quién soy yo

Y LAS TINIEBLAS OCUPARON TODOS LOS CAMINOS

 

 

¿QUIÉN SOY YO?

 

-         ¡¡¡Señorita, ¿qui qui quién soy yo? – gritaba la vieja, inquieta en su silla de ruedas, un infierno en su mente, el pelo de estropajo que se apartaba con ridícula coquetería con los sarmientos de su mano izquierda, orejas canceradas, restos arqueológicos de belleza muerta- ¿qui qui quién soy yo, señorita? ¿qui quién soy yo? ¡¡¡señorita, señorita, quién soy yo, pero quién soy yo?-

Por la carretera pasaban los coches. Un caluroso mediodía de Julio. El asfalto hervía, el sol tremulaba sobre la chapa incandescente de los camiones que, al subir la cuesta, vomitaban nubes de humo negro a un cielo descolorido.

-         Pero ¿quién soy yo, señorita? ¿qui quién soy yo?, ¡¡¡señorita, señorita, qui qui qui quién soy yo?-

Más allá del río, en el barranco al otro lado de las urbanizaciones ilegales, sentada en su desconchado sillón de escay, cubierta con un grueso manto atigrado, bajo el sol de justicia, la puta toxicómana parecía una reina arruinada, una reina de esperpento, se decía que en otro tiempo había sido una artista famosa, que la fama la destruyó, ahora su vida transcurría entre su trono de plástico y el puente bajo el que, entre verdes moscones y mierdas resecas, hacía sus felaciones a jubilados y taxistas.

-         ¡¡¡Señorita, señorita, pero qui quién soy yo???!!!-

El calor confería una pátina de tristeza a todas las cosas, como si ya no hubiera un mañana. Los árboles cubiertos de polvo, los cauces agrietados, secos, los campos yermos, angustiosamente sedientos.

Una hormiga, que había sido aplastada por la suela de una gorda auxiliar con gafas de aumento, se arrastraba por el pasillo con dos patas y medio cuerpo, una lucha cruel, heroica, inútil, por la supervivencia. En la televisión una niña con tirabuzones besaba la mano a un cura.

-         ¡¡¡qui qui quién soy yo??- Sollozaba la vieja, desesperada, perdida en la bruma del olvido- ¿no soy nadie?

 

 

 

sal demonio

 

 

 

 

Calle Sviérnica, hace casi treinta años.

Un parque nevado.

El puente sobre las vías por donde al caer la noche se alejaban los trenes.

Yo era un muchacho perdido, enfermo, huérfano,

con heridas de amor que el tiempo ha ido cerrando, tal vez en falso.

Ya nada queda de aquel Moscú de plazas dormidas,

de pasos en la nieve, de íntimos rincones.

Me pregunto si esta nueva herida que ahora me abrasa,

habrá dejado de sangrar

dentro de otros treinta años.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

SU PRIMERA JUVENTUD

 

Supongo que me había vuelto loco del todo, porque después de muchos años de sueños hechos realidad, había decidido dejarla, aún no sé porqué. No sabía cómo decírselo. Esperé a que volviera del baño.

Pero cuando entró en la habitación, hermosísima, jovencísima, resplandeciente, con medias negras sobre sus torneados muslos, ligueros y un vaporoso tul bajo el que se adivinaba una ondulante y henchida figura de mujer, un cuerpo voluptuoso y blanquísimo, las palabras no me salieron.

Se puso de rodillas en la cama. Le acaricié el triángulo perfecto del sexo, estaba húmedo, empapado, como una fruta jugosa abierta por la mitad. Se incorporó, con todo ese largo cabello bruñido cayéndole sobre la espalda, y se puso a bailar insinuante, con movimientos lentos y obscenos.

Aunque tenía una preciosa carita de niña, y en el fondo era sólo una niña, sabía representar el papel de mujer fatal, de meretriz, miradas lascivas, labios carnosos y entreabiertos, ojos brillantes, y una expresión entre risueña y doliente, de herida placentera. ¿Cómo dejar a una criatura así? Comprendí que estaba condenado, yo era un pequeño barquito de cáscara de nuez, en la inmensidad del océano, al pairó de los vientos.

