con una piedra al cuello

CON UNA PIEDRA AL CUELLO

 

Quizás, cuando fuera arrastrado por la corriente, un ejército de ninfas jóvenes y hermosas emergería del fondo del río para salvarlo, tal vez existiera otra vida en las profundidades del agua, ¡quién sabe!, una vida suave y plácida como un útero, como el remanso de los poetas.

Permanecía en la orilla como un polluelo moribundo, en cuclillas, las manos trémulas, balanceando el tronco, debajo del puente donde vivía desde hacía más de un año, junto a unos arbustos donde tenía tendida la ropa: una toalla de esas de la mili, una camiseta agujereada, un par de calzoncillos desgastados, una manta áspera como las de las mulas.

Sentía frío y calor al mismo tiempo. La frente gris como el espejo del río donde se reflejaba el cielo del invierno manchego, los árboles desnudos y yertos, las ruinas del molino de agua. Sabía que, esta vez sí, se estaba muriendo. Había sido un invierno terrible que le había molido hasta los huesos. Bueno, alguna vez tenía que pasar, a todo el mundo le pasa. Pero morir en aquella soledad, en aquella miseria, jamás lo hubiera imaginado cuando tenía la inmobiliaria y vivía con lujo y frenesí muy desatinados.

Acababa de cumplir cincuenta años, antes, cuando manejaba dinero, celebraba siempre su cumpleaños yéndose de putas, había algo en el mundo de las putas que lo fascinaba a pesar de sus miserias, esa mezcla de lujuria y olvido, esa carne contundente y efímera, esa entrega pactada, esas caricias mentirosas llenas de calor humano. Cada puta era una sorpresa, a veces un milagro, a veces una decepción, pero todas exhalaban una fuerza vital que lo vivificaba como el sol vivifica a un pájaro mojado. Tal vez, si hubiese conocido los sórdidos entresijos de ese siniestro mundo, no hubiera pensado así. Pero más allá del bien y del mal, con su ignorancia culpable, él sólo buscaba un amor para toda la hora. 

Ahora, sin embargo, todo había acabado. Se sentía como un ciclista que se rinde escalando una montaña. De un momento a otro perdería la conciencia y su cuerpo, produciendo un sórdido chapoteo, caería de bruces al río, que lo acogería en su mansa y gélida corriente, deslizándolo como a un nenúfar, poética, casi musicalmente, en pos del ancho mar. Puestos a juzgar, nadie tenía la culpa de nada, la vida era una partida de cartas y él había perdido el órdago final. Bueno, no todo estaba perdido, tenía una hija por esos mundos y cuando pensaba el ella, la verdad sea dicha, sentía una densa brisa de esperanza, como el aire de marzo cuando enciende los almendros en flor. ¡Qué extraño es eso de los hijos!, por ellos el corazón crece hasta doler, les podrá faltar de todo, pero nunca el amor benevolente de su progenitor.

Se sentía muy débil y enfermo. Tenía la sensación de cargar sobre sus espaldas un saco lleno de piedras, duras piedras de agudos picos, de secas pedradas en las sienes, una gran piedra al cuello que lo arrastraría al fondo de la nada.

De repente oyó voces encima del puente, pasos de dos personas, una de ellas coja. Escuchó una intrascendente conversación, la última de su perra vida:

- Yo llevo siempre un cuaderno y tres bolígrafos, uno azul pa apuntar las cosas normales, otro verde pa apuntar las cosas de la caza, y otro rojo pa apuntar las cosas de los médicos, esta mañana, a las siete, cuando me he levantao…-

- ¡Tú a las siete, venga ya, Pepe, tú no te has levantao a las siete en tu puta vida!-

Escupió. Más sangre. Por la noche le había dolido mucho una muela y se la tuvo que arrancar haciendo palanca con la navaja. Era una muela negra y podrida, la muela de un yonki moribundo. Le salió mucha sangre, se le infectó y le dio fiebre muy alta. Por la mañana parecía que la hemorragia había cesado, pero no, todavía tenía en la boca ese sabor a hierro oxidado de la sangre.

Sintió otro terrible escalofrío que le hizo estremecerse en un postrero estertor de agonía. Se le empezaba a nublar la vista, le daba vueltas todo. También su organismo estaba dejando de luchar. Sentía mucha sed.

