podía leerse un extraño cartel:

“HERMANAS DE LA CARIDAD. INTERNADO PARA NIÑOS DE CERO A SEIS AÑOS”

Enardecidos gritos de victoria se multiplicaban por las calles: otro año nuevo había sido conquistado. Pero no sé porqué, tuve la sensación de que, a pesar de la alegría, de la valentía de la alegría, del heroísmo de la alegría confiada y desinhibida que raya en la estupidez, el dolor, ese viejo, encallecido y silente dolor, tampoco esta vez había sido vencido.

 

 

 

 

¿Qué ha pasado con el tiempo?

Hace un momento estaba aquí.

Me quedan tantas cosas por hacer,

tantos pecados que esconder,

tantas promesas por cumplir…

Siento que mi tiempo es prestado,

que en el árbol de la vida ya apenas quedan hojas,

que la noche se cierra en esta parte del mundo,

que todos los colores que abarcaban mis ojos

se han apagado en un gris cada vez más negro.

Los actores se han ido marchando

y el escenario desapareciendo.

No sé que ha pasado.

De repente estaba vivo entre tus brazos.

Y de repente estoy aquí, solo y muerto.

 

 

 

 

NOCHE DE REYES DEL 2007

 

Es mi pequeña.

Ha crecido mucho y ahora es más alta que yo,

pero sigue siendo mi pequeña.

Con sus andares largos y lentos,

con su preocupante delgadez,

con su pelo lacio, con su confusa cabeza,

con su expresión adormecida.

Es vulnerable como un polluelo en medio de una autopista.

Va descubriendo los misterios del amor y de la guerra

con su alma blanca y desprevenida.

La vida, frenética y brutal,

hiriéndola le pasará por encima.

El Universo se expande alejando a mis seres queridos,

y yo no puedo hacer nada

para cambiar las leyes de la Física.

 

 

 

 

EL VIAJE DE UNA CHINA EN UN ZAPATO.

 

 

 

 

Recuerdo aquella noche hace ya tantos años,

pobre, perdido, desesperado.

Iba a buscar una medicina para mi hija.

Las calles desiertas, duras, frías y extrañas.

Acechando en los umbrales

figuras siniestras con rostros culpables.

Estaba tocando el fondo de la pobreza y la desesperación.

El tiempo ha pasado, y después de tantos años,

siento a veces que, sin saber cómo,

he desentrañado el secreto de todas las cosas,

que al final del dolor encuentro sentido en el placer de tu cuerpo.

Aunque sé que la pobreza y la desesperación

pueden volver en cualquier instante,

quiero seguir respirando en tu piel joven

antes de despertarme.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PORNOGRAFÍA

 

Cuanto más conozco a los hombres, más quiero tu sexo.

 

Niña mía que estás en el cielo de mis fantasías.

Profanado, una vez más, sea tu precioso cuerpo.

Venga a mí tu reino de juventud y placer

y realícense tus obscenas posturas

tanto en público como en secreto.

Nuestra pornografía de cada noche dámela también hoy,

endulzada con pecados, fetiches y felaciones.

Y perdona mis excesos entre tus pechos

igual que yo perdono tus pudores.

Déjame caer en la tentación de la sodomía,

y líbrame del casto pensamiento,

ahora y en la hora de nuestra cópula. Amen.

 

 

 

 

 

DÍA DE LA MADRE

No tuvo una vida fácil. Quizás ninguna vida sea fácil.

Después de haber sido joven y bella,

después de largos trabajos y días, sin diversiones, sin pecados concebidos,

se convirtió en una vieja nómada que iba para arriba y para abajo

arrastrando los pies sin encontrar su sitio.

Con todas sus pertenencias dentro de un carrito de la compra.

Y un radiocaset pasado de moda en el que escuchaba a Juanito Valderrama

mientras limpiaba la mierda de sus hijos.

Un buen día no pudo más y se rompió del todo,

y expulsada del mundo de los vivos fue recluida en un alegre asilo para terminales

donde las sombras inanes del Hades se alineaban en silencio.

Allí debe estar todavía, a oscuras, con los ojos enrojecidos, oliendo a muerte,

oyendo el lento goteo del tiempo en la clépsida de la soledad.

Tras la ventana un paisaje de hierros retorcidos

y repletos contenedores de basura donde se zambullen los gatos.

Y en la tele estúpidos personajes que cantan, gritan, ponen gestos grotescos  

o hablan persuasivos de justicia y filantropía.

En fin, una puta mentira, como todos en el fondo sabemos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Feos, de mirada delincuente, con cara de culpables,

forman una gran familia de chillones primates

codo con codo en la barra del bar, comiendo las uvas,

travestidos en los carnavales, tirando petardos,

contaminando las playas, votando en las urnas, asesinos al volante.

Buenos reclutas que dieron en malos amantes,

avispados, despreciables, muertos vivaces, de pensamiento lento y risa fácil,

con una gran vida exterior, envidiosos, murmuradores, justicieros, brutales,

mayoría absoluta de mediocridad mancomunada,

infectando las calles, infectando los campos, infectando el aire,

multitudes de monóxido de carbono con forma contranatura y bípeda,

frenético fluir de alcantarilla hacia ninguna parte.