Me masturbé mientras ella bailaba para mí, como una hurí complaciente, como una profesional del porno duro. Era preciosa, enloquecedoramente excitante. Con un movimiento lascivo se desabrochó los ligueros, cimbreando su precioso cuerpo como una flor de carne, como una flor carnívora. Se dio la vuelta ofreciéndome su culo, aquel culo grande, hermoso, fulgurante, redondo, como el sol cuando sale por el oriente. Se volvió de nuevo hacia mí y con un gesto tímido se desabrochó el corchete del tul, liberando aquellas tetas enormes, firmes y blancas, con erectos pezones de caramelo en forma de gancho.

No pude resistir más y la atraje hacia mí, arrojándola sobre la cama, frotando mi miembro por toda aquella belleza y preciosa juventud. Su largo cabello brillaba, ardía, y sus manos y sus muslos estaban muy calientes.

Sometió su grupa dejando en alto aquel culo esplendoroso, abierto por la mitad, como una invitación irrechazable a la lujuria y al placer prohibido.

La puse sobre mí y le hice el amor profundamente, agarrándola de las nalgas, azotándola de vez en cuando, acariciándole el ano, introduciéndole un dedo, mientras contemplaba aquella carita de virgen inmolada, aquellos delicados y redondeados rasgos de niña buena.

Cambiamos de postura. Esa noche estaba más complaciente que nunca. Se puso abajo abriéndose desmesuradamente de piernas y la penetré con fuerza, mientras la cama crujía a punto de derrumbarse. Ella se agarraba al cabecero de forja, o abandonaba sus pequeñas manos como pájaros abatidos sobre la almohada. Aceleré el ritmo, como si quisiera abrirla en canal, partirla por la mitad. Le agarré sus pequeños pies y los puse sobre mis hombros. A ella le gustaba levantar el culo y que mis testículos golpearan el agujero de su ano.

Volvimos a cambiar de postura. Esta vez se puso a cuatro patas, que era una de mis posturas favoritas. La agarré por las caderas y la penetré marcando el ritmo con los azotes que le daba, exprimiéndole las gordas tetas, mientras ella echaba el pelo hacia atrás con una sacudida felina, y abría la boca con un gesto de dolor placentero que a mí me volvía loco. Sus nalgas restañaban firmes y jóvenes, pegó la cara a la almohada y levantó más el culo, completamente entregada, sometida, embriagados los sentidos, vulnerada, vencida.

A continuación se puso encima de mí dándome el culo, mostrando cómo mi miembro entraba y salía de su sabrosa vulva. Con su largo cabello sobre la espalda, la cintura hundida y el culo prominente, parecía una hembra de animal salvaje en el acto de ser fecundada. Seguí azotándola fuera de mí, mientras ella gemía dulcemente, hasta ponerle las nalgas de un delicioso rosicler.

Nos incorporamos sobre la cama. Ella me pidió que le besara las tetas, aquellas grandes y firmes tetas con erectos pezones de miel. Se las estrujé y las devoré con ansia, me puse de pie mientras ella seguía de rodillas y me masturbé entre aquellas voluptuosas masas blancas. Era algo sucio, obsceno, vulgar, maravilloso.

La besé en el cuello, le mordisqueé los pezones. Su belleza resplandecía como el mármol bajo el sol, como un faro en la noche. Me abrazó con mucho sentimiento, con amor.

Decidimos acabar a cuatro patas. La agarré con firmeza por las caderas y aceleré el ritmo empujándola hasta hacerla alcanzar el orgasmo con un íntimo suspiro, aflojándose su carne y su mente, mareándose, deshaciéndose, inundándose. En el cenit del paroxismo, me vertí dentro de toda aquella belleza voluptuosa y juvenil como si quisiera marcarla para siempre, infectar su sangre, destrozarla, fundirme en ella para condenarla y redimirme.

Nos tumbamos sobre las húmedas sábanas, desnudos y agotados. Me dio un beso sonoro y sonrió con aquellos labios carnosos, rojos y húmedos. 

Nos pusimos a hablar de cosas sin importancia, ella tan fresca y joven, oliendo dulce, yo viejo y cansado, amargo como un fruto venenoso.

¡Qué niña tan hermosa!