Miró vagamente a su alrededor, (el río, los árboles, un pájaro picoteando tontamente un trozo de papel en el suelo, tal vez la sentencia firme de un juez, tal vez una carta de amor rota en mil pedazos), y sintió un vértigo cósmico de miedo y soledad, como un enamorado al que abandona su amada, su amada y odiada vida.

 

 

 

cumpleaños feliz

 

 

 

 

DISTANCIA, distancia, distancia.

Abismos de distancia, océanos de distancia,

desiertos de distancia, universos de distancia,

eternidades de distancia.

Te toco y se me hielan los dedos de distancia,

te miro y se interponen cordilleras de distancia,

te hablo y las palabras se mueren de soledad y distancia.

Distancia, distancia, distancia.

Hasta el fuego de tu cuerpo

es una estrella que me alumbra en la distancia.

 

 

 

 

 

 

 

¡FELIZ CUMPLEAÑOS!

 

Fermentaba una atmósfera densa, agria como un vómito, onírica, lenta y fatigosa como un duermevela.  El camarero, un muchacho alto con muchos dientes que se reía como un chimpancé, barría con serrín el suelo mientras la conversación de los últimos borrachos se iba extinguiendo como las ascuas de un brasero al amanecer. Zumbaba un moscardón golpeándose empecinadamente contra el cristal de una ventana encima de un radiador apagado.

Apuró su copa de anís El Mono. Se sentía anclado en la barra, como un cetáceo moribundo varado en la arena de una playa perdida. La noche había acabado sin que se hubiera producido ningún milagro, con esa sensación habitual de vacío de estómago, de pardos tejados, de tristeza de presidio.

-¡Ponnos otra copa, Trinitario, y danos una berenjenas de esas!- Dijo con voz de sueño, golpeando laxamente la formica de la barra.

- No, yo ya me voy a mi casa, ya está bien por hoy, Martín- Se negó con un gesto cansado su colega de andanzas.

En la mesa de billar se oía el entrechocar de las bolas de marfil, como unas castañuelas sin alegría, un sonido amusical que no significaba nada.

Cuando entraron los cazadores, la cafetera se puso a humear como la locomotora de un tren.  Olía a café, a aguardiente y a orines. Una mujeruca que se llamaba María Gullón y que parpadeaba con un solo ojo, como los búhos, se asomó por el ventanuco de la cocina y acto seguido desapareció raudamente como una lagartija.

Como quien se sumerge en agua helada, Martín Corona salió a la calle poco después de que su último compañero de juerga se hubiese marchado.

Algunos madrugadores bajaban por la calle mayor hacia la iglesia o hacia la churrería.

De un polvoriento antro parroquial surgieron de repente dos figuras fantasmagóricas con panfletos adventistas en las manos. Una era una muchacha muy gorda con los ojos muy abiertos como si se le acabara de aparecer
la Virgen. La otra era una mujeruca con la cara plagada de infectos granos sebáceos. 

-¡Dios te quiere salvar también a ti, hermano, déjate redimir por su infinita misericordia!-

- No hace falta, yo ya sé nadar- Respondió Martín Corona con amarga ironía.

Las catequistas se le quedaron mirando con una mezcla de pena y curiosidad, como si contemplaran a un ejemplar teratológico.

Bajó la calle y torció la esquina de la iglesia. De repente el sol de primavera le dio en la cara produciéndole un cosquilleo casi efervescente.

Oía sus pasos solitarios por la acera, de regreso a su casa, a una vida con la que no podía, a un laberinto del que no encontraba la salida. Lo embargaba una enfermiza sensación de angustia y desesperanza, un agudo frío interior, como cuando estaba en la mili y tenía que volver al cuartel al acabar el rebaje.

Sonaron las campanas de las monjas y un perro ladró asomado a un balcón.

Le dolía la cabeza y tenía la boca pastosa, con una sensación de culpa entre los dientes. Era su cumpleaños. Hizo balance y pensó que su vida era como una mosca chocando inútilmente contra el sucio cristal de una ventana.

 

feliz cumpleaños

DISTANCIA, distancia, distancia.