¿Y habrá más vida en otros planetas?

¿Será al menos vida inteligente?

¿Y aún me preguntas, niña, por qué cierro las ventanas?

 

 

 

 

 

 

Sabes mejor que la muerte más dulce.

Eres mejor que el suicidio, que la nada.

Eres vida después de la vida.

Eres cuerpo, fuego y alma.

Hueles mejor que el monóxido de carbono,

eres hermosa como un cadáver recién embalsamado,

cálida como el regazo de una tumba,

eterna como el polvo enamorado.

Eres mi experiencia de ultratumba, mi más allá,

la resurrección de la carne, eterna juventud, lujuria,

convulsiones de placer y de pecado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CINCO MIL PUTAS

Recuerdo mi juventud de putero.

Recolectando putas con avaricia más que con lujuria,

como si el mundo se fuera a acabar de repente.

¡Cien, mil, cinco mil putas! ¡Duplex, tríos, cuartetos, orquestas enteras!

Buscando en ellas el sentido que no encontraba en Aristóteles ni en Marx.

Esperando de ellas el milagro del fin de mis miedos,

de mi locura, de mi maligna soledad.

Han pasado los años y, aunque creo que cada día soy más tonto,

tengo la sospecha de que la vida es un fraude,

de que pensar en ella es perder el tiempo.

Y sigo sin entender qué significa perderlo todo:

el vigor, la memoria, el yo, los sentidos, el amor propio…

Definitivamente, no entiendo nada.

 

 

 

 

 

 

De repente ocurrió.

Tú ojeabas, concentrada, la carta.

La luz fluorescente te daba de lleno en la cara.

Parecías un ángel.

Un ángel que se aparecía en mi vida llena de miserias y hastíos.

Corrieron hormigas por mi piel.

No pude escuchar lo que dijo la camarera, sonaba en otro idioma.

Era como si la pesadilla del mundo se desvaneciera alrededor de tu belleza,

como si hubiera encontrado algo que perdí hace tiempo entre las palabras.

Tuve una fugaz sensación de eternidad.

Después de aquel instante,

semejante a esos otros instantes inefables que tú y yo sabemos,

ya no importaba nada seguir muriendo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Santo desprecio

 

 

Feos, de mirada delincuente, con cara de culpables,

forman una gran familia de chillones primates

codo con codo en la barra del bar, comiendo las uvas,

travestidos en los carnavales, tirando petardos,

contaminando las playas, votando en las urnas, asesinos al volante.

Buenos reclutas que dieron en malos amantes,

avispados, despreciables, muertos vivaces, de pensamiento lento y risa fácil,

con una gran vida exterior, envidiosos, murmuradores, justicieros, brutales,

mayoría absoluta de mediocridad mancomunada,

infectando las calles, infectando los campos, infectando el aire,

multitudes de dióxido de carbono con forma contranatura y bípeda,

frenético fluir de alcantarilla hacia ninguna parte.

¿Y habrá más vida en otros planetas?

¿Será al menos vida inteligente?

¿Y aún me preguntas, niña, por qué cierro las ventanas?

 

 

 

día de la madre

 

 

DÍA DE LA MADRE

No tuvo una vida fácil. Quizás ninguna vida sea fácil.

Después de haber sido joven y bella,

después de largos trabajos y días, sin diversiones, sin pecados concebidos,

se convirtió en una vieja nómada que iba para arriba y para abajo

arrastrando los pies sin encontrar su sitio.

Con todas sus pertenencias dentro de un carrito de la compra.

Y un radiocaset pasado de moda en el que escuchaba a Juanito Valderrama

mientras limpiaba la mierda de sus hijos.

Un buen día no pudo más y se rompió del todo,

y expulsada del mundo de los vivos fue recluida en un alegre asilo para terminales

donde las sombras inanes del Hades se alineaban en silencio.

Allí debe estar todavía, a oscuras, con los ojos enrojecidos, oliendo a muerte,

oyendo el lento goteo del tiempo en la clépsida de la soledad.

Tras la ventana un paisaje de hierros retorcidos

y repletos contenedores de basura donde se zambullen los gatos.

Y en la tele estúpidos personajes que cantan, gritan, ponen gestos grotescos  

o hablan persuasivos de justicia y filantropía.

En fin, una puta mentira, como todos en el fondo sabemos.

 

 

 

 

 

Nada de nada, escritos de Eugenio López García

 

 

 

PORNOGRAFÍA

 

Cuanto más conozco a los hombres, más quiero tu sexo.

 

Niña mía que estás en el cielo de mis fantasías.

Profanado, una vez más, sea tu precioso cuerpo.

Venga a mí tu reino de juventud y placer

y realícense tus obscenas posturas

tanto en público como en secreto.

Nuestra pornografía de cada noche dámela también hoy,

endulzada con pecados, fetiches y felaciones.

Y perdona mis excesos entre tus pechos

igual que yo perdono tus pudores.

Déjame caer en la tentación de la sodomía,

y líbrame del casto pensamiento,

ahora y en la hora de nuestra cópula. Amen.