Entonces, de repente, mientras una polilla revoloteaba alrededor de los libros de la estantería y ella se limpiaba el sexo con una toallita, me miró de forma penetrante con aquellos ojos divinos que reflejaban mi imagen, y me dijo:

-         Esta ha sido la última vez que estamos juntos, Luis… he conocido a alguien en el trabajo –

Cuando ella se había acabado de vestir, yo todavía no había reaccionado ante aquellas palabras dulces y demoledoras. ¿Cómo podía haber tenido yo en algún momento el orgullo demente de intentar dejarla? Ahora comprendía que no podía vivir sin ella. Mi madre acababa de morir, y desde hacía años no sabía nada de mi hijo, que era lo que más quería. Mi corazón enfermo no podría soportar otra ausencia más. Pensé en arrojarme a las vías del tren, tal vez lo haga algún día. Aún no sé cómo puedo sobrevivir sin ella. Pero a ese alguien que ahora goza de toda esa belleza henchida de gracia y feminidad, le digo que todavía hay cabellos de ella entre mis sábanas, y que si nota que a esa hermosa muchacha de muslos calientes y radiante sonrisa le falta algo, no es otra cosa que su primera juventud, que me la quedé yo, para dar con ella vida, tal vez inmortal, a estas páginas. Amen.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¡SAL DEMONIO!

 

 

 

“A aquella chica a quien la cobardía de unos y la estupidez de otros acabaron por destruir”

 

A sus treinta y dos años, Liborio Sartenero lo había perdido todo en la vida. El trabajo, la mujer, los hijos, los parientes, los amigos…

La verdad es que el trabajo de conserje en el instituto tampoco era gran cosa, limpiando los vómitos de los críos en las fiestas de graduación, refunfuñando siempre y maldiciendo de su suerte, recogiendo la hojarasca del patio, pulsando el botón de la sirena cada cincuenta minutos. En cuanto a su mujer, después de que la pobre soportara durante ocho años su carácter gruñón, alcohólico y misántropo, lo había abandonado por un vigilante de aparcamientos, llevándose a las dos niñas. Los parientes estaban lejos en todos los sentidos, sólo los veía de vez en cuando en algún entierro, y los amigos… ¿existen de verdad los amigos?

Ocurrió una noche, mientras dormía en el albergue de San Juan de Dios. Notó que su pierna derecha empezaba a moverse sola, como si sufriera un espasmo, como si siguiera el ritmo de una música salsera. Al principio pensó que, como otras veces, el toxicómano del camastro de al lado le quería gastar una broma, pero no se trataba de ninguna broma, sino de algo muy serio y terrible. Tras descartar que se tratara de ictus, comprendió con asombro y terror que un demonio se estaba instalando cómodamente en su cuerpo. Estigmatizado a partir de entonces, no le quedó más remedio que compartir sus miserias con aquel advenedizo infernal.

“¿Quién eres? ¿De dónde vienes? ¿Tienes padres?”

Al cabo de un tiempo, tras largas conversaciones con aquel demonio interior, pudo sonsacarle que se lo había enviado una prima suya del pueblo porque Liborio no quiso casarse con ella.

El demonio solía comunicarse contestando sí o no con bruscos movimientos de cabeza.

“¿Te gustan las mujeres?” El demonio asentía entusiasmado y babeante.

“¿Te gusta el fuego?” El demonio movía la cabeza negativamente, con un rictus fóbico en su boca desdentada, torciendo los ojos y contrayendo los labios como si estuviera chupando un limón. “Pues entonces déjame en paz o acabaré rociándote con gasolina y prendiéndote fuego” El demonio, al oír aquellas palabras, se estremecía amedrentado como un niño con pesadillas.

Siguiendo el consejo de una vidente de la tele, Liborio se compró un rosario de pétalos de rosa que llevaba siempre entre las manos, y se bajó de internet unas oraciones esotéricas para intentar exorcizar a aquel maldito parásito que olía a azufre. Pero aunque la lucha fue feroz y  sangrienta, haciendo que en cada sesión el cuerpo de Liborio se descoyuntara sacudido por fuertes descargas eléctricas, no consiguió arrojar a aquel intruso que se agarraba a las paredes de la mente como una lapa.

Por lo menos se trataba de un demonio muy listo, todo hay que decirlo. Lo sabía todo de todo el mundo.

Un buen día iba Liborio andando por la calle y de repente se detuvo frente a la casa del cura:

“Demonio, ¿el cura es bueno?” El demonio negó vehementemente con la cabeza. El cura, que estaba regando unos rosales, disimuló mirando para otro lado.

Poco después se detuvo junto a un chino que vendía abanicos en la acera:

“Demonio, ¿este chino es bueno?” Preguntó Liborio en voz alta. El demonio volvió a negar con la cabeza. El chino recogió del suelo sus abanicos y se alejó mirando a Liborio de reojo.