Abismos de distancia, océanos de distancia,

desiertos de distancia, universos de distancia,

eternidades de distancia.

Te toco y se me hielan los dedos de distancia,

te miro y se interponen cordilleras de distancia,

te hablo y las palabras se mueren de soledad y distancia.

Distancia, distancia, distancia.

Hasta el fuego de tu cuerpo

es una estrella que me alumbra en la distancia.

¡FELIZ CUMPLEAÑOS!

Fermentaba una atmósfera densa, agria como un vómito, lenta y fatigosa como un duermevela.  El camarero, un muchacho alto con muchos dientes que se reía como un chimpancé, barría con serrín el suelo mientras la conversación de los últimos borrachos se iba extinguiendo como las ascuas de un brasero al amanecer. Zumbaba un moscardón golpeándose empecinadamente contra el cristal de una ventana encima de un radiador apagado.

Apuró su copa de anís El Mono. Se sentía anclado en la barra, como un cetáceo moribundo varado en la arena de una playa perdida. La noche había acabado sin que se hubiera producido ningún milagro, con esa sensación habitual de vacío de estómago, de pardos tejados, de tristeza de presidio.

-¡Ponnos otra copa, Trinitario, y danos una berenjenas de esas!- Dijo con voz de sueño, golpeando laxamente la formica de la barra.

- No, yo ya me voy a mi casa, ya está bien por hoy, Martín-

En la mesa de billar se oía el entrechocar de las bolas de marfil, como unas castañuelas sin alegría, un sonido amusical que no significaba nada.

Cuando entraron los cazadores, la cafetera se puso a humear como la locomotora de un tren.  Olía a café, a aguardiente y a orines. Una mujeruca que se llamaba María Gullón y que parpadeaba con un solo ojo, como los búhos, se asomó por el ventanuco de la cocina y acto seguido desapareció raudamente como una lagartija.

Como quien se sumerge en agua helada, Martín Corona salió a la calle poco después de que su último compañero de juerga se hubiese marchado.

Algunos madrugadores bajaban por la calle hacia la iglesia o hacia la churrería.

De un polvoriento antro parroquial surgieron de repente dos figuras fantasmagóricas con panfletos adventistas en las manos. Una era una muchacha muy gorda con los ojos muy abiertos como si se le acabara de aparecer
la Virgen. La otra era una mujeruca con la cara plagada de infectos granos sebáceos.  

-¡Dios te quiere salvar también a ti, hermano, déjate redimir por su infinita misericordia!-

- No hace falta, yo ya sé nadar- Respondió Martín Corona con amarga ironía.

Las catequistas se le quedaron mirando con una mezcla de pena y curiosidad, como si contemplaran a un ejemplar teratológico.

Bajó la calle y torció la esquina de la iglesia. De repente el sol de primavera le dio en la cara produciéndole un cosquilleo casi efervescente.

Oía sus pasos solitarios por la acera, de regreso a su casa, a una vida con la que no podía, a un laberinto del que no encontraba la salida. Lo embargaba una enfermiza sensación de angustia y desesperanza, un agudo frío interior, como cuando estaba en la mili y tenía que volver al cuartel al acabar el rebaje.

Sonaron las campanas de las monjas y un perro ladró asomado a un balcón.

Le dolía la cabeza y tenía la boca pastosa, con una sensación de culpa entre los dientes. Era su cumpleaños. Hizo balance y pensó que su vida era como una mosca chocando inútilmente contra el cristal de una ventana.

panes y peces

 

 

YA no me quiere.

Piensa con un mohín de tristeza en su rostro doliente.

Y abre sus pétalos de rosa, sus alas de mariposa

para recuperar el amor.

Es su alma un cesto de panes y peces,

heroína de la entrega y de la abnegación.

¿Y cuándo dejó de quererme?

Se pregunta con un brillo de fuego en el amanecer de sus ojos.

¿Fue aquella vez que llovía y no me cobijó bajo su paraguas?

Y lo llama, lo sigue, lo persigue, lo maldice,

sintiendo que las palabras son heridas

y los silencios abismos de distancia.

 

 

 

 

¿qué es un chichi?

 

  

 

¿QUÉ ES UN CHICHI?

- ¿Y qué es eso?- Le pregunté señalando en el catálogo un extraño artilugio que parecía una guirnalda multicolor de verbena.

- Es un Chichi- Respondió ella con naturalidad, subiéndose con un dedo las gafas de aumento.

- ¿Un Chichi?-

- Sí, un Chichi, un Chichi- Gesticuló como diciendo “todo el mundo sabe lo que es un chichi”. Yo, ingenuamente, estaba a punto de preguntarle ¿y qué es un Chichi?

Me quedé perplejo. Había tenido relaciones a lo largo de mi vida con más de cinco mil mujeres y jamás había visto un coño así. Había visto coños grandes, pequeños, tristes, alegres, tontos, sabios, caros, baratos, feos, bonitos, peligrosos, aburridos, calculadores, suicidas, coños de blancas, de negras, de amarillas, y hasta el de una monja de clausura, pero, que yo recordara, ninguno tenía aquella forma tan psicodélica.

- Lleva un resorte, ¿sabes?, y cuando le das se abre y ¡voalá! aparece un Chichi juguetón- Me aclaró, muy seria, pulverizando saliva al hablar. En la comisura de los labios tenía una especie de espumilla reseca, como si hubiera tomado ansiolíticos o no se hubiese limpiado bien la boca después de cepillarse los pocos dientes que le quedaban- es el artículo que más vendo- continuó- ¿sabes?, a los hombres os encanta, y también este otro Chichi en forma de conejo, mira, cuando el pene se introduce en el aro, el conejo mueve las orejitas-

La luz fluorescente de la funeraria hacía brillar con un fulgor fantasmagórico su pelo teñido de fucsia. Todo resultaba artificial, futurista, como una película barata de ciencia ficción.

- Y estos botes ¿qué son?- Seguí preguntándole con sincera curiosidad.

- Esta es una crema retardante, y esta acelerante, te la untas y el pinganillo sube como un resorte, y esta es una nueva crema para excitar la vulva de la mujer-

-¡Ah!-

- También tenemos penes con sabor a fresa y chocolate, anillos vibradores, bolas chinas, juegos eróticos para parejas y tríos, tetas postizas, y la última novedad es esta muñeca inflable modelo Jenifer López que dice te quiero si le aprietas en el ombligo, aquí tienes mi tarjeta por si quieres más pastillas azules, te aconsejo que vengas a los partis que orgasmo, digo que organizo, suele haber alrededor de veinte personas, son reuniones amenas y los productos se pueden tocar y probar tranquilamente sin ningún tipo de compromiso-

Me extendió una tarjeta apaisada y, tras recoger sus bártulos de buhonera sexual, se marchó con su abultado catálogo bajo el brazo, madame de todo aquel mundo de sexo artificial, salió a la calle y con andares de fantasma, larga y aguda como el dolor, se sumió en la noche fría y ventosa, bajo la luz mortecina de las farolas. Resultaba un cuadro extraño y triste, como el último polvo de un matrimonio a las puertas de la vejez.

¿Es el sexo en última instancia sólo una charlatanería de feria? Me pregunté qué mueve en realidad al mundo, ¿el sexo?, ¿la moda?, ¿la costumbre?, ¿el amor?, ¿el dinero?, ¿el perdón?, ¿o esa tonta inercia con la que giran los trozos de materia muerta alrededor de los planetas moribundos? No sé porqué pensé en unos versos de Joseán, aquel poeta nómada que fluctuaba entre las ferias de libros y los comedores de caridad:

“Ella me lo daba todo, la pasión, la belleza, la vida, pero todo no era suficiente”

Leí la tarjeta: “SEXPRESARTE, Virginia Rabanillos, asesora técnica. ¿Quieres organizar una reunión sexpresarte? Reúne a todos tus amigos, solos o con sus parejas para conocer el maravilloso mundo de la lencería, la cosmética y los juguetes eróticos. Queremos enseñarte lo que nadie se ha atrevido. Reuniones para heteros, gays y lesbianas, tú eliges la tuya, del resto nos encargamos nosotros. ¿Quieres ser asesor sexpresarte? Un trabajo divertido con horario flexible.”