Aquel demonio era un sabelotodo, un superdotado, algo bueno tenía que tener el hombre.

“¿Eres judío?” El demonio negaba rotundamente.

“¿Musulmán?” Volvía a negar.

“¿Cristiano?” Seguía negando.

“¿Ateo?” Entonces el demonio asentía con convicción y contento.

“¿Ves?, es ateo”

¡Un demonio ateo! Resultaba curioso, porque si Dios no existe, ¿qué sentido tiene que exista el diablo?

Aunque de una forma maniquea, también entendía de política aquel jodido demonio.

“¿Busch es bueno?” El demonio negaba con tal fuerza que parecía que la cabeza se iba a desprender del tronco.

“¿El rey es bueno?” El demonio seguía negando.

“¿Bin Laden es bueno?” ¡Ahí lo había pillado!, el demonio parecía dudar. Finalmente asintió con la cabeza. Estaba claro que aquel demonio tenía muy mala leche.

La gente se apartaba cuando Liborio bajaba por la calle, hablando a voz en grito con su demonio.

“¿Por qué no me dejas en paz?, ¡te voy a cortar el cuello, so cabrón, te voy a meter la cabeza en un caldero lleno de aceite hirviendo!”

Los perros también huían despavoridos. Los gatos, por el contrario, lo seguían maullando y ronroneando melosamente.

Un caluroso día de julio, sintiéndose rico después de haber conseguido unas monedas mendigando, Liborio entró a comer a un bar de albañiles donde trabajaba una camarera que le gustaba.

El comedor estaba abarrotado como un comedero de pollos, pero poco a poco todo el mundo se fue callando para escuchar la animada conversación de Liborio con su locuaz demonio.

“¿Es virgen esta camarera?” Se produjo un impás. Todo el mundo aguardó expectante la respuesta. Finalmente el demonio negó repetidamente con la cabeza. La camarera, una belleza morena y aniñada, se fue ruborizada a la cocina.

“¿Cuándo te vas a ir de mi cuerpo, demonio,- se quejaba Liborio al borde del llanto- comes por los dos y ni siquiera me ayudas económicamente, no me dejas dormir, ni pensar con claridad, ni vivir, ¿Qué cojones quieres de mí?, o te vas tú o me voy yo, mira, so cabronazo, ahora mismo cojo este cuchillo y te corto el cuello…”

Unos empleados de la telefónica tuvieron que intervenir para que el pobre Liborio no se degollase.

Decidió dejar de comer para que el demonio lo abandonara por inanición. No era una mala idea. Al cabo de un mes, Liborio parecía un esqueleto andante, desgarbado, mugriento, desdentado, insomne, con una larga barba polvorienta y rojiza, las piernas trémulas, de alambre, los hombros vencidos, los brazos inertes, pero el empecinado demonio no se iba ni por esas. Liborio comprendió que no se iría nunca. Que estaba condenado para siempre. Que su vida era un infierno.

“¿Por qué no te vas con otro, demonio?- le recriminaba mientras, desfallecido, rebuscaba restos de verduras podridas entre la basura que se apilaba a las puertas de una frutería- te voy a prender fuego a ti y a medio pueblo, ¿por qué no te vas con el alcalde?” El demonio le respondió, conciliador y paternal, que el alcalde ya tenía su propio demonio, como todo el mundo, y que en un cuerpo sólo cabe un demonio, salvo en el de algunas mujeres, que son dos demonios viviendo en un mismo cuerpo, que no tenía ningún otro sitio a donde ir porque todos los cuerpos estaban ocupados y había cola para ocupar los cuerpos de los recién nacidos, que los únicos cuerpos vacantes eran los de los políticos, pero que estos ningún demonio los quería.   

Día a día, el demonio se iba apoderando inexorablemente de la voluntad del pobre Liborio, así que éste, en un último intento desesperado para evitar convertirse en esclavo de un ser tan feo y malvado, decidió abandonar aquella ruina de cuerpo y de vida, con la esperanza de una futura existencia mejor.

Al caer la noche, dando tumbos, débil, enfermo, famélico, abandonó el pueblo en dirección a las vías del tren. Se quitó el reloj, se quitó la raída chaqueta y la colocó perfectamente doblada a su lado en el suelo, y con un suspiro de cansancio, apoyó la cabeza en un raíl como si se dispusiera a dormir profundamente. El raíl era una superficie dura e impersonal, parecida a todos los acontecimientos de su desgraciada vida.