Curiosa forma de ganarse la vida. Y yo lavando muertos en una funeraria. Tuve la extraña sensación de que un día más me iría a la cama sin entender nada de nada. ¡En fin!, me subía el cuello de la cazadora imitando a Chuk Norris, y crucé la calle pisando torpemente los charcos. Mañana sería otro día con nuevas y apasionantes tribulaciones. Un Chichi, ¡joder qué cosas!… 

 

 

¿qué es un chichi?

 

  

 

¿QUÉ ES UN CHICHI?

- ¿Y qué es eso?- Le pregunté señalando en el catálogo un extraño artilugio que parecía una guirnalda multicolor de verbena.

- Es un Chichi- Dijo ella con naturalidad, subiéndose con un dedo las gafas de aumento.

- ¿Un Chichi?-

- Sí, un Chichi, un Chichi- Gesticuló como diciendo “todo el mundo sabe lo que es un chichi”. Yo, ingenuamente, estaba a punto de preguntarle ¿y qué es un Chichi?

Me quedé perplejo. Había estado a lo largo de mi vida con más de cinco mil mujeres y jamás había visto un coño así. Había visto coños grandes, pequeños, tristes, alegres, tontos, sabios, caros, baratos, feos, bonitos, peligrosos, aburridos, calculadores, suicidas, coños de blancas, de negras, de amarillas, y hasta el de una monja de clausura, pero, que yo recordara, ninguno tenía aquella forma tan psicodélica.

- Lleva un resorte, ¿sabes?, y cuando le das se abre y ¡voalá!, aparece un Chichi juguetón- Me aclaró, muy seria, pulverizando saliva al hablar. En la comisura de los labios tenía una especie de espumilla reseca, como si hubiera tomado ansiolíticos o no se hubiese limpiado bien la boca después de cepillarse los pocos dientes que le quedaban- es el artículo que más vendo- continuó- ¿sabes?, a los hombres os encanta, y también este otro Chichi en forma de conejo, mira, cuando el pene se introduce en el aro, el conejo mueve las orejitas-

La luz fluorescente de la funeraria hacía brillar con un fulgor fantasmagórico su pelo teñido de fucsia. Todo resultaba artificial, futurista, como una película barata de ciencia ficción.

- Y estos botes ¿qué son?- Seguí preguntándole con sincera curiosidad.

- Esta es una crema retardante, y esta acelerante, te la untas y el pinganillo sube como un resorte, y esta es una nueva crema para excitar la vulva de la mujer-

-¡Ah!-

- También tenemos penes con sabor a fresa y chocolate, anillos vibradores, bolas chinas, juegos eróticos para parejas y tríos, tetas postizas, y la última novedad es esta muñeca inflable modelo Jenifer López que dice te quiero si le aprietas en el ombligo, aquí tienes mi tarjeta por si quieres más pastillas azules, te aconsejo que vengas a los partis que orgasmo, digo que organizo, suele haber más de veinte personas, son reuniones amenas y los productos se pueden tocar y probar tranquilamente sin ningún tipo de compromiso-

Me extendió una tarjeta apaisada y, tras recoger sus bártulos de buhonera sexual, se marchó con su abultado catálogo bajo el brazo, madame de todo aquel mundo de sexo artificial, salió a la calle y con andares de fantasma, larga y aguda como el dolor, se sumió en la noche fría y ventosa, bajo la luz mortecina de las farolas. Resultaba un cuadro extraño y triste, como el último polvo de un matrimonio a las puertas de la vejez.

¿Es el sexo en última instancia sólo una charlatanería de feria? Me pregunté qué mueve en realidad al mundo, ¿el sexo?, ¿la moda?, ¿la costumbre?, ¿el amor?, ¿el dinero?, ¿el perdón?, ¿o esa tonta inercia con la que giran los trozos de materia muerta alrededor de los planetas moribundos? No sé porqué pensé en unos versos de Joseán, aquel poeta nómada que fluctuaba entre las ferias de libros y los comedores de caridad:

“Ella me lo daba todo, la pasión, la belleza, la vida, pero todo no era suficiente”

Leí la tarjeta: “SEXPRESARTE, Virginia Rabanillos, asesora técnica. ¿Quieres organizar una reunión sexpresarte? Reúne a todos tus amigos, solos o con sus parejas para conocer el maravilloso mundo de la lencería, la cosmética y los juguetes eróticos. Queremos enseñarte lo que nadie se ha atrevido. Reuniones para heteros, gays y lesbianas, tú eliges la tuya, del resto nos encargamos nosotros. ¿Quieres ser asesor sexpresarte? Un trabajo divertido con horario flexible.”

Curiosa forma de ganarse la vida. Y yo embalsamando muertos en una funeraria. Tuve la extraña sensación de que un día más me iría a la cama sin entender nada de nada. ¡En fin!, me subía el cuello de la cazadora imitando a Chuk Norris, y crucé la calle pisando torpemente los charcos. Mañana sería otro día con nuevas y apasionantes tribulaciones. Un Chichi, ¡joder qué cosas!… 

 

 

acero templado

 

 

ACERO TEMPLADO

Trabajaba en un taller de aceros galvanizados. Más de treinta años domando la dura y pesada estructura del metal, habían ido templando su temperamento hasta convertirlo en un hombre recio, grave, firme y recto como una viga de hierro que tenía que soportar sobre su fortaleza todo el techo de un hogar.

Estaba esperando en la cola de la pollería. Había salido del trabajo y todavía llevaba puesto el mono azul que olía a soldaduras y a virutas de hierro, ese olor peculiar de la metalurgia, como a una mezcla de grasa y sangre. La pollera, una mujeruca de cara abotargada y bobalicona, con sus gafas de culo de vaso miraba un billete de veinte euros al trasluz. Él esperaba su turno con el mentón elevado, las grandes manos cruzadas en pose estatuaria.

De repente le sonó el móvil. Al otro lado de la línea se oyó una vocecilla gangosa con cierto tono de despotismo:

- Oye, pásate por la droguería y tráeme acondicionador-

- Ummm- titubeó el forjador de hierro antes de hablar- pero Cristina, son casi las ocho, pa qué quieres ahora el acondicionador-

- ¡Tengo el pelo mojado y necesito el acondicionador!-

- No, Cristina, - respondió el padre haciendo un gesto firme y definitivo con la mano, como un carnicero que descarga con decisión el hacha sobre la carne muerta- te apañas sin el acondicionador, son casi las ocho y si no han cerrao estarán a punto de cerrar-

- ¡¡Quiero el acondicionador!!- Gritó la niña a través del teléfono.

- Que no, Cristina, no insistas, que no, no, ¿eh?, que no, al Mercadona no voy ahora, que no, que no,  vale ya, Cristina, vale ya-

- ¡¡¡Que me compres el acondicionadoooooorrrr!!!- Berreó la niña, soltando un gallo al final del grito, como una soprano interpretando Las Valquirias de Wagner.

- ¡Que no, Cristina, se acabó, he dicho que no y es que no, adiós!-

- ¡¡¡¡Tráeme el acondicionadoooooorrrrr….!!!!- Se oyó gritar todavía a la niña, como una voz del subconsciente, como un obsesivo cargo de conciencia, mientras el padre cortaba la comunicación-

Una vieja con pelusa polvorienta en el pelo estropajoso y con una nube en un ojo alicaído, se le quedó mirando con la boca abierta.

- Esa manía de ducharse todos los días,- se justificó el padre, resoplando, como si hablara consigo mismo- los jóvenes de ahora están grillaos, antes nos duchábamos sólo una vez al mes, y cuando nos duchábamos, y mira…aquí estamos, hoy en día a los hijos se les consiente todo, hay que ser más firmes con ellos, porque si no…-

-¡Diga usté que sí!-

Salió a la calle con su bolsa de higaditos y torció a la izquierda en dirección al coche. De repente se vio reflejado en el escaparate de la autoescuela. Tenía los ojos caídos, la expresión vencida, como un exvoto de cera derritiéndose en el fuego. Pensó en su hija, en sus constantes rabietas, en su tristeza permanente, condenada de por vida a aquella maldita silla de ruedas. Sintió que todo el acero de su carácter se ablandaba al calor de un amor hondo y suave como el aliento de una fuente termal, un amor doloroso como un beso en la frente de un muerto. Aun sabiendo que hacía mal, como siempre, por cierto, volvió sobre sus pasos y se apresuró para llegar a la droguería antes de que cerraran.