El demonio, resoplando, le suplicó que no lo hiciese, que se portaría bien en adelante, que abandonaría su cuerpo por lo menos en vacaciones de navidad, que se dejara de locuras y se fueran juntos a jugar una partida de siete y media. Demasiado tarde.

“¡Prefiero mil veces reencarnarme en una garrapata a seguir viviendo contigo, hijoputa!” Sollozó con voz un poco gangosa.

Los grillos cantaban. Las estrellas refulgían. Se oyó un pitido a lo lejos.

“¡Qué prima más puta tengo!” Exclamó Liborio cuando divisó por fin las luces del tren que se aproximaba, rasgando la oscuridad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Hacia dónde vas, roto y enfermo,

en esa balsa a la deriva, atada con cuerdas

que se están pudriendo,

sin brújula ni agua, sin dioses que te guíen,

nublada la vista, atrofiados los miembros,

sin armas, sin remos, sin compañeros?

¿Dónde olvidaste tu espada,

en que timba perdiste tu botín de guerra?

Mira que el mar no descansa

y tras la calma llega siempre la tormenta.

Definitivamente estás solo, tal vez siempre lo estuviste,

y jamás existió Ítaca, ni Telémaco, ni la hermosa Calipso,

y todo fue un cruel engaño del canto de las sirenas.

Viejo guerrero olvidado,

tú cada vez más pequeño,

y la mar cada día más inmensa.

 

 

 

 

 

 

 

BROTA LA VIDA

 

El sol del atardecer entraba por la ventana.

No había nada que hacer.

La guerra estaba perdida antes de que empezara.

Un vacío de ausencia reverberaba por mi estómago

mientras en silencio te contemplaba.

Por mi mente herida brotaba la vida

en miles de fotogramas.

Con un movimiento sexual

de repente tu pelo se derramó por tu espalda.

El sol quiso entonces competir con tu belleza,

sin saber que a belleza, tú siempre ganas.

 

 

 

 

 

 

P.D.   Por querer atisbar siempre en las profundidades, nunca vi la evidencia.

 

la última noche

 

 

LA ÚLTIMA NOCHE

 

Seguía siendo hermosa, quizás más hermosa que nunca, pero ya no brillaban sus ojos cuando se iba desnudando. Su cuerpo seguía siendo un fanal en la noche, pero un fanal de luz fría, de luz que deslumbraba sin alumbrar. Estaba cansada, cansada de aquella inercia de lujuria que no la conducía a ninguna parte, cansada de dar amor y no recibir a cambio el romanticismo que empapaba sus sueños. Su largo cabello negro sobre su blanca piel y la limpia mirada de sus ojos, seguían enloqueciéndome, pero ya no reía como antes, aquella risa que de repente hacía brotar pequeñas flores por los pliegues de la sábana. Se dejaba hacer, acariciar, cambiar de postura, las posturas más obscenas, aunque ahora el placer para ella era un esfuerzo áspero, como escalar una montaña en cuya cumbre soplaba un viento helado y solitario. Es cierto que si se ponía a hacer el amor, seguía embriagando mis sentidos, porque era muy guapa, muy joven, llena de voluptuosidad y sorpresas, un cuerpo de mujer perfecto, unas caderas rotundas y unos pechos duros y altos a los que me aferraba como un náufrago.

Se tumbó en la cama de espaldas y me puse a acariciarla mientras sus pensamientos volaban por un cielo ignoto para mí. Las paredes rezumaban una pátina de tristeza. Se movía con esa lentitud felina, con esa ondulación íntima y marina que me devolvía la fe en la vida.

La puse encima de mí y comenzó a mover su maravilloso culo al ritmo denso de la música de Sade, sacudiendo su cabello como una lengua de fuego sobre su espalda de nieve virgen. Se balanceaba lentamente, insinuante, provocativa, emputecida, mientras yo, poseído, apretaba y azotaba sus preciosas y grandes nalgas. Para ella se trataba de un juego, para mí era la única forma de vida.