Soplaba el viento, y en el cielo, la luna ostentaba una grande y perfecta aureola premonitoria.

 

alma de trapo

 

ALMA DE TRAPO

Tenía la nariz grande, los ojos pequeños, las orejas de soplillo, el pelo inflado y  revuelto como el de Harpo Marx, la espalda jorobada, los pies torcidos, los pantalones caídos, pasados de moda, hechos con remiendos, los zapatones desatados, los faldones fuera, la chaquetilla demasiado pequeña, como la de un torero. A sus pies el estuche abierto de la trompeta, con unas monedas de reclamo en su fondo aterciopelado. Estaba plantado frente al Palacio de la Ópera, al lado de un charco donde, lenta y cadenciosamente como en una clepsidra, caían desde los tejados las gotas de las últimas lluvias, bajo el rótulo cochambroso de un viejo café, junto a las mesas perfectamente alineadas de una terraza, en la calle peatonal por donde pasaban los turistas hacia
la Plaza de Oriente.

Su vida había sido una continua sucesión de tribulaciones: un martes trece, al pasar con su paraguas abierto por debajo de una escalera, tropezó con un gato negro que estaba agazapado en la oscuridad y rompió un espejo que llevaba bajo el brazo junto a una jaula de periquitos, cayendo sobre la mesa coja de una terraza y derribando la sal sobre el mantel, el camarero, que era tuerto, lo miró con hosquedad y le echó una maldición.

Sentía los brazos entumecidos, todo el día allí de pie, con la abollada trompeta entre las manos, por el mísero estipendio de unas monedas mugrientas que no lo sacarían jamás de su miseria. Pero así era la vida, en el intrascendente accidente que es el destino del mundo, le había tocado ser músico callejero, payaso bailarín, personaje sin voluntad, alma de trapo viejo a la intemperie del devenir.

De repente sintió en las mangas el brusco tirón de las cuerdas accionando sus músculos de algodón. ¡Venga, venga! otra vez a tocar, a mover esperpénticamente las piernas descoyuntadas, a contorsionar el cuerpo ridículamente, como un borracho de verbena, con los acordes de Paquito el Chocolatero. Sobre su cabeza, las manos blancas de una hermosa joven de grandes ojos sensuales, regía sus movimientos con pericia, mientras la gente iba arremolinándose con una sonrisa de aprobación, y el sol de otoño se ponía melancólicamente tras los jardines del Palacio Real.

 

 

cristales rotos

 

CRISTALES ROTOS

-¡¡¡Te he dicho que lo ha pagao mi padreeeee!!!- Aulló la hija mayor, roja de ira, cerrando los puños y doblando el cuerpo. La cara llena de granos, los ojos grandes y adiamantados como los de su madre, al borde de las lágrimas, la boca derretida en una mueca de asco inefable.

- Bueno, Diana,- trató de contemporizar la madre, levantando el auricular del teléfono- déjame que llame a la papelería pa aclararlo-

- ¡¡¡Te he dicho que lo ha pagao mi padreeeee!!!- Volvió a gritar la hija mayor, desencajada, rota, enloquecida como una furia.

La pequeña, tirada en el suelo, con su pelo cobrizo y rizado de muñeca y sus gafas de aumento, se puso a llorar histéricamente y a dar patadas en el aire.

El mediano, Ízan, miraba la escena con ojos inocentes y una leve sonrisa en los labios, parecía el santo niño de una estampita, un santo bienaventurado con autismo y retraso psicomotor.

El padre apareció de repente en lo alto de las escaleras que conducían a la planta de arriba. La calva le brilló bajo el resplandor de los alógenos, como una bola de billar bajo el foco que abraza con su cálido aliento a la mesa.

- ¡Mira, Jacinto,- habló la madre con voz chillona y trémula, tras una tensa espera, a través del auricular- quiero saber si te debemos todavía el libro que se llevó Diana para la primera evaluación-

-¡¡¡Que lo pagó mi padreeeee!!!-

- Se debe, ¿verdá? es que dice que su padre ya fue a pagarlo, ¿eh? ah, claro, claro, era otro ¿verdá?, claro, claro, bueno, entonces ese se debe ¿verdá?-

-¡¡¡Que lo pagó mi padreeeee!!!-

- ¡Por favor Diana, déjame hablar un momento!-

El padre, desde lo alto de la escalera, emitía unos sonidos guturales que parecían ronquidos estertóreos que  pretendían ser palabras. Nadie lo escuchaba ni lo entendía.