Salimos de la cama y nos pusimos a bailar agarrados, desnudos, calientes. Ella parecía nacer de la música, aquella preciosa carita de ángel, era música sensual y voluptuosa, música de notas blancas y redondas. Sus seductores movimientos de caderas, su lentitud insinuante, una escultura divina, una escultura viva, hecha carne para mí. Su cintura, sus caderas, su piel por donde se deslizaban mis manos sin encontrar aristas, ni dudas, ni sombras. Le acaricié el sexo y ella se estremeció, no sé si fingía, pero qué importaba, era siempre una belleza perfecta e incólume. Sin dejar de bailar, comenzó a masturbarse con su níveo dedo corazón. Yo no podía más, le di la vuelta y la abracé por detrás queriendo fundirla conmigo, estar siempre dentro de su juventud, de su sexualidad divina y vivificante.

Volvimos a la cama. Todo aquel milagro de niña-mujer se me entregaba en ofrenda una vez más después de cientos de veces, aunque siempre parecía la primera vez, el mismo pálpito angustioso y alienante. Toda aquella exacerbada redondez, aquella henchida sensualidad, aquella virginal y oronda sumisión de hembra. La puse encima de mí y la penetré con violencia, ella se movía sin dejar de bailar, una penetración profunda buscando sus entrañas, su alma, el centro íntimo de su corazón.

Nos besamos. Sus besos eran cálidos, frescos y profundos como una vulva. Le di otra vez la vuelta, y levantándole la grupa y agarrándola por los pies, esos preciosos pies de ninfa, la forniqué feroz, sádica y desesperadamente.

Ella intuía mejor que yo que el amor es un pájaro asustadizo que cuando levanta el vuelo no vuelve a posarse en nuestras vidas rastreras. Pero seguía representando su papel de puta, de puta inocente y enamorada, La cama crujía bajo el huracán de la cópula. Me derramé derrumbándome sobre ella, sus labios estaban muy rojos, carnosos, entreabiertos, sus mejillas sonrosadas, dulcemente heridas, sus ojos húmedos, con la mirada indefensa, abierta y asustada, como le ocurría siempre que alcanzaba un orgasmo.   

Por fin sonrió, aquel ángel, aunque ya no era aquella sonrisa que iluminaba la noche oscura de mi alma.

Nos abrazamos, y, como siempre, hablamos de nuestras pequeñas cosas comunes, desnudos, empapados en sudor, oliendo a su juventud, a su luz y a mi sombra, venciendo ese olor que más que olor es un sabor que huele como la savia que revienta los verdes tallos.

Y llegó la hora de separarnos. Comenzamos a vestirnos, sin saber entonces que estas paredes, las flores violetas del cuadro de la cabecera, los muebles serios e inertes, ya nunca volverían a ver a aquella muchacha hermosa y blanca como el primer amor. En adelante, sin ella, todo sería niebla y peligro de muerte. Porque todo se acaba en la vida, asumámoslo, también esta larga historia de amor y lujuria.

 

 

cansancio

 

 

Hay días en que te sientes muy cansado.

Te pesan los pies al andar, los párpados al mirar,

al hablar los labios.

Cansado del amor, del odio, de todo, de todos.

Cansado de lo que eres, de lo que pretendes ser,

de lo que los demás creen que eres.

Te gustaría encontrar un desierto perdido y hacerte ermitaño,

y contemplar cómo transcurre la vida sin ti,

el hueco que has dejado, las lágrimas que has hecho verter,

las risas que has provocado.

Hay días en que deseas ser un cero a la izquierda,

un silencio entre gritos, la sombra de tu propio cuerpo,

una nada tranquila.

Hay días en que, por un momento,

te encuentras a solas contigo mismo.

 

 

 

feo

 

 

Achaparrado, nublado, garrulo,

baja la calle con sus andares simiescos,

la mirada torva, roedora, desconfiada, pícara, perruna,

el pensamiento huraño, obtuso, el habla estólida,

la cabeza calva, dura, la piel cetrina,

la expresión violenta, cerril, la nuca peluda.

Es de una raza ínfima, rastrera, mezquina, porcina, perjura,

que se mea en el portal del vecino, que escupe en el suelo,

que sigue avanzando cuando se acaba el sendero.

Su árbol genealógico debió ser abonado con sangre infectada

de sarna, de tiña, de bestialismo, de inmundicia.

Se cruza en la acera con una muchacha que resplandece

como el sol en la cresta de las olas,

ella tan naturalmente guapa, él tan ibéricamente feo,

y me pregunto si los antropólogos no andarán equivocados

en los más primarios conceptos.

 

 

 

antes me pego un tiro

ANTES ME PEGO UN TIRO

 

Olía a mierda. Una vieja desgreñada salió desnuda al pasillo y se puso a cantar con voz de falsete.

-         ¡Que alegría cuando me dijerooon vamos a la casa del señoooor!-

-         ¡¡Señorita, señorita, ya estoy!!- Gritó otra vieja que acababa de defecar en el suelo de su habitación. Su compañera estaba tendida en la cama, los pies forrados con goma espuma, el cuerpo inmóvil, la boca abierta, los ojos, cubiertos de legañas, mirando al techo.

Al fondo del pasillo había una claraboya que daba a un sótano tenebroso, donde una vieja desahuciada, recluida en una especie de zulo, permanecía conectada a una botella de suero.

Bajo el porche del patio, un viejo con pantalones raídos echaba migas a los inexistentes pájaros.

Era domingo. Día de visitas. Pero a Dionisio Zapaterillo nadie iba a visitarlo. Sentado en una silla de ruedas con sus iniciales, miraba por la ventana de su habitación en penumbra. Sus hijos lo habían abandonado hacía ya muchos años. A veces trataba de evocar sus rostros, pero ya apenas los recordaba, sólo retazos curiosamente indelebles de cuando eran niños. La sensación de cogerlos cuando ellos le tendían los brazos. No hablaba con nadie, se había replegado a su mundo interior, un mundo de decepción, de sabiduría, de resignación. Las auxiliares pensaban que era mudo, y por eso le gritaban al oído gesticulando grotescamente frente a su cara.

-         ¡¡Está lloviendo a base de bien, verdá Donisio!!- le gritó una auxiliar de ojos saltones como los de un sapo - ¡¡qué hermosas se pondrán las viñas allá en tu pueblo, verdá, en mi pueblo es que no llueve nunca, sabes!!…Nada hija – continuó la auxiliar dirigiéndose a una compañera muy guapa que había entrado nueva – aquí lo tenemos como un muerto viviente, se queda ido como si le hubiese dado un aire y así se pasa los días y las noches, salgo y lo dejo en su silla como está ahora mismo, y ya sabes, Pili, que sales y no sabes cuando vuelves, bueno, pues si tardo cuatro o cinco horas, vuelvo y ahí sigue sin pestañear, igualito que lo dejé, ¡¡ay Donisio, con lo que tú has debido bullir de joven!!-

Era verdad. Había sido un vividor. Inquieto, mujeriego, aventurero. Si le hubieran dicho entonces que acabaría en un geriátrico de la beneficencia, solo y físicamente arruinado, como un vegetal esperando la muerte, habría respondido: “Antes me pego un tiro”. Pero no sé que tiene la vida que cuesta tanto desprenderse de ella. “Ay, señor, si me dejaras vivir por lo menos veinte años más – solía pedir en la capilla una vieja nonagenaria conectada a una maquina psicodélica– no otros noventa, ni cincuenta siquiera, con veinte me conformo, veinte añitos nada más, señor, eso es calderilla para ti”

Se quedó mirando a un pájaro mojado y desorientado sobre la alambrada del muro. ¿Dónde estarían ahora sus hijos? ¿Dónde se fueron aquellos amores, aquella obsesiva lujuria de su juventud? Nunca pudo entender ese alocado y vertiginoso proceso de nacer, crecer, quedarse solo, degenerar y morir. El tiempo como un cáncer devorándolo todo. Trató de imaginarse la nada.

-         Estaba bueno el puré de los cojones, Juani- comentaba una vieja desdentada a su compañera de celda- me comí dos platos, y la ensalada, yo el tomate lo aparto, es que de nunca me ha gustao, de nunca, lo echaba al guiso para que le diera sabor y luego se lo quitaba…-

Había dejado de llover. Un gato se acercó sigilosamente al pájaro de la alambrada.

El verde rodapié de la habitación, rezumaba tristeza y humedad.

 

la manzana de eva

 

 

 

                                              LA MANZANA DE EVA                                                       

Olía a fertilidad, a hierba recién cortada, a catarsis, a flores frescas, a rosas, el mareante olor de las rosas, una densa, demencial y exuberante miscelánea de olores, de savia, de polen, un olor voluptuoso, henchido, selvático, jadeante. sofocante, excitante, casi doloroso, como los rebosantes pechos de una madre recién parida.

Cuando salió de la sacristía, aquel olor le golpeó como un tifón a un pequeño velero.