La niña pequeña, en el paroxismo de su rabieta, derribó de una patada un velador con un florero vacío de cristal que se hizo añicos al caer al suelo.

-¡¡Diana, por favor, coge a tu hermana que se va a cortar!!-

Aquel hogar era en realidad un campo de batalla calcinado donde se luchaba a muerte, cuerpo a cuerpo a bayoneta calada. Había una bomba escondida en el cajón de algún mueble, que el día menos pensado estallaría despedazándolos a todos por los aires. Quizás  ya había estallado y todavía no se habían dado cuenta. 

¿Cómo habían llegado a aquella situación extrema? Por una razonada sentencia judicial, el matrimonio se había separado teniendo que compartir la misma casa. El padre, delineante en paro permanente, vivía en el piso de arriba. La madre, maestra que nunca ejerció, en la planta de abajo. Cuando accidentalmente se cruzaban en el vestíbulo, se hablaban con puñaladas de silencio, alguna mirada furtiva desde el espejo o algún gesto de cansancio infinito o de desprecio encallecido.

-¡Deja esas sobras que son para el gato!- Le dijo ella una vez que estaba más relajada y comunicativa que de costumbre, después de nueve meses sin dirigirle la palabra. Él cogió el plato de las sobras que le prohibían comerse y lo estrelló con furia homicida contra la pared.

Él era casi veinte años mayor que ella, y, ¡quién lo diría!, al principio se amaban a pesar de tener en contra todos los hipócritas convencionalismos familiares y sociales, o tal vez precisamente por eso. Al despedirse, de novios, él se quedaba contemplando cómo ella se alejaba entre las viejas casas del pueblo, con su pelo largo y brillante, su cuerpo joven y henchido y su belleza impoluta y resplandeciente. Entonces ella volvía la cabeza y le sonreía con aquella sonrisa que era como un faro en medio de una tempestad.

Después, el tiempo, los trabajos y los días, las penurias económicas, las depresiones de la mayor, el niño deficiente, las tragedias inesperadas de la vida, la pequeña no deseada, la falta de respeto a uno mismo y en consecuencia a los demás….En fin. Un buen día, en el fragor de una de aquellas discusiones cada vez más frecuentes, él la cogió del pelo y la arrastró hasta el coche en medio de la calle. Estaba celoso porque la había sorprendido hablando y riendo (como ya no hablaba ni reía con él) con el profesor de tenis de la niña. Una vez dentro del coche, ella le espetó casi entre dientes: “Cavernícola”, y se guardó dentro el odio, como una masa de levadura a la que iría dando forma en un rincón oscuro de su corazón.

La pequeña seguía berreando tirada en el suelo entre cristales rotos, agitándose como un pez sin agua, como un pez de secano.

-¡¡¡Te he dicho que ya lo pagó mi padreeeee!!! ¡¡¡joder!!! ¡¡¡me quiero morirrrrr!!!- Seguía gritando, fuera de sí, la mayor.

La madre colgó el teléfono en medio de aquel babélico Apocalipsis.

Fuera, tras la ventana, reverberó en la noche un eco dulzón de tristeza, semejante al olor que tiene la muerte.

 

 

 

alma en pena

 

 

ALMA EN PENA

Es otra pobre más.

Lo perdió todo. Se lo arrebataron.

La casa, la salud, la esperanza.

Ahora se pasa el día sin ver el sol,

dando vueltas por el callejón sin salida de su cabeza,

encerrada en la oscuridad de las horas

como un perro en la jaula de una perrera.

Un alma en pena que  deambula por los corredores

mientras todas las puertas se cierran.

Desgreñada, harapienta,

mira la televisión con ojos apagados

como cirios en la cripta de una iglesia.

Me parece que hay algo obsceno en la felicidad

mientras ella siga ahí viva,

mientras ella siga ahí muerta.