La vio sobre un reclinatorio colocando las flores a los pies de la virgen. Su largo y bruñido cabello se derramaba por la espalda. No había nadie más en la iglesia. Se inclinó para coger un ramo y entonces dejó ver su cara, un rostro precioso, limpio, incólume, virginal, las mejillas le ardían y los labios se entreabrían muy rojos, carnales  y húmedos. Los grandes pechos subían y bajaban bajo la ajustada camiseta. Las caderas anchas, calientes, conteniendo toda aquella lozanía de hembra joven. Las nalgas redondas, grandes y  prominentes, como el sol cuando nace sobre el horizonte. Tenía las pequeñas manos  manchadas del blanco esperma que derramaban los tallos cortados.

Estaba hablándole a las flores con una voz llena de miel:

- Qué bonitas estáis, lilas, qué grandes, qué bonitas-

Él sintió que todo su mundo se derrumbaba por dentro. Columnas romanas, dogmas de  fe, imágenes sagradas, libros polvorientos. Todo caía con gran estruendo a los pies de aquel instinto primario. Tuvo ganas de llorar, de rezar, de poseerla con rabia ciega, de matarla. Aquella hermosa muchacha, aquella pasión tan largamente reprimida era su cruz, su pena, su condena. Necesitaba respirar, salir de aquella sobrehumana y claustrofóbica obsesión. De repente, algo dentro de él le reveló que había llegado el momento. No había nadie más en la iglesia, las puertas estaban cerradas. El corazón parecía que se le iba a salir del pecho cuando se puso a caminar hacia ella con pasos sigilosos, como los de un tigre acercándose a su presa. Deseaba vomitar,  polucionar,  morirse. Al llegar bajo la escalera, la muchacha se volvió sobresaltada y lo miró con sus bellos ojos muy abiertos. Un infierno ardía entre los dos.

 

 

 

flor de fuego

 

FLOR DE FUEGO

 

El denso licor prodigó destellos plateados al caer sobre la copa,

mientras en la pasarela una muchacha morena y blanca con un fanal en la sonrisa,

desnudaba su cuerpo pleno al ritmo de la música,

acompasando sus movimientos suaves, curvos, carnales,

con la metamorfosis de las crisálidas, el orbitar de los planetas,

la ebullición de la savia y las mareas que elevan los mares.

Echó su largo cabello hacia atrás, desprendiéndose de los tules acariciadores,

y su tierno sexo, como una concreción perfecta, como un epicentro de intimidad,

reinó sobre la tristeza y las llagas de los vencidos.

A veces la vida se manifiesta súbitamente de forma caprichosa,

incluso entre el neón y la indiferencia de un burdel de carretera.

La muchacha abrió su hermosura como una flor libada

sobre el ojo ciego de una calavera.

 

 

milagro

 

Se detuvo en el umbral de la puerta,

rezumando, rebosando, oliendo a  voluptuosidad.

El sol de la mañana sobre su pelo,

y un calor sexual enrojeciendo sus mejillas,

dilatando sus labios, iluminando sus ojos,

vivificando sus delicadas manos,

humedeciendo su carne henchida.

Bajo su camiseta palpitaban sus altos y redondos pechos,

y el pantalón ceñido dibujaba la apasionante curva de las nalgas.

Un cuerpo lleno de vida, de verdad, de victoria.

Todo en ella era fuego, hermosura, inocencia y juventud.

Como tantas veces, contemplé aquel milagro de niñamujer

sin saber si desnudarla o salir corriendo,

mientras ella me sonreía desde el cenit de la belleza,

como diciéndome que la vida es mucho más que carbono y tiempo.

Jamás pude resignarme a la certeza

de que sin mí el sol seguirá saliendo.

 

 

el hijo pródigo

EL HIJO PRÓDIGO

 

Sabes, hijo, que esta es tu casa.

Que yo jamás empuñaría contra ti el puñal

aunque Dios me lo mandara.

Que por las noches lloro en silencio tu ausencia,

y muero cada día contemplando el mar por donde te alejaste,

sin saber si perdiste el rumbo, si saber si naufragaste,

sin saber si estas solo, o encontraste unos brazos donde cobijarte.

Siento el vacío de una amputación

donde antes latía un corazón rebosante.

Con los ojos vendados alrededor de la noria de la subsistencia,

a veces en pie, a veces hundido, sigo esperándote.